miércoles, 5 de marzo de 2014

Putin o el uso de la fuerza como primer recurso


           No pensaba decir nada sobre lo sucedido los últimos días en Ucrania, entre otras cosas porque la ilustre articulista Mª Teresa G. Cortés, después de una conversación el día de ayer en twitter, ha prometido escribir sobre el asunto.

            Pero al leer que la prensa de medio mundo titula sus noticias sobre el conflicto ruso-ucraniano con la frase “Putin se reserva el uso de la fuerza en Ucrania como último recurso”, después de que un pedazo de éste país se encuentre “de facto” bajo control ruso precisamente por haber utilizado la fuerza; quiero echar mi cuarto a espadas en defensa del uso político de la fuerza como medio de evitar la guerra, enseñanza destilada de los maestros de los que aprendí qué es lo político y qué es la política, el profesor Dalmacio Negro, Julien Freund, Carl Schmitt, el también profesor Jerónimo Molina, Bertrand de Jouvenel, y por supuesto, el grandísimo Maquiavelo.

            Putin, el Presidente de la Federación Rusa, se ha apoderado de la península de Crimea bajo soberanía de Ucrania porque ha demostrado su voluntad de utilizar la fuerza.
           
            Con el golpe de mano de la ocupación de la referida península por unos miles de soldados rusos ha demostrado que quien renuncia a la fuerza como primer recurso de la política deja la iniciativa a quien la utiliza primero.
            Y quien utiliza la fuerza como último recurso en un conflicto dado ya no puede utilizarla como fuerza sino bajo la forma de guerra.

            Todos tememos a la guerra, ¿pero acaso quien utiliza la fuerza quiere la guerra?
            Es éste el alma de la política en tanto instancia reguladora de la relación amigo-enemigo, la decisión infernal ante la que se miden los políticos que hacen la Historia.

            La rueda de prensa de Putin de ayer por la mañana ha demostrado que tiene fuerza pero no quiere la guerra.
            Y me atrevo a decir que su pie en pared del fin de semana la evitará porque ha anunciado “urbi et orbi” que quien la quiera la tendrá.
            O lo que es igual, Putin no quiere la guerra, le basta que sus fuerzas garanticen la continuidad de su flota en la península de Crimea.
            Pero quien se le oponga tendrá que ir a la guerra.
           
            Putin se ha convertido en el Emperador de la Europa Oriental sin lanzar un solo misil porque la evidencia de que está dispuesto a utilizar la fuerza le dispensa de hacerlo.
            Su audacia le ha otorgado tanta ventaja que sólo una fuerza militar podrá hacer que retroceda a sus posiciones originales.
            Y esa fuerza simplemente no existe.
            Al Gobierno ucranio contrario a Moscú o a las potencias rivales a Rusia sólo le queda la lucha económica y el juego diplomático. 
            O la utilización de la fuerza en otro territorio, en otro conflicto, que asegure la ventaja del primer golpe, pues Crimea ya está en la órbita rusa.

            Putin ha demostrado ser igual de malvado que sus compañeros de profesión, pero además un genio.

            Después de perder el control sobre el Gobierno ucranio no invadió Kiev, pues eso le hubiera obligado a declarar una guerra. Y para eso se bastan y se sobran los EE.UU.  
            Lo que hizo fue abrir otro frente en otro lugar del mismo país (Crimea) y tomar una ventaja decisiva en su interés estratégico.

            ¡Qué lección para la Unión Europea!

            La UE es una construcción funcionalista-tecnocrática basada en la creencia de que el Poder, la política como ejercicio de la fuerza, acabará extinguiéndose en la acumulación de personas y territorios.
            Cuantos más seamos, cuantos más nos vinculemos, menos beneficios encontraremos en pelearnos…, hasta que la enemistad surge, como en Ucrania.
            Entonces nuestro edificio de oficinas compartidas se limita a esperar a que escampe para dejar hueco en el complejo multiusos a quien se lo pida, si es que se lo piden, con el fin de reeducar a los revoltosos con la infalible fórmula del papeleo.

            Europa cree que fuerza es igual a guerra. 
            Pero se equivoca.   
        Fuerza es igual a masa por aceleración, siendo la aceleración la magnitud que nos indica el cambio de velocidad por unidad de tiempo.
            Masa nos sobra, pero en cuanto a la aceleración ni está ni se la espera. Ergo no tenemos fuerza.
            La Federación Rusa tampoco anda escasa de masa, pero cuenta con el factor de aceleración: Vladímir Vladímirovich Putin.


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martes, 4 de marzo de 2014

La prohibición del chantaje en la sociedad "retuiteada" (RT) o cómo prospera la telebasura.



No creo errar si digo que algo denominado telebasura tiene que ser malo en sí mismo.  
El desprecio intelectual a semejante costumbre aparentemente moderna se fundamenta en que exalta alguno de los instintos más bajos de la naturaleza humana.

Y sin embargo, cuál es la causa que lo alimenta. 

Sin duda, la prohibición del chantaje. 

 Antes de apedrearme, oídme.
 Si merezco la lapidación así me tendréis más cerca.
Ahora bien, la prohibición de estos tratos privados provoca la publicidad, a título gratuito, de la información que se pretendía ocultar.
           
La ilegalidad del chantaje se basa en un prejuicio moral que busca un objetivo absurdo: acabar con el chisme sin liquidar a los chismosos.

Pues bien, impidiendo su mercantilización lo único que consigue es que se multiplique el chisme sin ánimo de lucro, dado que las cotillas hablan o revientan.

Se logra que el chantaje no sea un acto de comercio a cambio de provocar su multidifusión.

Y esa sobreabundancia de hechos o de mentiras sobre unos y otros es recogida por los medios de comunicación para crear una empresa rentabilísima gracias a una materia prima regalada.

Dado que no me pagan nada por callarme le cuento lo que sé a todo el mundo. Así se crea la industria del chisme.

La prohibición de mercadear de forma privada con informaciones que conozcamos de nuestros semejantes se convierte en un negocio masivo de propagación de esas mismas confidencias.

Conclusión primera: la penalización del chantaje es el alma de la telebasura.
           
Conclusión segunda: ilegalizar el chisme genera una presunción de verdad sobre lo que cuenta el chismoso.

Ya sé que es absurdo, pero qué le voy a hacer.

El razonamiento en que se apoya la presunción es bienintencionado, pero también ridículo en una realidad que escamotea el sentido común.

El hombre de buena fe pensará que dado que nadie se atrevería a expresar una patraña contra otro conociendo que ello puede suponerle una importante multa e incluso la cárcel, si alguien lo hace entiende que se debe a que lo manifestado es verdad.  

Este argumento elemental choca con la evidencia de una sociedad donde los procesos judiciales por presuntos delitos de injurias o calumnias reparan poco y tarde. En estas condiciones, ¿a quién le importa el improbable daño futuro frente al beneficio inmediato de ver convertida la maledicencia en fama contante y sonante? Carpe diem.

Esto nos conduce al penúltimo giro del laberinto: dado que las murmuraciones sobre la intimidad están prohibidas y su difusión genera la apariencia de verdad, si la teórica víctima no prueba judicialmente que la información divulgada es un bulo, la apariencia de verdad de la gallofa pasa a ser certeza absoluta.

La ilegalidad del chisme exige un proceso judicial para ser destruido, pues en caso contrario su aire de verosimilitud queda solemnizado por la ausencia de condena en los Tribunales.

Pero ya hemos visto lo que pasa con los procesos judiciales.   

Y mientras tanto, la máquina de la telebasura a pleno rendimiento entre difamación va y pleito viene.

¡Qué locura, por Dios!

Pero no se apuren. El viaje por la montaña rusa de las consecuencias del delito de chantaje ha terminado.

Pensemos un momento qué ocurriría si no existiese tal ilícito penal.

La telebasura en su variante de altavoz de bochinches se reduciría a la mínima expresión, pues los realmente graves o relevantes quedarían al abrigo de la discreción nacida del acuerdo entre el poseedor de la información y el interesado en su silencio.

La privatización de todo aquello susceptible de transformarse en un escándalo eliminaría la telebasura como espectáculo mediático creador de verdades en la sociedad “retuiteada” (RT).

Sólo se darían a la publicidad asuntos menores por los que casi nadie estaría dispuesto a pagar nada para que se mantuvieran ocultos, los absolutamente insignificantes por no poder causar daño a nadie 

Por otro lado, la no ilegalidad del rumor, y hasta de la maledicencia, dejaría al autor del mismo huérfano del prestigio y la autoridad que la prohibición dispensa a todo el que se enfrente a ella.
 
El chisme, olvidado por la ley, no rebasaría jamás su condición de habladuría irrelevante propia de fracasados.

Nadie otorgaría valor a algo que el más ruin de los que nos conocen podría cometer impunemente.

El chismorreo dejaría de ser una industria productora de sentido y volvería a ser lo que siempre fue antes de la sociedad RT: una asquerosa patraña.

Por tanto, los que se sintiesen ofendidos no tendrían la necesidad de acudir a los Tribunales para demostrar la mentira del murmullo porque éste tendría presunción de falsedad.  

Es obvio que la no prohibición del chantaje no supone que se pueda conseguir información invadiendo el domicilio de nadie (no derramaré una lágrima por la desaparición de Papparazzo) ni tampoco que no haya asuntos escabrosos que saldrían a la luz pública ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre el emisor de la noticia y el afectado, pero, ¿por qué primar el derecho a un siempre escurridizo honor (la reputación la otorgan los otros con independencia de nuestro interés en conservarla) frente al derecho humano a expresar lo que uno piensa, sabe, siente o cree?. No olvidemos que el pensamiento y la opinión forman parte inseparable de cada persona, por zafios que aquéllos sean.

¿O acaso ya no?

                            
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lunes, 3 de febrero de 2014

After hours.


   
        Ya es lunes pero no deberíais preocuparos.      

  Las imágenes que transcurren entre 0:35 y 1:40 de este vídeo http://www.youtube.com/watch?v=4O3-bsGRi1I son una glorificación de la rutina.
         
      La alegría de la cámara-actor al reconocer lo habitual es algo que me emociona.
   
      Su euforia no se debe a que el protagonista escuche a Mozart, pues en ese momento el sonido "a lo Mozart" es fruto de su alma. De su alma y del alma de la cámara.
   
      Griffin Dunne abandona la oficina cansado de hacer siempre lo mismo y busca acción en las calles. La encuentra, pero para regresar a su mesa de trabajo con un secreto que es un tesoro.
     
       El secreto nos lo revela el maestro Scorsese: lo importante no es ir sino estar de vuelta, o lo que es igual, para reconocer la felicidad hay que vivir dos veces, la primera como farsa y la segunda como expiación.

     Andad al trabajo y pasad los días recordando los últimos minutos de "Jo, qué noche". 

       Un júbilo mozartiano será vuestra perpetua compañía. 


    Nota para melómanos

    El sonido que exuda la cámara no es de Mozart.
    Unos dicen que es un arreglo de su Sinfonía nº 11 en Re mayor, K.84, cuya autoría fue incierta hasta 2008.
    Se llegó a pensar que incluso pudiera ser, entre otros, de su padre Leopold.
    Parece ser que la verdad es que se trata de una versión para la película de la Sinfonía nº 45 en Re mayor, K. 95 (K. 73 N) movimiento 1º, de Wolfgang Amadeus.
    Quiero creer que tanta confusión se debe a que el auténtico creador es el entusiasmo anónimo que algunas veces se para a nuestro lado.   


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lunes, 20 de enero de 2014

El chantaje es la solución



            Para mi amigo Rafael Juristo, famoso abogado de famosos; y en memoria de Murray Rothbard.


            Dº Rafael Juristo quiere mejorar la regulación legal del derecho a la intimidad y al honor en beneficio tanto de seductores de masas como de los herederos de Paparazzo.
            Dicha tarea se me antoja una cruzada, no tanto porque esté en juego la Cristiandad, sino porque el lugar objeto del asalto es una auténtica morería llamada Parlamento.  

            En mi afán por meterme donde no me llaman, quiero hacer mi aportación tomando pie, precisamente, en la especificidad del derecho al honor cuando de políticos se trata.

            El artículo 71 de la Constitución declara de forma solemne que los Diputados y Senadores gozarán de inviolabilidad por las opiniones manifestadas en el ejercicio de sus funciones.

            Esto supone, por poner un ejemplo, que un señor que se llamase Alfonso Guerra podría decir en sede parlamentaria frases como “Aznar y Anguita son la misma mierda”, “Soledad Becerril es Carlos II vestido de Mariquita Pérez”, “Suárez regenta la Moncloa como una whiskería”, “Suárez es como un tahúr del Misisipí con chaleco floreado” o “son todos unos afeminados de derechas”, sin que nadie pudiera reprocharle el gesto plantándole una querella.
            Ni siquiera el colectivo gay que vigila las homilías dominicales de los curas, que ya es decir.
           
            Sin embargo, y de manera inexplicable, si el referido señor Guerra dijese semejantes venablos en cualquier medio de comunicación, los injuriados o calumniados podrían denunciar a Dº Alfonso.

            El motivo por el que una información u opinión sobre una persona es punible o no según el lugar donde se emita es una de las centenas de tonterías de nuestro Código Penal, pues ¿por qué si un Diputado insulta a otro en las Cortes está ejerciendo sus funciones, pero si los improperios los lanza desde la llamada prensa seria no? ¿Quizás porque cuando le entrevistan no responde como Diputado sino como experto en botánica?
             
            La inviolabilidad constitucional de las opiniones de los "representantes de la voluntad popular" en todo tiempo y lugar, incluso de las calumniosas (¡cómo pudo decir en un Pleno el ex President de Cataluña, Pascual Maragall, que el problema de CiU era el 3%!, ¡cómo pudo tener tan poco respeto por el honor de la oposición!) debe tener su fundamento en que las mismas son propiedad de los parlamentarios, y por lo tanto, merecedoras de la máxima protección, por ridículas que parezcan.
            En caso contrario, el intangible honor de unos diputados estaría limitando, impidiendo la libre expresión de las concretas ideas de los otros, que forman parte de su inalienable propiedad.

            Por tanto, querido Rafael, la reputación de los famosos no debiéramos salvarla impidiendo las opiniones, aun cuando parezcan ofensivas, de los que conocen sus vergüenzas. Al revés. Extendamos la inviolabilidad de las opiniones de los políticos en el Parlamento a todas las opiniones de todos los españoles en todo lugar. 
             
            ¿Cómo actuar entonces en aquellos casos donde está en juego de forma simultánea el honor mancillado y la libertad de expresión de los ciudadanos?

            Pues convirtiéndolos en un asunto particular, donde el vil metal tendrá su papel. Algo radicalmente contrario a lo que prevé nuestra legislación. 

            Este es el momento de sacar a colación la segunda tontería de hoy de nuestro Código Penal “de la democracia”.

             Dice el referido Código en su artículo 213 que “si la calumnia (acusar a alguien de un delito faltando a la verdad) o injuria (acción o expresión que lesiona la dignidad de otro) fueren cometidas mediante precio, recompensa o promesa, los Tribunales impondrán, además de las penas señaladas para los delitos de que se trate, la de inhabilitación especial".
            Es decir, que si alguien menoscaba el honor de otro y recibe por ello un beneficio de cualquier tipo, tendrá razón doble de Código Penal, eso sí, democratísimo.

            Pero aún hay más. El artículo 171 dice que “si alguien exigiere de otro una cantidad o recompensa bajo la amenaza de revelar o difundir hechos referentes a su vida privada que no sean públicamente conocidos y puedan afectar a su fama, será castigado con pena de prisión de dos a cuatro años si hubiera conseguido la entrega de lo exigido".

            Pues bien, todos los pactos que la llamada “prensa del corazón” acuerda con famosos que han sido sorprendidos en actitudes consideradas poco honestas son delictivos y perseguibles de oficio en España, tal y como declara el citado artículo 171, pues al convenio SIEMPRE se llega mediando “cantidad o recompensa” a favor del chantajista.

           Chantaje. El hecho punible cuya despenalización solicito, por ser lo único que garantiza la salvaguarda del honor y la libertad de expresión al dejar el conflicto en manos de los propietarios de su intimidad y de la información, los únicos concernidos, que sabrán llegar a una solución mutuamente satisfactoria, ¿o acaso se conoce algún pacto roto entre chantajeado famoso y chantajista?

            Las consecuencias de semejante decisión antiprohibicionista no quedarían aquí, pues me atrevo a pronosticar el fin de la telebasura.
            Pero eso será motivo de la próxima entrada del blog.


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sábado, 21 de diciembre de 2013

Rajoy desconoce el secreto de Fleetwood Mac.

         
             Rajoy debe estar pasando una mala racha. No hay duda.

            Corre desesperado hacia la puerta de entrada a la sala donde le esperan sus homólogos europeos y los miembros de seguridad le dan el alto porque no le reconocen en su estado febril; le intervienen la sede del partido, pero jura y perjura ante quien quiera oírle que no lo han hecho. 

            Nada pasa, nada sucede, no hay nada que decir, todo son “noticias de segunda mano”.

            Esta situación me lleva a pensar que Rajoy está obsesionado con Fleetwood Mac, el grupo que compuso la maravillosa canción titulada “Second hand news”, pues seguro que escuchaba a esa banda mientras estudiaba el censo enfitéutico y la prescripción adquisitiva preparando las oposiciones a Registrador de la Propiedad.

            La fijación del Presidente con el referido grupo musical debe traer causa de que no se explica aún cómo fue posible que Stevie Nicks, antes de incorporarse a Fleetwood Mac, se dedicase a limpiar casas y edificios, a pesar de que ya por entonces era una grandísima compositora y vocalista.
            “¿Por qué Mick Fleetwood, el líder de la banda, no la quería y sólo buscase los servicios de su pareja, el guitarrista Lindsey Buckingham?" –tiene que pensar Rajoy en los Consejos Europeos mientras la melancolía le ahoga-.

            Nuestro “premier” no llega a comprender cómo alguien no era capaz de darse cuenta del talento de Stevie, lo guapa que era, lo bien que cantaba.

            Pero Dº Mariano pone el foco en el lugar equivocado.
            Da igual que Stevie Nicks sea una diosa, un ángel vestido de bruja que el Altísimo puso en la Tierra para hacernos felices.   

            Lo realmente importante del caso, lo que tendría que preguntarse un Presidente de Gobierno no es por qué la diva estuvo a punto de pasar desapercibida, sino qué fue lo que hizo posible que, al final, Fleetwood cambiase de opinión para aceptar a la señorita Stevie y que el mundo pudiese ser más bonito de lo que ya es gracias a canciones como “Second hand news”.

            Y la respuesta está en la portada del disco que contiene la citada canción, “Rumours”.
            http://www.youtube.com/watch?v=p6Fdm3-dnr0.

            Allí se encuentra Dº Lindsay Buckingham, a la sazón novio de la interfecta, vestido con una taleguilla y un chaleco negros, sosteniendo con su mano izquierda el intento de vuelo de la bruja Stevie.
           
            Lo que más me llama la atención no es la ausencia de Mick Fleetwood, líder de la banda, sino el mencionado chaleco, pues se anuda mediante un cordón que termina en dos ostentosas esferas colgantes.

            Pues eso señor Rajoy, fueron las esferas que portaba el señor Lindsay las que obligaron a entender al señor Fleetwood que la señorita Stevie, su amor, era gloria y que como tal había que conservarla.  

          La enseñanza que usted tendría que sacar de lo anterior es sencilla: España es un paraíso y no se entiende que no se quiera reconocer así, que haya gente que la desprecie y hasta que trabaje por destruirla.
            Pero su papel no consiste sólo en loar las bondades del paño y lamentar su escasa consideración, pues su tarea esencial es evitar que se rompa.
            Lo que implica que para garantizar que el hermoso país pueda seguir volando tiene que ponerse el chaleco rematado con dos esferas de Lindsay Buckingham y lucirlo sin miramientos, con orgullo, ante los hostiles que se niegan a reconocer lo evidente.
            Y luego hágase una foto, o millones, exponiendo al mundo la bonitura de España libre de enemigos.
            Eso sí, con el chaleco de Lindsay siempre bien puesto, pues no conviene olvidar que si el mundo disfruta de Stevie Nicks ello se debe al uso adecuado de las extremidades esféricas del chaleco de aquél. 


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jueves, 5 de diciembre de 2013

Mas le ruega a Rajoy que le encarcele


          El martes 3 de Diciembre del presente el portavoz de la Generalitat de Cataluña, Francesc Homs, manifestó respecto a la consulta soberanista que si los partidos que la impulsan no logran fijar la fecha y la pregunta entre el 27 y el 31 de este mes, el proceso saltará por los aires.
         Textualmente añadió: «La alternativa al acuerdo es el no acuerdo, que comportaría que si no hay pregunta tampoco habrá consulta, ni proceso; entonces todos habremos hecho un ridículo monumental».

            El rídiculo. Ese es el busilis.

        Desde que el Parlamento autonómico catalán aprobó el 27 de septiembre de 2012 una propuesta en la que se requería al nuevo Gobierno autonómico que saliese de las elecciones regionales de 25 de noviembre de ése año, a convocar un referéndum secesionista fundamentado en la "necesidad de que el pueblo de Cataluña pueda determinar libre y democráticamente su futuro colectivo" para que la Comunidad pudiese "inicar su transición nacional basada en el derecho a decidir", el Gobierno de la Generalitat resultante de aquéllas elecciones no puede dar marcha atrás en el desafío sin caer en el más bochornoso de los ridículos. 

            ¿Cómo evitarles ser el hazmerreír?

            El Gobierno español anda empeñado en ello y para lograrlo no duda en prestarles dinero a fondo perdido (bonita manera de prestar), en negociar un nuevo sistema de financiación, en “catalanizar” España…, pero ninguna de esas medidas cumple con lo esencial, entre otras cosas porque en el país pequeñito de allí arriba todo esas concesiones ya las daban por hechas antes de empezar, y el dinero no salva el honor ni devuelve la dignidad.

            Para librar al President de que haga el ridículo afirmando que “donde dije digo, digo Diego”, la oligarquía nacionalista catalana necesita exhibir un agravio. Debe sufrir una supuesta afrenta del Estado español lo bastante efectista como para ser incorporada a su imaginario colectivo de pueblo víctima de los españoles, aunque, por supuesto, sea absolutamente inocua.

            Por eso Mas sueña que Rajoy le encarcela.

            Las conversaciones en la intimidad que ambos mantienen desde hace meses supongo que versan sobre semejante decisión.

            - “Presidente, hágame el favor de meterme en la cárcel, como a Otegi”.
            - “No me convence. A Otegi la cárcel le ha convertido en un héroe para el independentismo”.
           - “Tú verás Presidente, pero la cuestión es sencilla: o permites que me convierta en un héroe popular, a cambio de que el proceso se paralice; o tengo que convocar el referéndum para salvar mi honor y el de los míos”.
         - “¿Y tener que aguantar las manifestaciones de Amnistía Internacional y compañía solicitando tu libertad allá donde vaya?. Casi prefiero que convoques”.
            Y en esas estamos.

           Uno que necesita entrar en la cárcel para ser libre y olvidarse de ERC “et alii”, y otro que no quiere darle el gusto aunque sepa que es lo único que puede evitar el referéndum, pues considera, con razón, que en estas cuestiones de política sentimental el felón que pierde, al final gana.

            En cualquier caso Dº Mariano tendría que darle el gusto e ingresarle en prisión. Un agravio apócrifo más o menos ya da igual.

          Pero sobre todo porque con el personaje en cuestión no hay riesgo alguno de que se convierta en leyenda, ni siquiera en forajido de leyenda. Parafraseando a un compañero de profesión de Dº Artur, el inefable Chiquito de la Calzada, es “diplomáticamente” imposible que el Honorable adquiera tal rango.    

          Artur Mas es el Comandante del avión que en la película de Kubrick, “¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú", transporta una bomba nuclear con fines disuasorios.
           En el film, cuando el piloto recibe la orden de volver a su base porque el conflicto ha terminado, el Comandante se resiste a aceptar lo que considera una retirada sin honor y le dice a su tripulación que esa contraorden es una maniobra del enemigo que ha interferido las comunicaciones. De él no se ríe nadie. Para demostrarlo, el misil es lanzado con el Comandante a su lomo como forma de garantizar el éxito de la destrucción masiva.
           Ese es Mas. El President que tiene una bomba y que está dispuesto a lanzarla cabalgando sobre la misma con tal de convencer al mundo que los ridículos son los otros. 

            Dº Mariano, en sus manos está evitarlo. Prepare el atrezzo y conduzca al President a la cárcel.   

            Cuando salga en loor de pequeñas multitudes, al manicomio irá solo, aunque el santoral.cat dispondrá de una nueva estampita.

           Un precio bastante modesto a cambio de que nos dejen en paz un rato, Mas.


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viernes, 15 de noviembre de 2013

"Nada en las manos". Una antropología política forense.



            Para solaz de grandes y chicos casi todos los días amanecemos con la buena nueva de que ha aparecido otro genio de las artes y/o las ciencias.  

            Hoy les quiero dar noticia de una persona que no llega a genio, le basta con ser sabio.

            Quizás por eso no le conozcan, aunque realmente es una leyenda para quienes le leen o le han leído.

            No le ha hecho falta ser catedrático en la capital para escribir un libro memorable, “Julien Freund. Lo político y la política”, Ed. Sequitur. Con su talento ha sido suficiente. 

            A juicio de los escasos “gourmets” del pensamiento político español, es decir, aquellos que apenas salvan una decena de los libros publicados al respecto desde nuestra gloriosa Transición, el profesor Jerónimo Molina Cano es un experto mundial en polemología, lo que le ha asegurado ser un excedente de cupo en el reclutamiento de asesores por parte de la clase política patria.

            En estas estábamos cuando descubrimos que el investigador Molina ratifica una idea, no por sabida menos sorprendente para un mundo ansioso de novedades cotidianas: que no hay muchas cosas que decir al estar todo dicho.

            Pero él es un hombre de orden, y dado que el orden hoy significa producción, ha acometido una tarea previa al silencio sin perder la aureola de dandy: un diario, un pequeño volumen de memorias quizás, no desde la periferia, sino desde las provincias del mundo.
            El libro se llama “Nada en las manos”, Ed. “Los papeles del sitio”, y pueden encontrarle aquí http://jeronimomolinamenostodavia.blogspot.com.es/

            Si los Planetas publicaron un disco titulado “Una semana en el motor de un autobús”, Molina ha estado bastantes más en los motores de todo tipo de vehículos y bajo las bóvedas de unas cuantas bibliotecas hasta convertirse en el fundador de una ciencia: la antropología política forense.   

            Donde nuestra “Ley de la Memoria Histórica” busca cadáveres unidimensionales, nuestro Jerónimo indaga en la conducta de los mártires y de los victimarios de la historia para descubrir las características de la personalidad política, tantas veces demasiado aneja a la criminal.
            Estudiando pequeños detalles, anécdotas; basándose en comentarios, en recuerdos que le sugieren los distingos lugares por donde la vida le lleva, llega a demostrar que las patologías políticas son un poco producto de desórdenes clínicos de los sujetos y casi todo de modelos culturales fabricados por ciegos que dicen ver.         
             
            Con libros como “Nada en las manos” el silencio puede esperar, pues el autor tiene que organizar su Academia.