Quien tenga el gusto de sentarse esta
noche frente al televisor para ver discutir a tres candidatos a Presidente de
Gobierno y una aspirante a la Vicepresidencia tendrá la ocasión de retroceder a
la Edad Media.
Dicen que se trata de un debate
electoral, pero en realidad se van a representar dos desafíos simultáneos.
Los tres hombres interpelarán a
la señora acerca de lo siguiente: ¿se atreve a negar que su partido y su Gobierno
han mentido a los españoles durante cuatro años?
A lo que la vicepresidenta responderá con este
reto: ¿son ustedes capaces de demostrar que no son más mentirosos y mucho
peores que nosotros?
El carácter medieval del evento
no se encuentra tanto en el duelo como en que en el mismo no habrá forma de dirimir
quién dice la verdad, entendida como correspondencia entre significante y significado con los hechos de la experiencia.
No existe un procedimiento del
cual pueda emanar algo parecido a un dictamen de veracidad, pues todo consiste
en ver a cuál de los contendientes el pueblo le da la razón, aunque a quien se le otorgue diga que está lloviendo aunque haga sol.
Quizás ustedes me pregunten si acaso
no tendrá razón el que diga la verdad.
¿Cómo saberlo si no hay un
método para decirla y sancionarla?
Ante esa ausencia de alguna forma
de testimonio neutral que decida acerca de la certeza de lo que se dice, la
cuestión se plantea exactamente al revés: la naturaleza feudal de los debates
electorales reside en que el depositario de la verdad, el titular de la misma, es el que gana, aunque no haya parado de mentir.
¿Y de qué depende la victoria, entonces, si
no es de probar la exactitud de lo que se argumenta?
En primer lugar, de aceptar la
lucha cuerpo a cuerpo.
Rajoy ha sido declarado inhábil por
Rivera para convertirse en Presidente por el mero hecho de renunciar al combate
televisado con él.
En la era donde la fábrica está en la "nube" para que los asalariados puedan cumplir su función sin necesidad de compartir o enfrentar a compañeros y clientes, Rivera viene buscando pelea.
Luego hay que conjugar
debidamente las palabras mágicas de la tribu: "todo para el pueblo",
"los ricos deben pagar más", "el Estado de Bienestar es
intocable", "stops desahucios", bla, bla, bla.
Quien no pronuncie la letanía
completa y sin errores perderá, pues un tropiezo en la declamación de los mitos será prueba suficiente de ineptitud.
Y por último, de los argumentos de
autoridad. Todos valen. Aunque unos más que otros.
Desde un Marx que pondría el
grito en el cielo si escuchara a los que pronuncian su nombre en vano, hasta
"el centro" que nunca se sabe dónde está. Desde "salvaguardar
los éxitos obtenidos" a los "cientos de años de honradez" (y
cuarenta de vacaciones, que dejó dicho por los siglos de los siglos Dº Ramón
Tamames).
También sirve haber sido
Registrador de la Propiedad u organizador de escraches. Cualquier cosa es susceptible de cotizar en el azaroso mercado electoral.
Las consecuencias de que la competencia política esté basada en el ganar y no en la verdad tiene
importantes efectos.
Quizás el principal es que la
ausencia de un protocolo objetivo que verifique cuándo, por qué y para qué un
político ha mentido impide el escrutinio del triunfador.
Y si no hay modo de demostrar
quién faltó a la verdad jamás se puede acusar a nadie de no ser sincero.
Es por eso que al Presidente de Gobierno jamás
se le pueda destituir por infracción del deber de no mentir, y paradójicamente
es por ello por lo que no acostumbra a ser veraz a sabiendas de que
da igual.
El juego político contemporáneo se terminaría resolviendo en la costumbre medieval de las ordalías o Juicio de Dios, donde Dios es
la opinión pública que otorga al vencedor los laureles de honrado y franco, a pesar de no tener otra virtud que la de ser el campeón de una batalla donde la
verdad (el ajuste de lo que se dice a los hechos o a la lógica) no es el objeto de la misma.
Por todo lo expuesto cabe pensar
que la única actividad que conserva residuos netamente feudales en la racionalista era Google es la política llamada democrática. Y a pesar de ello
mantiene su prestigio. O quizás precisamente por eso.
Ahora ya sabemos lo que podemos
esperar del celebrado debate.
¡Ojalá sea breve!
twitter: @elunicparaiso