sábado, 29 de marzo de 2014

Los "Beastie" no quieren un último vals.


Dedicado a mi amigo Lorenzo y a los que entran en el blog todos los días.


            La auténtica paliza sufrida por la Policía Nacional el 22-M en Madrid a manos de otra alegre muchachada no supone ninguna novedad. En todo caso una confirmación, pues perdido el sentido común lo más normal es que los pajaritos disparen a las escopetas.
            O sea el orden, pero al revés.

            ¿Monopolio de la violencia legítima por la policía?
            Resultado: una manifestación, sesenta y siete policías heridos, destrozos mil y privatización del espacio público por los que dicen defender el ídem.
            Es lo que suele ocurrir cuando el monopolio de la violencia está en manos de políticos a las órdenes de sus Partidos. 
            Pues eso, policías defendiendo a policías para que no les maten, costes crecientes y seguridad decreciente, la ley de hierro del monopolio.
            Todo muy visto.

            Sin embargo, la noche de la ira me ha sugerido una cuestión mitad estética mitad militar.

            ¿Podrán los chicos "beastie"* con su arte en vivo de romper cabezas chafar la fiesta que se nos viene encima?

            Porque tendremos “felices años diez” (y hasta veinte) antes de los “tristísimos años veinte” (o treinta) sí o sí.
          Todo está preparado para que a la burbuja crediticia e inmobiliaria le siga un “jour de fête” que durará hasta que la montaña de deuda pública nos aplaste.
            ¡Adiós burbujas!
            ¡Te esperamos alud!   
            Pero antes tendremos una bonita sesión de fuegos artificiales. 

            Andaba estos días elucubrando sobre lo que auguro un revival ochentero, con sus neoyuppies limpios de farlopa como reinas del carnaval, (Dalí se murió y la imaginación hace tiempo que se fue), cuando de repente aparece la alegre muchachada repartiendo a troche y moche en reclamación de lo que se les debe, vete a saber tú qué se les debe.

            ¿Serán capaces de acelerar la caída del Imperio Occidental, su Imperio? ¿No será posible un último vals?

            Viendo cómo se comportan se podría afirmar que la pulsión estética del “Sabotage” https://www.youtube.com/watch?v=z5rRZdiu1UE es tan fuerte en los cachorros pendencieros (aunque algunos tengan setenta años) que su alma “beastie” ya es irrecuperable.

            Que habrá batalla es seguro, aunque las “cookies” de mi ordenador me demuestran que el resultado de las escaramuzas está echado: ganará el Gran Hermano.

            No obstante, híper pijos reversibles en maxi hippies (la cortesía que el lujo concede a la plebe) se encargarán de amenizar el cotarro “urbi et orbi” y los voluntarios de la barricada con smartphone incorporado tendrán que esperar (igual hasta les gusta, ¿pues no decían que amansa la música a las fieras?).
            El Todopoderoso invisible que me observa desde las tripas del ordenador me sugiere que los aprendices de Beck  https://www.youtube.com/watch?v=IQfwgzoiq4c&feature=kp serán el preludio burlesco y colorido de una guerra de verdad.
            Y cuando ésta última llegue, el mundo entero será de nuevo una fiesta, aunque será otro tipo de fiesta.
         
            Contemplaremos el pastiche haciendo tiempo en nuestro paraíso fiscal mientras llega la marabunta. 


* “Beastie” no significa bestia, sino cachorro, animal doméstico.
Nuestros “beasties” no son un “sans-culotte”, ni un bolchevique. Son algo parecido a  las pequeñas mascotas que te destrozan la habitación cuando se quedan solas en verano pero nunca te atreves a echar porque siempre hay alguien que dice que son muy simpáticas. Bien pensado “beastie” quizás sí signifique bestia. 


twitter: @elunicparaiso

miércoles, 5 de marzo de 2014

Putin o el uso de la fuerza como primer recurso


           No pensaba decir nada sobre lo sucedido los últimos días en Ucrania, entre otras cosas porque la ilustre articulista Mª Teresa G. Cortés, después de una conversación el día de ayer en twitter, ha prometido escribir sobre el asunto.

            Pero al leer que la prensa de medio mundo titula sus noticias sobre el conflicto ruso-ucraniano con la frase “Putin se reserva el uso de la fuerza en Ucrania como último recurso”, después de que un pedazo de éste país se encuentre “de facto” bajo control ruso precisamente por haber utilizado la fuerza; quiero echar mi cuarto a espadas en defensa del uso político de la fuerza como medio de evitar la guerra, enseñanza destilada de los maestros de los que aprendí qué es lo político y qué es la política, el profesor Dalmacio Negro, Julien Freund, Carl Schmitt, el también profesor Jerónimo Molina, Bertrand de Jouvenel, y por supuesto, el grandísimo Maquiavelo.

            Putin, el Presidente de la Federación Rusa, se ha apoderado de la península de Crimea bajo soberanía de Ucrania porque ha demostrado su voluntad de utilizar la fuerza.
           
            Con el golpe de mano de la ocupación de la referida península por unos miles de soldados rusos ha demostrado que quien renuncia a la fuerza como primer recurso de la política deja la iniciativa a quien la utiliza primero.
            Y quien utiliza la fuerza como último recurso en un conflicto dado ya no puede utilizarla como fuerza sino bajo la forma de guerra.

            Todos tememos a la guerra, ¿pero acaso quien utiliza la fuerza quiere la guerra?
            Es éste el alma de la política en tanto instancia reguladora de la relación amigo-enemigo, la decisión infernal ante la que se miden los políticos que hacen la Historia.

            La rueda de prensa de Putin de ayer por la mañana ha demostrado que tiene fuerza pero no quiere la guerra.
            Y me atrevo a decir que su pie en pared del fin de semana la evitará porque ha anunciado “urbi et orbi” que quien la quiera la tendrá.
            O lo que es igual, Putin no quiere la guerra, le basta que sus fuerzas garanticen la continuidad de su flota en la península de Crimea.
            Pero quien se le oponga tendrá que ir a la guerra.
           
            Putin se ha convertido en el Emperador de la Europa Oriental sin lanzar un solo misil porque la evidencia de que está dispuesto a utilizar la fuerza le dispensa de hacerlo.
            Su audacia le ha otorgado tanta ventaja que sólo una fuerza militar podrá hacer que retroceda a sus posiciones originales.
            Y esa fuerza simplemente no existe.
            Al Gobierno ucranio contrario a Moscú o a las potencias rivales a Rusia sólo le queda la lucha económica y el juego diplomático. 
            O la utilización de la fuerza en otro territorio, en otro conflicto, que asegure la ventaja del primer golpe, pues Crimea ya está en la órbita rusa.

            Putin ha demostrado ser igual de malvado que sus compañeros de profesión, pero además un genio.

            Después de perder el control sobre el Gobierno ucranio no invadió Kiev, pues eso le hubiera obligado a declarar una guerra. Y para eso se bastan y se sobran los EE.UU.  
            Lo que hizo fue abrir otro frente en otro lugar del mismo país (Crimea) y tomar una ventaja decisiva en su interés estratégico.

            ¡Qué lección para la Unión Europea!

            La UE es una construcción funcionalista-tecnocrática basada en la creencia de que el Poder, la política como ejercicio de la fuerza, acabará extinguiéndose en la acumulación de personas y territorios.
            Cuantos más seamos, cuantos más nos vinculemos, menos beneficios encontraremos en pelearnos…, hasta que la enemistad surge, como en Ucrania.
            Entonces nuestro edificio de oficinas compartidas se limita a esperar a que escampe para dejar hueco en el complejo multiusos a quien se lo pida, si es que se lo piden, con el fin de reeducar a los revoltosos con la infalible fórmula del papeleo.

            Europa cree que fuerza es igual a guerra.
            Pero se equivoca.
            Fuerza es igual a masa por aceleración, siendo la aceleración la magnitud que nos indica el cambio de velocidad por unidad de tiempo.
            Masa nos sobra, pero en cuanto a la aceleración ni está ni se la espera. Ergo no tenemos fuerza.
            La Federación Rusa tampoco anda escasa de masa, pero cuenta con el factor de aceleración: Vladímir Vladímirovich Putin.


        twitter: @unicparaiso

lunes, 3 de marzo de 2014

La prohibición del chantaje en la sociedad "retuiteada" (RT) o cómo prospera la telebasura.



            No creo errar si digo que algo denominado telebasura tiene que ser malo en sí mismo.  
            El desprecio intelectual a semejante costumbre aparentemente moderna se fundamenta en que exalta alguno de los instintos más bajos de la naturaleza humana.

            Y sin embargo, cuál es la causa que lo alimenta. 

            Sin duda, la prohibición del chantaje. 

            Antes de apedrearme, oídme.
            Si merezco la lapidación así me tendréis más cerca.

            Recordemos que el chantaje es una amenaza condicional, esto es, “si no me das lo que te pido revelaré hechos de tu vida íntima que es posible que no quieras que se sepan”.
            Ahora bien, la prohibición de estos tratos privados provoca la publicidad, a título gratuito, de la información que se pretendía ocultar.
           
            La ilegalidad del chantaje se basa en un prejuicio moral que busca un objetivo absurdo: acabar con el chisme sin liquidar a los chismosos.
            Pues bien, impidiendo su mercantilización lo único que consigue es que se multiplique el chisme sin ánimo de lucro, dado que las cotillas hablan o revientan.
            Se logra que el chantaje no sea un acto de comercio a cambio de provocar su multidifusión.
            Y esa sobreabundancia de hechos o de mentiras sobre unos y otros es recogida por los medios de comunicación para crear una empresa rentabilísima gracias a una materia prima regalada.
            Dado que no me pagan nada por callarme le cuento lo que sé a todo el mundo. Así se crea la industria del chisme.
            La prohibición de mercadear de forma privada con informaciones que conozcamos de nuestros semejantes se convierte en un negocio masivo de propagación de esas mismas confidencias.
            Conclusión primera: la penalización del chantaje es el alma de la telebasura.
           
            Conclusión segunda: ilegalizar el chisme genera una presunción de verdad sobre lo que cuenta el chismoso.
            Ya sé que es absurdo, pero qué le voy a hacer.

            El razonamiento en que se apoya la presunción es bienintencionado, pero también ridículo en una realidad que escamotea el sentido común.
            El hombre de buena fe pensará que dado que nadie se atrevería a expresar una patraña contra otro conociendo que ello puede suponerle una importante multa e incluso la cárcel, si alguien lo hace entiende que se debe a que lo manifestado es verdad.  
            Este argumento elemental choca con la evidencia de una sociedad donde los procesos judiciales por presuntos delitos de injurias o calumnias reparan poco y tarde. En estas condiciones, ¿a quién le importa el improbable daño futuro frente al beneficio inmediato de ver convertida la maledicencia en fama contante y sonante? Carpe diem.

            Esto nos conduce al penúltimo giro del laberinto: dado que las murmuraciones sobre la intimidad están prohibidas y su difusión genera la apariencia de verdad, si la teórica víctima no prueba judicialmente que la información divulgada es un bulo, la apariencia de verdad de la gallofa pasa a ser certeza absoluta.

            La ilegalidad del chisme exige un proceso judicial para ser destruido, pues en caso contrario su aire de verosimilitud queda solemnizado por la ausencia de condena en los Tribunales.

            Pero ya hemos visto lo que pasa con los procesos judiciales.   

            Y mientras tanto, la máquina de la telebasura a pleno rendimiento entre difamación va y pleito viene.

            ¡Qué locura, por Dios!

            Pero no se apuren. El viaje por la montaña rusa de las consecuencias del delito de chantaje ha terminado.

            Pensemos un momento qué ocurriría si no existiese tal ilícito penal.

            La telebasura en su variante de altavoz de bochinches se reduciría a la mínima expresión, pues los realmente graves o relevantes quedarían al abrigo de la discreción nacida del acuerdo entre el poseedor de la información y el interesado en su silencio.
            La privatización de todo aquello susceptible de transformarse en un escándalo eliminaría la telebasura como espectáculo mediático creador de verdades en la sociedad “retuiteada” (RT).
            Sólo se darían a la publicidad asuntos menores por los que casi nadie estaría dispuesto a pagar nada para que se mantuvieran ocultos, los absolutamente insignificantes por no poder causar daño a nadie.
            Por otro lado, la no ilegalidad del rumor, y hasta de la maledicencia, dejaría al autor del mismo huérfano del prestigio y la autoridad que la prohibición dispensa a todo el que se enfrente a ella.
            El chisme, olvidado por la ley, no rebasaría jamás su condición de habladuría irrelevante propia de fracasados.
            Nadie otorgaría valor a algo que el más ruin de los que nos conocen podría cometer impunemente.
            El chismorreo dejaría de ser una industria productora de sentido y volvería a ser lo que siempre fue antes de la sociedad RT: una asquerosa patraña.
            Por tanto, los que se sintiesen ofendidos no tendrían la necesidad de acudir a los Tribunales para demostrar la mentira del murmullo porque éste tendría presunción de falsedad.  

            Es obvio que la no prohibición del chantaje no supone que se pueda conseguir información invadiendo la propiedad de nadie (no derramaré una lágrima por la desaparición de Papparazzo) ni tampoco que no haya asuntos escabrosos que saldrían a la luz pública ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo entre el emisor de la noticia y el afectado, pero, ¿por qué primar el derecho a un siempre escurridizo honor (la reputación la otorgan los otros con independencia de nuestro interés en conservarla) frente al derecho humano a expresar lo que uno piensa, sabe, siente o cree?. No olvidemos que el pensamiento y la opinión forman parte inseparable de cada persona, por zafios que aquéllos sean.
             ¿O acaso ya no?

           
                
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