El resultado de las elecciones autonómicas andaluzas del pasado día 25 de Marzo ha constituido una prueba de que la competencia electoral en un sistema político como el nuestro es una partida del juego “del gallina”. (Ver el anterior "post").
Perdió “el gallina”. Ganó el que estaba, el que está dispuesto a suicidarse gastando sin medida con tal de ganar apoyos entre un censo electoral subyugado por todo tipo de miedos. Huelgan los nombres.
Ahora
bien, lo que jamás pensé es que el vaticinio con el que concluí la anterior entrada (una Gran
Coalición sustituirá a Rajoy en las
próximas elecciones generales para desactivar el juego “del gallina”) se viera ratificado con indicios tan sólidos pasados sólo unos días.
Primero
fue Arenas y su propuesta de “pacto de legislatura” con el PSOE ante la
“tormenta demagógica” que anuncia el Frente Popular PSOE-IU.
Luego
la principal dirigente de UPyD, Rosa Díez, haciendo llamamientos explícitos a
“gobiernos de concentración” tanto en Andalucía como en Asturias.
Ante
el fracaso de su intento en el Principado, su diputado por esta Comunidad manifestó que ello supone “una mala noticia para Asturias y para España”, al
tiempo que considera que se ha desperdiciado “una oportunidad histórica de lanzar
un signo al conjunto del país”. Es decir, los reformistas de UPyD, la minoría de la que quizá dependa la gobernabilidad del sistema, apuestan por la Gran Coalición como alternativa ideal.
A
pesar de estos datos uno de mis más admirados pensadores
políticos rechaza la probabilidad que auguro porque considera que quien ostenta
el poder no lo comparte.
Sin
embargo, las peculiaridades españolas desmienten a mi interlocutor. Me propongo explicar el porqué.
“Prima
facie”, una Gran Coalición es una de las salidas previstas cuando se produce un bloqueo institucional. El caso reciente más famoso le encontramos en Alemania, donde el empate en las elecciones de 2005 entre la CDU de Merkel y los socialdemócratas
de Schroeder, dieron lugar a la “Grosse Koalition” de los dos partidos.
Sin
embargo, en España tenemos la singularidad de coaliciones de poder innecesarias, esto es, cuando no existe un bloqueo
institucional: los pactos de todos los Gobiernos centrales con los
nacionalistas.
Quizás el supuesto más extraño fue el que tuvo lugar en la segunda legislatura del Gobierno Zapatero (2008-2011) donde teniendo mayoría absoluta en las Cortes Generales y mayoría absoluta en el Gobierno autonómico catalán (tripartito) pactaba todo con CiU en el Congreso.
Quizás el supuesto más extraño fue el que tuvo lugar en la segunda legislatura del Gobierno Zapatero (2008-2011) donde teniendo mayoría absoluta en las Cortes Generales y mayoría absoluta en el Gobierno autonómico catalán (tripartito) pactaba todo con CiU en el Congreso.
Pero
si aquél momento representa el paroxismo del fenómeno que estamos analizando,
con el Gobierno de mayoría absoluta de Rajoy ocurre exactamente lo mismo, pues
éste mantiene con los nacionalistas catalanes una coalición que no trata de
ocultar.
Este
hecho se produce porque la estrategia de los dos grandes partidos españoles en
sus tratos con las minorías regionalistas se resume en los intentos (frustrados) por evitar que la competencia política no
cooperativa del juego “del gallina” dirija las relaciones mutuas.
Los
Gobiernos centrales creen que los nacionalistas les plantearán en algún momento
la partida última, definitiva del "juego del gallina” (la independencia), y su forma de
tratar esa circunstancia que consideran ineluctable es retrasar ese momento,
evitar que la última partida se juegue, pues si ocurriese no sabrían cómo responder, es decir, evitando el juego (neutralizar a los sediciosos para defender la unidad de la
nación) o consentirle, con el riesgo de que se caiga en el precipicio (permitir vías políticas que dejen abierta la posibilidad de la disolución del país).
Y para lograr su objetivo de retrasar la situación excepcional (la independencia), el único plan de cualquier Poder Ejecutivo ha sido aplicar la máxima popular “dos no discuten si uno no quiere”.
Por ello ningún Gobierno ha tenido reparo en otorgarles todo el poder en sus territorios y ofrecerles participación en las decisiones gubernamentales, esto es, no opone competencia política sino que se ofrecen “pactos de gobernabilidad”.
Por ello ningún Gobierno ha tenido reparo en otorgarles todo el poder en sus territorios y ofrecerles participación en las decisiones gubernamentales, esto es, no opone competencia política sino que se ofrecen “pactos de gobernabilidad”.
Pero el refranero no siempre conoce las reglas de la política, pues en éste ámbito
ocurre todo lo contrario de lo que afirma el adagio: basta con que sólo uno
quiera discutir para que la pelea dé comienzo, y el camorrista que la inicia lleva todas las de ganar si la otra parte huye.
En
resumen, ante las constantes partidas menores, parciales, del "juego del gallina” (más dinero, más competencias) que el
nacionalismo periférico plantea al Gobierno, éste responde compartiendo el poder, es decir, autorizando el juego del chantaje y dándole la victoria al otro por incomparecencia, como táctica para evitar la convocatoria de una definitiva partida que se disputaría en términos amigo-enemigo.
El
balance de la relación de fuerzas no deja lugar a dudas: el Poder abandonado por el Gobierno en su permanente retirada, es recogido por los nacionalistas. O lo que es igual, el intento de evitar los efectos perversos del "juego del gallina” no jugando, no evita que el juego se practique y que los nacionalistas ganen partida tras partida por la no asistencia de la otra parte.
La unanimidad de todos los Gobiernos en tolerar el "juego del gallina" y no participar en el mismo se debe a que impedirle exige, además de valentía y coraje, un elemento objetivo: la colaboración del adversario.
Sin la garantía de que el principal partido de la oposición va a adoptar una actitud cooperativa con el Ejecutivo si éste decide prohibir el "juego del gallina", la batalla estaría perdida de antemano y el Gobierno de turno herido de muerte por su falta de poder y autoridad.
Si frente al envite nacionalista ("juego del gallina") un eventual órdago del Gobierno (se impide el juego) no está refrendado por la oposición, el nacionalismo sólo tendría que apoyar a la oposición y esperar a que gobierne para que su apuesta triunfe.
El drama reside en que aun otorgando la oposición garantías, cualquier Gobierno desconfiaría de ellas, pues no podría obviar que ante la posibilidad de que el socio nacionalista le otorgue a la oposición el Gobierno del Estado, la oposición no tendría incentivos para conceder al Gobierno "carta blanca" con el fin de que eliminase la posibilidad del "juego del gallina" en las relaciones con los nacionalistas, sobre todo cuando el riesgo de que éstos desaparezcan una vez quede vetado el referido juego es algo más que una mera suposición.
Y es que al fin y a la postre no es racional -pensarán los gurús respectivos del márketing político- liquidar a un potencial aliado en los enfrentamientos que PP y PSOE mantienen entre sí.
Servidumbres de la competencia política en un sistema electoral como el español que llegado el momento hará inevitable la Gran Coalición para contrarrestarla.
twitter: @elunicparaiso