domingo, 9 de agosto de 2026

La lección de Sheherezade en Ceuta

 

En los pocos días transcurridos desde la última entrada del blog ("P.S. y su play list") la maquinaria gubernamental para crear mala conciencia entre el pueblo por criticar la invasión de Ceuta me ha sorprendido incluso a mí.

Ningún miembro de la “galaxia Moncloa” ha dicho nada contra Marruecos, pero todas sus terminales difunden día y noche la mala fortuna que tienen los pobres invasores, como si éstos fueran meteoritos de origen desconocido.

La propagación de mala conciencia para neutralizar cualquier oposición del pueblo a la ocurrido confirma el destino que el plan ya tiene adjudicado para estas plazas españolas en África: su entrega a Marruecos con buena conciencia.

Esa es la lección que nos ofrece Sheherezade con el cuento de “Los mil y un niños de Marruecos”. 

La buena conciencia que constituye el elemento esencial de la trama es un concepto de origen religioso (comportarse según un código moral de excelencia dado por Dios) que en el descreído siglo XXI occidental no es más que el sentimiento de vivir de acuerdo con las normas y prácticas que el Estado considera adecuadas.

Para informar sobre lo que está bien y lo que está mal trabaja el Gobierno de manera incansable y, en el caso concreto de la inmigración, lo que está bien es "integrar" a cualquiera que atraviese la frontera, con independencia de la forma en que lo haga. Los peros que puedan enumerarse (inseguridad, presión sobre los servicios públicos, salarios bajos, escasez de vivienda…) son fruto de una conciencia contaminada o corrupta. 

Todos aquellos que intentan oponerse a la situación deben entender que la defensa de un país exige tener un enemigo contra el que luchar, y en el caso que nos ocupa, el Gobierno lo único que dice tener son los “niños” de Marruecos que entran en territorio español por tierra, mar y aire (véase el fallecido por utilizar un parapente) a los que el Gobierno responde con partidas millonarias para su mantenimiento.

Si España hubiese repelido la invasión habría sido tratada como responsable de un atentado contra los derechos de la infancia. Quien primero lo hubiera considerado así sería el propio Gobierno de turno del régimen del 78.

Por eso, de la misma forma que Pétain firmó el armisticio con Hitler porque así se lo pedía el pueblo, España entregará las plazas africanas al rey marroquí con el beneplácito popular.

La diferencia entre Pétain y P.S. (o el que le sustituya) se encuentra en que el primero tuvo que sufrir una lucha interior para firmar el armisticio en 1940 después de haber frenado en 1916 a los alemanes en Verdún; mientras el Gobierno español hará la cesión de forma voluntaria y sin sentimiento de culpa después de infectar de mala conciencia al pueblo durante cinco décadas.

Si para extinguir las monarquías rusa, alemana y austriaca fue necesaria la Primera Guerra Mundial, ahora una monarquía pone en jaque la integridad territorial de un Estado-Nación sin necesidad de pegar un tiro.  

Los Estados-Nación son ahora tan estorbo como lo fueron en su día las monarquías, pero las guerras resultan muy molestas para eliminarlos.

Siguiendo el hilo de Pétain, si su armisticio con los nazis acabó con la soberanía francesa, pero salvó París; la integridad territorial de España debe ser liquidada, pero sin necesidad de una guerra con Marruecos que destruya las propiedades que los ricos del mundo poseen en nuestras latitudes meridionales.    

La oligarquía del régimen se esforzará por cumplir el plan, esto es, acabar con la idea de la posibilidad del Estado-Nación convenciendo al pueblo de que eso es lo mejor que le puede pasar.  

Supongo que perder territorios con la aquiescencia popular será valorado como un éxito de los Estados-Nación de opereta, cuyos dirigentes merecerán el obsequio del premio Nobel de la Paz.

No obstante, muchos felicitan a P.S. porque no cayó en las provocaciones marroquíes.

Los que celebran el manejo de la crisis por no hacer nada ignoran que la inacción contra el enemigo tiene la cara b de que hay que neutralizar al opositor interno cuya forma de vida se ve amenazada por el invasor y quiere resistir para conservarla.

El actual Gobierno ya tomó la decisión de inhibirse y las consecuencias son que los ceutíes se han confinado de forma voluntaria. Desconozco si por miedo al invasor, por miedo al Gobierno y sus agentes si osan protestar o por miedo a los dos.   

Lo peor del entreguismo es este soniquete, ininterrumpido durante décadas, de mala conciencia que se ocupa de difamar a la parte del pueblo que en algún momento pensó decir no. Suponen que, despojados de su honor, no ofrecerán resistencia.   

Afirmaba Jünger allá por septiembre de 1945 que “lo peor que puede pasarnos es que nos coloquemos a nosotros mismos en una situación injusta cuando tratamos con bellacos. Entonces son ellos los que nos sermonean”.

En agosto de 2026 los ceutíes no se encuentran en una situación injusta por causa de ellos, pero sí tienen que tratar con bellacos que les sermonean.

Quizás por ello se encuentran en el peor de los mundos cuando eres víctima de una invasión, esto es, ante un tribunal compuesto de “nacionalistas extranjeros” y moralistas.

Eso sí, los “humanitaristas” salvarán Sotogrande y la Costa del Sol, infestadas de tipos con nacionalidad británica y residencia legal en el paraíso fiscal del Peñón de Gibraltar.

Empate.

Quien se queje sólo demuestra que es una mala persona. 


twitter: @elunicparaiso

 

  

martes, 4 de agosto de 2026

P.S. y su "playlist"


En un artículo publicado el 1 de agosto del presente en el suplemento “Ideas” del diario digital “La Gaceta de la Iberosfera”, el profesor Javier Crevillén afirma que “el cristianismo es un absurdo contra un absurdo: una idea absurda colmada de sentido, quizás la única capaz de dar sentido al absurdo de la existencia”.

Estaría de acuerdo con la afirmación si el sintagma “el cristianismo” fuera sustituido por “la política”.

Para justificar mi argumento sería más que suficiente ver a P.S. anunciando en tik-tok su “playlist” del verano, mientras Ceuta se encontraba invadida por una multitud de extranjeros y una centena de personas habían muerto a causa de un episodio de guerra híbrida.

Un presidente y su playlist resumen el absurdo de la política, que se enfrenta contra el absurdo de la existencia representada por un gentío atravesando una frontera sin que nadie se lo impida.

No obstante, como dice el profesor Crevillén, dos absurdos en disputa terminan dando sentido a un mundo que no lo tiene.

Así, los gestos absurdos de un político y su "playlist" neutralizan  el sinsentido de una invasión por el sencillo procedimiento de crear mala conciencia: si el presidente te ofrece sus canciones de verano, aunque una parte del país sea víctima de un asalto masivo, ¿de qué te quejas si los políticos trabajan para que seas feliz?, ¡miserable ultraderechista, facha! ¿Por qué te empeñas en preocuparte de la ocupación del vecino y no de preparar tus vacaciones?, ¡cayetano, español!

Si el cristianismo es un absurdo que produjo sentido con la verdad, el caso que hemos analizado nos demuestra que la política es un absurdo que produce sentido con la mala conciencia.

Que el ya famoso “playlist” se difunda mientras Ceuta es invadida claro que es absurdo, concretamente son dos absurdos (P.S. con su lista y el ataque a la frontera) pero por eso se hace, pues “la mancha de la mora con otra verde se quita”.

El desconsuelo que nos provoca un absurdo sólo se puede superar con otro absurdo de signo contrario, es decir, con una marmita rebosante de sentido, sin aristas, que nos genere mala conciencia por estar tristes o preocupados.  

El resultado de la confluencia de dos absurdos no es una síntesis superadora, sino la victoria del absurdo que logra generar mala conciencia en su público, pues la necesidad de sentido del pueblo no le deja otra opción que ponerse del lado de los que le ofrecen una buena conciencia. Da igual que los traficantes de esa conciencia limpia sean absurdos, malos o traidores si el pueblo conserva su paz interior.   

Una de las consignas de mayo del 68 fue la ridícula “debajo del asfalto está la playa”, como coartada para destruir una ciudad sin remordimientos. Ahora la consigna es cacarear que “después de la invasión están las vacaciones y su “playlist”. Si no participas de la fiesta se debe a que eres mala persona, esto es, ultraderechista.  

Hace ya casi cuarenta años de la publicación de un libro del difunto Enrique Lynch, “La lección de Sheherezade”.

Los "Ana Listas" políticos se indignan, se burlan o guardan silencio respecto al absurdo P.S. y su “playlist”, pero ninguno cae en la cuenta que en la difusión del tit-tok presidencial mientras Ceuta dejaba de serlo se encuentra una nueva lección de Sheherezade. En concreto, la resolución del enigma del futuro de las plazas españolas en África, más allá de P.S.

Pero eso será motivo de otra trama, de otro absurdo, de otro artículo.


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