martes, 4 de agosto de 2026

P.S. y su "playlist"


En un artículo publicado el 1 de agosto del presente en el suplemento “Ideas” del diario digital “La Gaceta de la Iberosfera”, el profesor Javier Crevillén afirma que “el cristianismo es un absurdo contra un absurdo: una idea absurda colmada de sentido, quizás la única capaz de dar sentido al absurdo de la existencia”.

Estaría de acuerdo con la afirmación si el sintagma “el cristianismo” fuera sustituido por “la política”.

Para justificar mi argumento sería más que suficiente ver a P.S. anunciando en tik-tok su “playlist” del verano, mientras Ceuta se encontraba invadida por una multitud de extranjeros y una centena de personas habían muerto a causa de un episodio de guerra híbrida.

Un presidente y su playlist resumen el absurdo de la política, que se enfrenta contra el absurdo de la existencia representada por un gentío atravesando una frontera sin que nadie se lo impida.

No obstante, como dice el profesor Crevillén, dos absurdos en disputa terminan dando sentido a un mundo que no lo tiene.

Así, los gestos absurdos de un político y su "playlist" neutralizan  el sinsentido de una invasión por el sencillo procedimiento de crear mala conciencia: si el presidente te ofrece sus canciones de verano, aunque una parte del país sea víctima de un asalto masivo, ¿de qué te quejas si los políticos trabajan para que seas feliz?, ¡miserable ultraderechista, facha! ¿Por qué te empeñas en preocuparte de la ocupación del vecino y no de preparar tus vacaciones?, ¡cayetano, español!

Si el cristianismo es un absurdo que produjo sentido con la verdad, el caso que hemos analizado nos demuestra que la política saca sentido del absurdo generando mala conciencia por criticar lo absurdo.

Que el ya famoso “playlist” se difunda mientras Ceuta es invadida claro que es absurdo, concretamente son dos absurdos (P.S. con su lista y el ataque a la frontera) pero por eso se hace, pues “la mancha de la mora con otra verde se quita”.

El desconsuelo que nos provoca un absurdo sólo se puede superar con otro absurdo de signo contrario, es decir, con una marmita rebosante de sentido, sin aristas, que nos genere mala conciencia por estar tristes.  

El resultado de la confluencia de dos absurdos no es una síntesis superadora, sino la victoria del absurdo que logra generar mala conciencia en su público, pues la necesidad de sentido del pueblo no le deja otra opción que ponerse del lado de los que le ofrecen una buena conciencia. Da igual que los traficantes de esa conciencia limpia sean absurdos, malos o traidores si el pueblo conserva su paz interior.   

Una de las consignas de mayo del 68 fue la ridícula “debajo del asfalto está la playa”, como argumento para destruir una ciudad libre de culpa. Ahora la consigna es cacarear que “después de la invasión están las vacaciones y su “playlist”. Si no participas de la fiesta se debe a que eres mala persona.  

Hace ya casi cuarenta años de la publicación de un libro del difunto Enrique Lynch, “La lección de Sheherezade”.

Los "Ana Listas" políticos se indignan, se burlan o guardan silencio respecto al absurdo P.S. y su “playlist”, pero ninguno cae en la cuenta que en el tit-tok presidencial mientras Ceuta dejaba de serlo se encuentra una nueva lección de Sheherezade. En concreto, la resolución del enigma del futuro de las plazas españolas en África, más allá de P.S.

Pero eso será motivo de otra trama, de otro absurdo, de otra lección de Sheherezade.


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sábado, 22 de febrero de 2025

Loa a los maestros simplificadores


6 de la tarde.

La necrológica que ha dedicado Miguel Ayuso a Dalmacio Negro ha levantado cierto resquemor entre alguno de los discípulos de éste.

En el artículo publicado en los Anales de la Fundación Francisco Elías de Tejada, Ayuso comenta del profesor, entre otras cosas, que “su orientación intelectual es difícilmente asible. De profesión liberal, aunque de un liberalismo singular, en algún momento de su trayectoria viró hacia posiciones diríase que conservadoras. Y no dejó de cruzarse ocasionalmente en el camino con el mundo tradicional”.

Continúa diciendo que “quizá por esa combinación de cualidades personales y eclecticismo intelectual, en los últimos decenios de su vida alcanzó un notable influjo sobre jóvenes generaciones de estudiosos de distintos sectores del llamando mundo católico…”.

Quien haya leído mi artículo “El líder de los emboscados” en “La Gaceta de la Iberosfera” podrá comprobar que sólo puedo estar de acuerdo con la apreciación de Ayuso sobre la “auctoritas” de Negro Pavón.

No obstante, lo que ha provocado el malestar ha sido la última frase del obituario: “Pero Dalmacio Negro tampoco estaba particularmente preocupado por la taxonomía de las ideas”.

Si el profesor se ocupaba en sus clases de que todos los conceptos difusos de la ciencia política fuesen aclarados para devolver a cada idea su significado distinto y preciso, ¿cómo el catedrático de Derecho ha podido escribir semejante despropósito?, ¿cómo puede dar a entender que confundía las distintas escuelas de pensamiento? -se preguntan-.

Desconozco el motivo por el que Ayuso lo dice, pero creo que sí, que al más grande sumiller de los conceptos le importaba un bledo la taxonomía de las ideas.

No obstante, el motivo es sencillo, pues ser su mejor conocedor era la causa por la que le importaba un bledo su clasificación.

 

8 de la tarde.

Hablo con un fino estilista de la prensa sobre fútbol y sus tácticas.

Cree que al Real Madrid sólo le falta un lateral izquierdo que ejerza de interior para cerrar un círculo virtuoso.

No digo que no, pero su comentario me lleva a Ancelotti y al desprecio que provoca entre los teóricos del balompié que se ganan la vida haciendo trajes a los demás: "eso no es así", "esto bueno", "aquél no tiene ni idea". 

Ancelotti, el jugador que, junto con Baresi, estuvo en el eje de los equipos de Arrigo Sacchi, el entrenador olvidado del que beben todos los que facturan millones de euros explicando y aplicando “el achique de espacios”; es calificado como un analfabeto de la táctica, como un “alineador” cuyo mérito esencial consiste en dar palmaditas en la espalda a sus muchachos mientras les pregunta, antes del entrenamiento, por el vino que tomaron durante la cena la noche anterior.

¿Cómo se puede afirmar que el hombre que estuvo en el corazón del orden del Milan de Sacchi es un imbécil sistémico?

No son capaces de pensar que al que llaman “Abuelotti” quizás le importe un bledo el orden táctico, la taxonomía del juego y la madre que parió a los “panenkitas”, porque conoce todos los enigmas de las estructuras y sabe mejor que nadie cuáles son sus mediocres resultados en términos de acierto y verdad cuando no tienes a Van Basten de 9 o a Paolo Maldini (no a Fran García ni a Camavinga) en el lateral izquierdo.

Y si no, comprueben la trayectoria profesional del teólogo de la táctica y segundo entrenador, Juanma Lillo.

 

11 de la mañana del día siguiente

Hay quien puede llegar a creer que el hecho de que a Dalmacio Negro no le preocupase la taxonomía de los conceptos significa que los confundía. De la misma forma, hay quien considerará que Ancelotti, perdedor de algunas batallas históricas y ganador de memorables decenas de ellas, es un pobre diablo que ignora las reglas básicas de la ocupación del espacio en un campo de fútbol. 

No obstante, a los de la faca en la cintura que esperan en la esquina para ajustar cuentas les sale el tiro por la culata con estos dos tipos, pues el supuesto menosprecio es la mejor loa.

Así, de la misma forma que al sabio Dalmacio Negro no le preocupaba tanto la clasificación de las ideas (liberales, tradicionalistas, conservadoras, estatistas…) como la conveniencia de cada una de ellas en aras a la consecución del bien común en cada momento histórico; Ancelotti, la extensión del genial Sacchi en el campo, no presta excesiva atención a los diferentes sistemas de juego porque lo relevante es la victoria con los jugadores disponibles, por encima de cualquier estructura ideal.

En definitiva, relativizar la taxonomía de las ideas o infravalorar el orden táctico sólo lo pueden hacer los aristócratas del pensamiento o del juego, los maestros de su profesión que olvidaron serlo en aras a un fin mayor, esto es, la simplificación de la complejidad que logra el mejor resultado con los medios siempre escasos del artesano.  

Uno de los grandes problemas de Occidente no consiste en que no haya líderes o sabios, sino que los que hay ya somos incapaces de reconocerlos.

 

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lunes, 8 de abril de 2024

López Linares o la metafísica de la América Hispana

 

El pasado 6 de abril tuve la oportunidad de ver la nueva película de López Linares, “Hispanoamérica, canto de vida y esperanza”, y según transcurría recordé una reflexión de Guy de Maupassant a finales del s. XIX donde decía que escribir con verdad no consistía en transcribir los hechos servilmente, sino en “dar completa ilusión de lo verdadero, siguiendo la lógica ordinaria de los hechos”.

Esta idea del escritor francés me ronda con frecuencia porque, siendo fiel aficionado al realismo en todas las parcelas artísticas y culturales, considero que a los realistas de talento se les debería conocer como “ilusionistas” de la verdad.

López Linares es uno de esos realistas-ilusionistas que, con los saberes del artesano que ha acumulado a lo largo de su larga trayectoria fílmica, reproduce con fidelidad la eterna ilusión de la verdad siguiendo una estética ordenación de los hechos.

El elemento que distingue a López Linares y lo convierte en un creador de época es que consigue imponer al mundo su ilusión de lo verdadero hasta dar la vuelta como un calcetín a una historia considerada hasta ahora atroz: la Hispanidad.

¿Cómo logra ese giro copernicano?

Lo hace apropiándose de un objeto a la vez simbólico y realísimo para, partiendo de los cimientos de la historia de España, hacer coincidir todos los elementos fundantes (religiosos, políticos, estéticos, musicales…) con las estructuras mentales que los hispanoamericanos llevan siglos utilizando como modo de vida tanto en lo cotidiano como en lo trascendente.

De esta forma, la inicial ilusión de la verdad de López Linares resulta tan completa que acaba en el redescubrimiento de las creencias de una civilización que, por fin, entiende que ha sido engañada por sus clases dirigentes, por sus artificiales Estados.  

La particular ilusión por la verdad del director logra levantar un velo que produce en los espectadores el efecto de que sus creencias, más allá de demagogias y estatolatrías, se resumen en la palabra Hispanidad.

Este mecanismo artístico que se despliega en las casi dos horas de duración del documental tiene lugar gracias a un equipo técnico en estado de gracia que entiende la ambición de su director. Así, los planos contrapicados de las bóvedas de los templos son un tratado de teología, el guionista teje y teje con hilos de múltiples entrevistas hasta rematar un tapiz colosal, mientras el montaje, de puro elegante, se hace invisible. De la música no quiero decir ni una palabra porque sería ridículo: vayan al cine y emociónense.

Gracias a López Linares y sus artesanos no es condición para disfrutar del placer estético del film compartir lo que hemos denominado la ilusión de verdad de su director.

Ahora bien, sí les anticipo que el recién premiado con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes se rodea de su inseparable “Generación 21-21” para que su ilusión quede bien fundamentada.

 

Este grupo de historiadores, filósofos, pensadores… actúa como una suerte de invencible armada intelectual que liquidó la Leyenda Negra hasta convertirla en un mal tebeo en su anterior documental, “España, la primera globalización”, para poner ahora la proa a la Hispanidad como proyecto, en el tiempo histórico de la crisis de los Estados.

En este sentido, la sucinta aportación de Dalmacio Negro (uno de los pocos españoles intervinientes) dando un mandoble a la dinastía estatista borbónica, valga la redundancia, prefigura por dónde no debería ir el negocio.  

Galvanizada por el propio López Linares a través de sus dos últimas películas, esta generación merece un último comentario a la luz de su impacto de largo alcance en el campo cultural a ambos lados del Atlántico.

La intelectualidad de izquierdas ya les adjudicó, desde su superioridad moral, el lugar de la posición dominada o subordinada por dizque “neocolonialista”.

No obstante, siendo conscientes de que en todo juego la posición es lo esencial, sus miembros saben que en este momento “finiestatal” estar en fuera de juego es la única posición que les garantiza plena autonomía.

El debate planteado por el ministro de Cultura de cuota respecto a “descolonizar los museos”, nos sirve para poner de manifiesto el contraste en el campo cultural entre las posiciones dominantes estatales y las dominadas, pero autónomas, de la “Generación 21-21” cuyo eje vertebrador son los documentales de la productora "López- Li Films".

Con ese enfrentamiento finalizamos como empezamos, esto es, con la ilusión de la verdad.

Por un lado, la privada de un artista frente a la “negrolegendaria” del Estado español.

Cuando contemplen la metafísica de la América Hispana que compone López Linares quizás deduzcan que contiene cien veces más verdad la “illusio” cinematográfica de éste que las ilusorias pretensiones de realidad del cuento descolonizador ministerial.

Paradojas del arte grande.

 

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domingo, 26 de febrero de 2023

Glotonerías legislativas VII

 

La ridícula paradoja del Estado revolucionario de Derecho reside en que cuanto más se aplique su legislación "woke" más se acerca a su final. 


La “estatalución contra el modo de vida "fascista"

Como ya indiqué en un artículo de la serie, para que haya “víctimas woke” tiene que haber culpables, para que las primeras tengan derechos otros tienen que cargar con las obligaciones.

El responsable de las “víctima woke” es una categoría muy concreta: el hombre blanco que quiere defender a su familia, es propietario y paga al Estado más de lo que recibe del mismo. En su terminología, el culpable de sus desgracias es el “fascista” y su modo de vida.  

Si no hubiera “fascistas” no habría “víctimas woke”.

Precisamente por ello, la “solución final” que se proponen consiste en la desaparición de los culpables que no se quieran convertir. Por eso insisto en afirmar que la "estatalución", la revolución del Estado es una estrategia de guerra civil.   

Ahora bien, la eliminación de los hombres, de las familias, de la propiedad y de los que financian al Estado ¿qué supondría?

No es difícil intuirlo: si los hombres desaparecen porque se convierten en “víctimas woke”, es decir, en mujeres, éstas tendrán que compartir sus baños con mujeres legales, pero con hombres biológicos; si las mujeres denuncian a sus parejas cada vez que riñan para convertirse en empoderadas “víctimas woke”, las familias serán destruidas; y si todos los ciudadanos reciben del Estado más de lo que aportan, la Hacienda pública colapsará.


El pueblo “no woke” salva al Estado “woke”


Espero que hayan entendido por qué al principio del artículo señalé que el contrasentido de nuestro Estado revolucionario de Derecho no es otro que cuanto más se usa su legislación más cerca está su colapso.

No obstante, la paradoja superior la encontramos en que es la masa inerte que se opone de mil formas espontáneas e inconscientes a la aplicación de la legislación woke, la que impide que el cataclismo se hubiera producido ayer.

Así, el hombre que elige seguir siendo culpable no usando la ley “trans” para convertirse en mujer, es el que impide la barbarie cotidiana; la mujer que renuncia a denunciar a su marido por una disputa doméstica para no convertirse en “víctima woke” utilizando la ley de “sólo sí es sí”, es la que salva a su familia y a sus hijos; y los ciudadanos que no dependen del Estado que los esquilma son los que hacen que, precisamente ese Estado, se perpetúe y siga expoliándoles.

En estas condiciones, cómo puede oponerse el pueblo "no woke" a su Estado "woke".

 

Sólo nos queda la aceleración


Ya desarrollé en un artículo anterior los motivos por los que es inútil oponer una fuerza de choque al Estado revolucionario de Derecho.

No obstante, si resulta infructuoso neutralizarlo, ¿qué sentido tiene ni siquiera intentarlo cuando ya sabemos que cuanto más avanza la “estatalución” más se aproxima al abismo?

Por tanto, si frenarlo no es posible y además resulta contraproducente al ser el pueblo "no woke" el que salva a su Estado "woke", sólo queda una alternativa: acelerar. 

Las leyes físicas vienen en nuestra ayuda para facilitar lo que quiero decir. 

Aceleración es igual a incremento de velocidad en un intervalo de tiempo.

Aumentar la velocidad de ejecución de las políticas woke en un breve lapso de tiempo. 

He ahí un auténtico programa revolucionario para una innovadora quinta columna enzimática. 


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domingo, 19 de febrero de 2023

Glotonerías legislativas VI

  

A los amigos que esperan una revolución y aún no han leído mi anterior artículo siempre les contestó de la misma forma: ¿otra?

Ellos anhelan una revolución popular para hacer frente a la revolución estatal, pero se resisten a ver que el único actor político que queda es el Estado y que éste, periódicamente, revuelve la sociedad para aumentar su Poder fragmentando aún más cualquier organización intermedia (familia, empresas...) 

El procedimiento que utiliza para lograrlo en regímenes de competencia electoral es el "juego del gallina" (gana el suicida, pierde el prudente) del que tanto me he ocupado en el blog.

La ley “trans”, la ley de “sólo sí es sí”, la ley de “bienestar animal”, ¿qué son sino una revolución desde arriba con el objeto de provocar una contienda civil de las “víctimas woke” contra el resto, que ni el mejor profesional de la insurrección pudo ni siquiera proyectar?

No obstante, a toda revolución le llega su Termidor, su fin, con independencia de lo que haga el pueblo.

Y a esta por la que transitamos le pasará exactamente igual.

Por tanto, el problema no es si terminará, sino cómo lo hará.


Analicemos las posibilidades de intervención popular en el desenlace de la rebelión del Estado.

Para ello, lo primero que debemos entender es que en las presentes circunstancias el único poder de un pueblo que asiste con asombro, pero con la palma de la mano extendida, al despliegue de una revuelta estatal es la reacción, la contrarrevolución.

Olvidémonos, pues, de cambio de régimen, de Cortes Constituyentes, de recuperar la libertad política…  

Ya comenté en el anterior artículo de la serie ("Glotonerías legislativas V") los motivos que convierten en una quimera el deseo de que el pueblo se alce, ni siquiera electoralmente, contra la mano que le da de comer. 

Sin embargo, los ciudadanos sí retienen capacidades que les pueden permitir, sin necesidad de inmolarse, neutralizar la "robolución" de la oligarquía: acelerarla para anticipar Termidor, para adelantar su colapso.

En un artículo de mayo de 2015 titulado “Los Futuros Irresistibles” ya describía la situación que hoy vivimos, en la que concurre como clave de bóveda “la aquiescencia de las víctimas” a “un régimen de opinión pública favorable a la antropofagia”.

En el mismo post identificaba el problema que podría hacer fracasar la insurrección del Estado: las prisas de los políticos por culminarlo. 

Es esta la causa por la que el PP de la Agenda 2030 solicita al PSOE una Gran Coalición no declarada con vistas a moderar el ritmo de la “estatalución” (efecto de la acción del Estado) porque determinados sectores de la oligarquía empiezan a entender que o se lentifica la demagogia o el plan descarrila.

Pues bien, si la revolución del Estado es inevitable y el único miedo de los políticos son los excesos que pueden terminar con la caída por el precipicio, la alternativa para el pueblo que quiere oponerse es sencilla: asistir al suicida.

A los ciudadanos sólo les queda reconocer al Estado soberano la libertad y el poder de suicidarse, pero también ostentan el derecho de facilitarle cuantos medios necesite para que su iniciativa tenga éxito despeñándose por el barranco de una vez por todas.

Es la manera menos mala de concluir la revolución con fines guerracivilistas que el Estado ha planteado al pueblo: que se cumplan los deseos estatales, esto es, que se consume su suicidio, que no tiene por qué ser el nuestro.

Mi propuesta no tiene nada de novedosa ya que fue esa estrategia la que impulsó el Gobierno Rajoy en 2017 para contrarrestar el “juego del gallina” de los independentistas catalanes, incentivando la fuga de las empresas de Cataluña para ayudar al suicidio del "pelotón chiflado" que dirigía la Generalitat.

En este artículo de octubre de aquel año lo expliqué.

Ahora, la forma de asistir al suicida la sirve en bandeja el propio Estado de Derecho con su legislación woke: unas derogaciones aceleradas serán suficientes para el triunfo de la reacción generadora. 

Pero eso quedará para siguientes entregas.


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miércoles, 15 de febrero de 2023

Glotonerías legislativas V

 

Muchos de los lectores que están siguiendo la serie sobre la ley de “sólo sí es sí” se muestran escandalizados, más incluso que por la norma, por el hecho de que la gente no se oponga.

El malestar de los descontentos con el sistema político tiene como corolario su incomprensión por la ausencia de respuesta del pueblo.

No obstante, ¿cómo hacer frente al Gobierno cuando la población la integran una masa de individuos descoordinados y dependientes del Estado del que deberían abjurar?

Un pueblo atomizado y en situación económica precaria sólo es capaz de adoptar, en el mejor de los casos, ineficaces medidas defensivas porque conoce su incapacidad para controlar o destituir a sus gobernantes.

Los más combativos de una multitud dividida en civiles aislados intenta escapar siguiendo la máxima de “sálvese quien pueda” (bitcoin como forma privada de garantizar una reserva de valor quizás sea el producto más refinado) pero del Estado no se sale, huir es imposible. 

Algunos aún creerán que el Estado puede regenerarse vía elecciones democráticas.

Mi opinión es que la posibilidad de que cambien las políticas destituyendo al Gobierno es nula porque el régimen tiene una enorme capacidad para “fijar votos” por el antiquísimo procedimiento de comprarlos (“clientelismo”).

Así, los sistemas políticos con competencia electoral tienden a reproducir el estado de cosas, pues los partidos saben que no hay voto más seguro y fiel que el asociado a un beneficio económico concreto para el elector. Y en esa tarea de captar lealtades se afana la oligarquía política durante sus mandatos.

El pueblo subordinado al Estado Total (total en cuanto domina todo el espacio social) sabe que si protesta está tan cerca de perder su pequeño bienestar como lejos de poder ejercer su teórica soberanía.

Por tanto, demandar subversión al ciudadano pensionado, subvencionado, paniaguado es pedirle peras al olmo, pues el clientelismo rampante reduce a la mínima expresión las posibilidades de decirle no al amo.

Si la democracia pretendía ser el instrumento del poder popular, la corrupción lo ha transformado en un zoco donde toda ambición se reduce a la mezquina búsqueda de prebendas a cambio de fidelidad en las urnas.

Por tanto, declaro al pueblo, inocente de su servidumbre.  

Valga esta digresión en el análisis de la ley de “sólo sí es sí” y en la deconstrucción del concepto de “víctima woke” para hacer entender a los indignados que, sin partir de los hechos aquí expuestos, jamás entenderán que no es la cobardía, sino el estado social el que determina que el pueblo no rechiste. 

No obstante, sí hay alternativa, sí cabe una oposición eficaz sin tener que exigir a los paisanos que se inmolen o que muerdan la mano que les da de comer. 

Una resistencia no a la altura del Estado democrático que jamás tuvimos, pero sí al nivel del estado de naturaleza al que nos aproximamos


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domingo, 12 de febrero de 2023

Glotonerías legislativas IV


En el último artículo dejábamos definida a la “víctima” como el sujeto sacralizado cuya liberación justifica transformar la actividad política en guerra civil. 

Dado que la idea de guerra civil puede parecer desmesurada para ciudadanos acomodados en las delicias de la democracia liberal y las elecciones libres, intentemos demostrar que el “wokismo” no tiene otro fin. 

 

Resolver el problema nunca fue su problema

Situar a la “víctima” en el centro de la acción política (la ley de “sólo sí es si” recalca el “enfoque victimocéntrico” de la misma) supone atender a las consecuencias obviando las causas.  

Todos somos víctimas de las consecuencias (de un desengaño amoroso, de un fracaso profesional, de nuestra afición a las patatas fritas que nos proporciona la industria alimentaria…) pero lo esencial reside en evitar la reproducción de las consecuencias actuando sobre el motivo de las mismas.  

Precisamente por ello, la casta política se desentiende de la corrección de las causas por el riesgo de quedarse sin su nuevo sujeto revolucionario, sin la “víctima”.

Sólo así se entiende la rebaja de las penas, que ha supuesto una prueba tan flagrante de su nulo interés por prevenir y desincentivar los delitos, que han tenido que rectificar para que no se les vea tanto el plumero.          

Si se priorizan las consecuencias del delito (la víctima) en perjuicio de la neutralización del mismo, asumamos que el problema que alegan (el crimen) nunca fue su problema.   

 

La legislación como fábrica de "víctimas woke"

El objeto del presente análisis no son las víctimas que sufren violencia o lesiones físicas, sino sólo las “víctimas woke”, las únicas aptas para ser utilizadas en una estrategia de guerra civil. 

Así, las víctimas públicas de la inflación económica creada por la emisión monetaria del Estado, por ejemplo, no sirven.

Sólo merecen atención legislativa y administrativa las víctimas privadas a las que se les pueda asociar un culpable inmediato y objetivo al que previamente se le ha criminalizado. 

Es la “víctima woke” la que crea su autor mediante la construcción anticipada de un chivo expiatorio.

No es el culpable el que da lugar a la víctima después de una acción criminal contra ella, sino la “víctima woke” la que se autoconstituye mediante la estigmatización preventiva de un culpable.

Nadie en su sano juicio puede oponerse a condenar a un criminal que provoca daños a otro.

Sin embargo, es el propio sistema judicial basado en la presunción de inocencia, quien no puede condenar de forma automática a los señalados “a priori” como culpables por el sistema de fabricación de “víctimas woke”.

Por este riesgo judicial, las “víctimas woke” no necesitan acreditar el hecho material del delito para ser reconocidas como tales. Les basta con el ejercicio de una acción meramente formal: denunciar.  

El “wokismo” utiliza la parte de la jurisdicción que le interesa. La fase inicial, la denuncia, sí. La intermedia y la de terminación donde se verifica si el delito ha quedado probado, les resulta irrelevante.

La diferencia entre el elemento formal (denuncia) y el material (prueba) resulta clave para determinar los dos tipos de víctimas: las víctimas y las “víctimas woke”.

Los promotores de la ley de "sólo sí es sí" no tienen recato en confirmar que hay dos modelos penales en este tipo de delitos: el suyo, al que basta la denuncia (derecho penal de autor) y el que exige la prueba del delito (derecho penal garantista). 

Pues bien, si has fabricado una víctima a tu medida y has identificado al autor, ¿acaso vas a renunciar a la aniquilación de tu enemigo cuando incluso haces caso omiso al Poder Judicial que, al aplicar los principios generales del derecho, determina en un procedimiento contradictorio quiénes son víctimas y quiénes no?  

 

Una guerra civil con infinitos frentes y un único vencedor

Garantizada la adquisición de la categoría “víctima woke” por el mero ejercicio de la denuncia, sólo faltaba el incentivo de la concesión de derechos económicos, laborales, asistenciales… para asegurar el aumento exponencial del clientelismo vinculado a los delitos sexuales.

Pues bien, si no es para ser empleada por la oligarquía política en un programa de guerra civil, ¿cuál es el objetivo que se fija para esta multitud que crece y crece? 

A este respecto, no creo que sea necesario extenderme para detallar la capacidad destructiva del concepto "víctima woke" para el orden social. 

Si para la lucha de clases el enemigo del proletariado era siempre el minoritario patrón que explotaba a una generalidad de trabajadores, quedando fuera del combate el ámbito familiar; ahora cada víctima tiene adjudicado  su culpable y está dentro de cada casa, familia o pareja.

Tenemos a la vista una guerra atómica, no por su vínculo con la energía nuclear, sino por el hecho de que el escenario de la misma transcurre en cada una de las unidades más pequeñas de la vida en común con la finalidad de arruinarlas.    

Si la lucha de clases afectaba sólo a las relaciones de producción, la “victimocracia” (término que debo al profesor Domingo González) entra de lleno en las relaciones personales, en los sentimientos (no por casualidad la ley de “sólo sí es sí” pone el acento en el con-sentimiento”) acabando con el libérrimo orden familiar o interpersonal para sustituirlo por una reglamentación disciplinaria ordenada por el declarado enemigo del cincuenta por ciento de la ciudadanía.

Se trata de una guerra civil a mayor gloria del Estado y de la oligarquía que lo usufructúa en su beneficio, pues es obvio que las “víctimas woke” son creadas por una nueva clase dominante a las que fideliza mediante la concesión de privilegios, y que se otorga a sí misma el derecho a criminalizar a la mitad de la población por el simple procedimiento de hacerles cargar con la pena de la presunción de culpabilidad, liquidando así un principio indispensable de cualquier civilización: el de igualdad ante la ley.

Utilizando el título de una famosa película, nos encontramos con “La guerra de los Rose” elevada a la enésima potencia, cuya fuerza de aniquilación podemos intuir analizando los resultados guerracivilistas de la aplicación de la Ley 1/2004, contra la Violencia de Género.  

 ¿Lo ven ahora?


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