lunes, 16 de septiembre de 2019

El "Cártel de Malthus".


La crisis demográfica europea, que era una evidencia premeditadamente guardada en el armario durante decenios, por arte de birlibirloque ya es noticia de segunda página en los medios de comunicación, pues el "trending topic" se lo lleva el "calentamiento global", obra del peligroso y machista, valga la redundancia, hombre.

No obstante, ¿podemos llamar al actual decrecimiento de la población, por ejemplo en España, crisis demográfica?
¿Acaso puede considerarse el descenso de la natalidad una política de Estado desde la muerte de Franco? Porque si fuera así no cabría hablar de crisis demográfica, sino de éxito del Estado malthusiano, del Estado obstaculizador de la natalidad.

Debemos a Thomas Malthus (1766-1834), clérigo y demógrafo inglés, los principios esenciales de la población. Quizás el más famoso sea este: los medios de subsistencia crecen en progresión aritmética (3+3 = 6) mientras que la población lo hace en progresión geométrica (3x3 = 9), si no encuentra obstáculos.

Centrémonos en éstos últimos.

Malthus los divide en su "Primer ensayo sobre la población" en positivos (sic) o represivos (guerras, epidemias, vicios, miseria) y en preventivos (miedo ante las dificultades que supone el mantenimiento de una familia).

Dando un salto desde Malthus a la modernidad, podemos comprobar que todos los obstáculos al crecimiento de la población están mal vistos. Por supuesto las enfermedades y la pobreza.
También la abstinencia sexual. Pero sobre todo las guerras, aunque sobre las guerras en la periferia se haga la vista gorda.
Ahora bien, que se repudien no elimina un elemento objetivo: sin obstáculos, la población crece de forma desmesurada.

Por tanto, los llamados Estados del Bienestar arbitran una serie de medidas aceptadas por la ciudadanía para evitar la expansión incontrolada de la natalidad: aborto, prohibición de la poligamia, esterilidad voluntaria, prácticas eugenésicas.
Son soluciones a la superpoblación que el Estado hace pasar por "instituciones civilizatorias" porque excluyen la violencia en todas sus formas (guerra, hambre, explotación, emigración por causas económicas o políticas) e introducen el deseo y la voluntad individual como factores necesarios para su puesta en práctica.

Si el control numérico de la población fue siempre una de las funciones del Estado, lo que resulta novedoso es que lo haga sustituyendo, por ejemplo, los efectos de las guerras (eliminación forzosa e intensiva, sobre todo, de hombres jóvenes) por políticas que tienen los mismos resultados, pero que sin embargo provocan la sugestión de que el Estado es el proveedor y garante de un mundo feliz, indoloro, "cool".
Lo que en principio puede parecer ciencia ficción, esto es, que la misión malthusiana (controlar la natalidad y reducir la población) del Estado encuentre a sus propios habitantes como cooperadores entusiastas y agradecidos; se convierte en evidencia cristalina gracias a dos elementos.

El primero es un imprescindible libro que será reseñado en otros artículos, titulado "Gaston Bouthoul, inventor de la Polemología",  Centro de Estudios Constitucionales, Premio "Luis Díez del Corral", 2017, del que es autor el que me atrevo a decir es el mejor escritor político español, el profesor Jerónimo Molina Cano, y del cual se extrae, entre otras, la conclusión de que el arte de organizar lo social es el arte de organizar la hipnosis de las masas, pues sólo así se puede explicar que el pueblo considere su autodestrucción supervisada por el Estado un triunfo de la libertad individual.

Y el segundo una serie de datos que no se incluyen en el libro del maestro Jerónimo, pero que refrendan el acierto de la hipótesis de Gaston Bouthoul respecto al potencial sugestionador o hipnótico del Estado: el Imperio, esto es, EE.UU., tenía en 2016 según datos del Cirujano General de la Nación, 27 millones de adictos a las drogas y 66 millones de alcohólicos. De mantenerse las tendencias actuales uno de cada siete estadounidenses enfrentará un problema con las adicciones en el curso de su vida.
En 2016 murieron 63.632 personas por sobredosis de droga, un 21% más que el año anterior, pero entre éstas muertes no se contabilizaron las causadas por accidentes laborales o de circulación debidos a estar bajo los efectos de las mismas, la violencia generada por el uso y tráfico de estupefacientes y las enfermedades derivadas de su consumo.
Los fallecimientos por la epidemia causada por las drogas supera en mucho las bajas en todos los conflictos bélicos en que ha intervenido EE.UU. luego de la Guerra de Vietnam.
No obstante, únicamente el 10% de las personas con problemas de adicción reciben algún tipo de tratamiento, y sólo en 2017 se produjo la autorización del uso del cannabis con fines no médicos (lúdicos) en nueve estados de la Unión y el Distrito de Columbia. Es decir, el Estado del país más poderoso de la Tierra no tiene ánimo administrativo ni político de que la epidemia se extinga porque, en todo caso, se trataría de un problema "recreativo" al que hay que dar curso legal.

Las consecuencias del reconocimiento por parte del Estado de que el consumo de drogas (y de analgésicos derivados del opio y de sedantes hipnóticos y de antidepresivos como el prozac...) es un derecho individual a la felicidad, a la muerte digna, sin dolor..., no deja lugar a dudas: en 2015 y 2016, por primera vez en 50 años, EE.UU. experimentó reducción en la esperanza de vida de sus ciudadanos.

El clérigo Malthus no podía imaginar la cuadratura del círculo: la eliminación masiva de la población por obra de la propia población en nombre de su libertad individual, y a través de comportamientos que considera lúdicos; con la garantía jurídica del Estado y la supervisión técnica de sus servicios públicos de salud.

¿Estado del Bienestar? 

Creo que se ha ganado otra denominación más precisa: "Cártel de Malthus". 

¿Crisis demográfica en el Estado del Bienestar?

Todo lo contrario: máxima rentabilidad y eficiencia del cártel malthusiano.


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lunes, 17 de junio de 2019

C´s y la Liga del "Juego del Gallina"




         Los vaivenes de C´s en torno a futuras alianzas electorales están creando preocupación en los partidarios de impedir un nuevo Gobierno de Sánchez.
         El hecho de que Valls quiera distanciarse de VOX en aras a un acuerdo con el PSOE, abre una supuesta grieta en el bloque de la derecha de cara a la posibilidad de un cambio gubernamental.

         Sin embargo, creo que la posición de C´s, sin juzgar si es o no acertada, tiene su origen en una estrategia política que va más allá de las contiendas electorales de los próximos meses y que se basa en dos hechos incuestionables.

         El primero es la experiencia del propio Valls respecto a lo ocurrido con su antiguo partido en Francia: el PS ha desaparecido.

         El segundo dato del que parte C´s es la guerra civil dentro del PSOE provocada por Sánchez en 2016 al unir su destino personal y el del partido a los nacionalistas de todo rango y condición, incluidos los "nacionalistas extranjeros" de Podemos.

         La conclusión que extraen los estrategas de C´s de estas dos referencias es que pueden ocupar el gigantesco espacio que en el centro deja el PSOE.
        
         Entienden que es una oportunidad histórica porque la situación del país es insólita al estar dominada no por partidos moderados, sino por dos minorías que han consolidado en torno suyo dos bloques mayoritarios.    

         Esta es la novedad.

         Hasta hoy, las minorías nacionalistas o de izquierda aceptaban el juego político con los partidos centristas sin ánimo de ser ideológicamente hegemónicos.
         Ahora es al revés, pues la minoría intransigente catalana ha logrado que el centro izquierda español termine mimetizándose con ellos de tanto asimilarse para conseguir su apoyo. 
         Y como toda acción crea su reacción, el hasta ahora minúsculo y extraparlamentario VOX ha provocado un cambio radical en la composición de listas electorales y en el discurso ideológico del Partido Popular, la primera agrupación política en las todavía vigentes Cortes Generales.
         Dos minorías que se desprecian conformando dos mayorías, esto es, un conflicto perfecto, pues éste puede definirse como "la relación social determinada por la exclusión del tercero" (Julien Freund).

         Y en el medio, C´s, quieto, atrapado entre el pasado que añora (un PSOE con "sentido de Estado") y el futuro que no termina de convencerle (un VOX decisivo). 

         Pero en ese inmovilismo aparece su oportunidad, pues con el desplazamiento del PSOE hacia el bloque secesionista, presumiblemente quedará sin representación un gran número de votantes de centro izquierda.  

         En las actuales circunstancias C´s tiene en teoría dos alternativas: ser equidistante entre la derecha y el PSOE, o disputar a éste su electorado potencial para ser el partido mayoritario en el centro-izquierda. 
         En cualquiera de las dos supuestos deben marcar distancias con PP y VOX. Desde este punto de vista se entiende su intento por separarse y diferenciarse de la derecha declarada.    
         Pero con respecto al PSOE deben decidir si confraternizan con él para atraerle al centro, o si aspiran a sucederle.  

         Rivera, Arrimadas, Valls, han de elegir entre ser la bisagra del PSOE o sus herederos. 

         Las próximas elecciones quizás les ayuden a despejar la incógnita, dado que si C´s supera al PSOE éste quedará convertido en una fuerza residual, diluido entre las mareas nacionalistas y de extrema izquierda.

         No obstante, sea cual fuere el resultado del más inmediato carrusel electoral, optar por salvar al PSOE prestándole su apoyo en un eventual Gobierno sería un suicidio a medio plazo porque, en realidad, C´s no tiene más que una alternativa: sustituir a un Partido Socialista dirigido por un Secretario General convencido de que su supervivencia depende de que sea capaz de convertir a España en un Estado confederal.

         Afirmar que C´s se aplicaría un harakiri si auxilia a un PSOE carcomido por las taifas propias y ajenas no es una opinión del que escribe, sino una verdad a priori del tipo "una línea recta es la distancia más corta entre dos puntos", puesto que la alianza con los secesionistas y los "nacionalistas extranjeros" de Podemos supondría una sucesión de partidas del "juego del gallina"* donde ya se sabe quién gana y cómo termina.

         En este sentido, sin entender que el país vive desde la proclamación de la Constitución, año a año, legislatura tras legislatura, su Liga del "Juego del Gallina" no se comprende lo que nos ocurre y por eso seguimos corriendo en círculos.   
        
         El del "gallina" es el juego del puro enfrentamiento, donde el triunfo se consigue no cooperando, sino todo lo contrario. El vencedor logra sus objetivos mostrando al otro que él no cooperará en absoluto aunque ello le cueste caer por el despeñadero, lo que provoca que su contrincante decida perder el juego (modificar su política en beneficio del intransigente, renunciar a sus principios) a cambio de salvar su vida (continuar en el Poder) y la de su "amigo inamistoso".  
         Un ejemplo.
         A la oferta de diálogo de Sánchez, Torra le contestó con un listado de veintiún puntos que liquidan la Constitución y la soberanía nacional.
         Sánchez le dijo que no podía concedérselos y Torra le comunicó que se iba a suicidar, que no frenaría el coche que corre en dirección al abismo.
         Para evitar que Torra cayese al precipicio y le arrastre a él, Sánchez en su vehículo gubernamental siguió corriendo tras el bólido conducido por el alienado de la Generalitat y le ofrece a la desesperada la figura del "relator", que supone internacionalizar el problema, mostrar la existencia de dos soberanías en conflicto. El sueño "indepe".
         Pero el juego continúa, los dos coches siguen rectos hacia el precipicio, pues Torra lo quiere todo o se despeñará, y Sánchez quiere evitar que se mate porque él irá detrás.
         Resultado de este partido: en el último momento, Sánchez se tira del coche en marcha antes de que éste caiga al abismo, es decir, retira su oferta del "relator", y Torra cumple su promesa de suicidarse hoy (y resucitar con más fuerza mañana) obligando a Sánchez a convocar elecciones. 
         Sánchez ha perdido la partida del "juego del gallina", como lleva ocurriendo con todos los Gobiernos desde la Transición en sus relaciones con los nacionalistas periféricos.

         Por una falta de comprensión del juego, Sánchez ya ha comunicado que aceptará volver a jugarlo con Torra o con el que le sustituya, después de las próximas elecciones generales, manteniendo la esperanza de que éste premiará su empatía y le sostendrá.
         ¡Qué error! pues la mera pretensión de reiniciar el juego legitima al racista y sus fines. Su repetición le sirve al suicida para demostrar que se puede ser irresponsable sin que pase nada, sin que tenga el menor coste para él. Al contrario, el juego se retoma siempre desde posiciones aún más absurdas que las que quedaron planteadas en la última partida.  
         Este es el motivo por el que el premio a la primera Liga del "Juego del Gallina", celebrada a finales de los años 70 del siglo pasado, fuese la Autonomía; mientras que cuarenta años después el trofeo es la Independencia.
         Por la misma naturaleza del juego, el más irresponsable siempre lleva la iniciativa y siempre gana, porque a pesar de la proximidad del precipicio, la constante presencia del fanático garantiza que volviendo a jugar siempre avanzará un poco más en su objetivo, sin riesgo alguno para su proyecto ideológico porque su rival, el Gobierno de España, le rescatará cuantas veces sea necesario para volver a jugar "al gallina", pues le necesita para tener una mayoría parlamentaria y los "indepes" sólo aceptan pactar utilizando este diabólico procedimiento.

         En estas condiciones, dado que nos encontramos ante un juego esencialmente imprudente, un Gobierno (o un partido político) responsable jamás puede vencer y su única alternativa es no jugarlo o neutralizarlo de forma definitiva auxiliando al suicida para que se despeñe de una vez por todas.  

         Hasta aquí la exposición del juego que ha creado la situación política en la que España teme por su continuidad.

         Conociendo cuál es su funcionamiento, a C´s le queda una única opción si quiere subsistir.
         Dado que el Partido Socialista de Sánchez ha decidido unir su suerte a los sediciosos que sólo quieren jugar la Liga "del gallina", todos los que intimen con los socialistas tendrán el mismo destino que éstos: acompañar  a los separatistas hasta el precipicio (la división del país) y desaparecer, pues exprimido el Partido Socialista y sus aliados, los xenófobos los tirarán al cubo de la basura.
         Por tanto, colaborar con Sánchez es colaborar con los "indepes" que es colaborar en la propia extinción.
         En definitiva, Rivera debe negarse a participar en la Liga del "Juego del Gallina" y dejar que el PSOE siga jugándola con los separatistas hasta que de aquél no quede ni la memoria.  
         Es más que probable que esto obligue al partido de Rivera y Arrimadas a colaborar con las derechas en acto de defensa propia.
         Pero sólo hasta que el PSOE desaparezca, como ya ha ocurrido en Francia, porque luego de ocupado todo el centro-izquierda por C´s a causa de la derrota del socialismo a manos del independentismo en la Liga "del Gallina", volverá un bipartidismo sin VOX.
         Aunque esa es otra historia.  

        
* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”.


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SÁNCHEZ Y TRECE UNA VEZ MÁS





La política es una actividad seria, pues no puede ser de otra forma cuando de recaudar impuestos o defender una frontera se trata.
Para Pedro Sánchez incluido, supongo que la gravedad de la política no es un concepto discutible.
No obstante, en muy reducidos casos, determinados actos políticos provocan espontáneas respuestas biológicas conocidas popularmente como cachondeo. 
Cuando la solemnidad de la política se transforma por arte de birlibirloque en risas generalizadas tenemos el ejemplo perfecto del humor involuntario; que no deja de ser una meritoria destreza, pero con el daño colateral de mutar al político en humorista. 
En España hay políticos vinculados a caricatos de renombre internacional. Véase la fácil asociación establecida por la oposición venezolana entre Zapatero y Mr. Bean en un vídeo millones de veces visto.
Pero siempre se puede ir un poco más allá y rozar la perfección.
Cuando en su reciente visita al rey marroquí el Dr. Sánchez anunció "urbi et orbi" que España, Marruecos y Portugal presentarían una candidatura conjunta para ser sede de un mundial de fútbol, la guasa fue también mundial cuando el Primer Ministro de Portugal dijo "que ¿qué?, ¿de qué me está hablando usted?"
La cornada del portugués la llevaba Sánchez en el glúteo, pero como esos toreros mediocres que suplen con efectismo la ausencia de sentido del ridículo, se vino arriba y se fue al centro del ruedo, ni más ni menos que al ruedo gibraltareño: "dejadme solo que estoy mu loco: el acuerdo UE-GB relativo al Brexit me le paso por la entrepierna".
La cuadrilla que le acompañaba le avisó prudentemente: "maestro, que no ha hecho usted nada durante meses. Ya no es el momento".
"¡Gibraltar español!" -les respondió con un desplante el mandamás-.
Como no podía ser de otra forma, el maestro "cum laude" Sánchez perdió el engaño y tomó el olivo de forma apresurada ante las embestidas del morlaco británico.  
Al llegar al burladero con la tez blanca como la cal, Sánchez fue recibido por los suyos con el clásico "¡ya le habíamos avisado!" pero el maltrecho se  recompuso con un histriónico golpe triunfal: "¡cumbre! ¡cumbre! ¡he estado cumbre!", haciéndose sacar de la plaza a hombros, aunque fuese por la escasamente gloriosa puerta de arrastre.  
Mientras Sánchez, enloquecido por la euforia y jaleándose brazos en alto, era llevado a hombros por los capitalistas, uno de éstos, conocido como  Borrell, gritaba enfervorizado: "¡el Acuerdo sobre Gibraltar es el más importante desde el Tratado de Utrecht!
Pero la realidad era que el toro de la pérfida Albión seguía en la plaza y éste ya había sentenciado: "¿Gibraltar? Todo sigue igual: ¡británico!"
El cachondeíto fino a costa de Sánchez ha trascendido el ámbito planetario para llegar a la interestelar República de Lituania, cuya presidenta no ha tenido reparos en hacer públicas chanzas con Sánchez a costa de su salida a hombros por la puerta de atrás: "prometemos prometer".  
Insuperable. Ni los hermanos Marx con su "parte contratante de la primera parte".
Y decimos insuperable porque cuando tus homólogos se carcajean de ti sin disimulo, has pasado de político a humorista. Accidental, humorista accidental si quieren ustedes, pero humorista sin solución de continuidad.
Sánchez ha querido ser un político, pero se ha burlado de la política y ésta se ha vengado convirtiéndole en un cómico errante, en un cómico de la legua que va de Marruecos a Cuba provocando el hazmerreír.
Si Sánchez quisiese realmente recuperar la soberanía sobre el Peñón de Gibraltar no tendría que hacer nada especial, pero sí actuar con seriedad.
Le bastaba con copiar la política que China puso en práctica hace años para ahogar económicamente a Hong-Kong constituyendo un paraíso fiscal justo enfrente, en Shenzhen.  Los resultados de esta estrategia a la vista están:
Pero no.
El Dr. Sánchez buscaba pasar a la posteridad como "Presidente de España".
Lo que jamás pensó era que lo haría como "Sánchez y Trece", pues empezó friendo empanadillas en Ferraz y ya ha quemado Móstoles, Barcelona, Portugal y el Campo de Gibraltar.
¡To-re-ro! ¡To-re-ro! -le animan desde la Moncloa-
¡Bom-be-ros! ¡Bom-be-ros! -piden auxilio los que temen arder-.

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domingo, 4 de noviembre de 2018

Alsasua, año cero


En el estudio preliminar del profesor Jerónimo Molina con el que introduce la reedición de "La esencia de lo político" del  francés Julien Freund (Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2018), aparece una anécdota que define la situación de los partidos políticos de la derecha española hasta hace pocas semanas.

El alemán Günter Maschke, antiguo miembro de un grupúsculo comunista y expulsado de la Cuba castrista por su amistad con el disidente Heberto Padilla, le confiesa en 1986 a Julien Freund en un coloquio internacional sobre Carl Schmitt: "luchábamos contra un enemigo, siempre en el centro de nuestra atención, pero nunca supimos quién era ese enemigo".

Para el Partido Popular la pregunta acerca de quién era su enemigo durante el último cuarto de siglo quedaba eclipsada por otra cuestión absolutamente irrelevante en términos políticos: ¿quiénes pueden ser nuestros amigos?

Para el Partido Popular de Rajoy, pero también de Aznar, lo relevante era tener amigos homologados por sus adversarios (Obama sí, Marine Le Pen no), porque lo importante no era a quién te enfrentabas sino con quién ibas.

Esta ridícula preocupación ha sido el principal motivo que ha neutralizado la acción política de la derecha durante un cuarto de siglo, pues a la izquierda le bastaba con tildar de fascistas a los defensores de cualquier causa digna de ser apoyada por la derecha, para que el Partido Popular rechazase hacerlo.  

Por tanto, la neutralización de la derecha por la izquierda no ha sido una cuestión de complejos de la primera, no ha sido un defecto de voluntad. Se ha tratado de una cuestión política: se ha dado más importancia al amigo (con quién voy) que al enemigo.

Cuando hablo de que en política cuidar las compañías es una ridícula preocupación me apoyo en una de las máximas autoridades del s. XX.

En sus "Memorias", obra cumbre de la literatura política del s. XX, Raymond Aron (a la sazón, director de tesis de Julien Freund) sentencia la cuestión con estas breves palabras:                  

"Respondí a quienes me reprochaban mis compañeros dudosos: escogemos a nuestros adversarios, no a nuestros aliados".

Aron pone en evidencia una verdad sencilla pero esencial, esto es, a los aliados no se les puede escoger porque la amistad exige un consentimiento mutuo. No hay amistad si el otro no quiere. 

En cambio, la enemistad es la única elección pura, unilateral, pues mi enemigo lo será, lo quiera o no.

Por tanto, es el "hostis" el que define la acción de cualquier partido político, siendo las compañías que eventualmente le acompañen un asunto irrelevante políticamente.

Este argumento que ha entendido a la perfección la izquierda sectaria, incluyendo a los Gobiernos de Sánchez y de Zapatero, así como los nacionalistas periféricos de derecha; por fin lo ha comprendido la derecha española.

Ha sido en Alsasua, pueblo navarro que pasará a la historia de la política partidista por ser el lugar donde la derecha española entendió que el problema nunca es el aliado, sino el enemigo.

Así, C´s decide acudir a Alsasua con el fin de solidarizarse con la Guardia Civil porque su enemigo son aquellos que pretenden la desaparición de las instituciones y símbolos españoles en Navarra.

Con ese mismo propósito también se hace presente VOX.

Y frente a la acusación de la izquierda de que C,s se alía con un partido fascista, Rivera acude a Alsasua con VOX, demostrando que lo primero es hacer frente al enemigo, con independencia de las eventuales compañías.
   
La guinda la pone el Partido Popular apareciendo también en el municipio con VOX y C,s, ratificando así la máxima de Aron: lo único importante en política es la enemistad.

¿Qué une al Partido Popular, a VOX y a C,s en Alsasua?, ¿su amistad?, ¿acaso pueden ser aliados C,s y VOX o C,s y el PP cuando compiten por el mismo espacio electoral?

Evidentemente no.

Lo que les une es que los tres saben quién es su enemigo.

En España hay una nueva derecha unida por una única frase: "escogemos a nuestros enemigos, no a nuestros aliados". 

Por fin se enteraron. 

Coda para Rivera:
Dice Valls y Dª Cayetana, entre otros, que es necesario un cordón sanitario frente VOX. 
Desgraciadamente, la ideología no es patrimonio de la izquierda. 
¡Cuidado Rivera, que vienen los tuyos!


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viernes, 2 de febrero de 2018

El fin está en el infinito


El escritor político italiano Carlo Gambescia es autor de un libro aún no traducido al español, "Passeggiare tra le rovine. Sociologia della decadenza", Edizione il Foglio, 2016", que constituye un tratado sociológico sobre una materia cara para la historia de las ideas: la decadencia. 

Aunque el texto también puede ser interpretado como un manual sobre el concepto de progreso en la generación "millennial". Veamos por qué. 

Gambescia reflexiona sobre la idea de decadencia desde el análisis del hecho irrebatible, incontestable de la caída de las civilizaciones.  

Por tanto, parte de la verdad (posible, parcial) en las ciencias sociales, esto es, la metapolítica, arte de descubrir las regularidades que ni la política puede modificar.

Así, en la metapolítica cabe el concepto de "egoísmos concurrentes" (Maquiavelo); la presencia en todo sistema político del jefe que decide (la soberanía de Bodino); la raíz de la representación política basada en el intercambio entre protección y obediencia (Hobbes); la inevitabilidad de una "clase política" (Mosca, Pareto y Michels)..., pero también el binomio progreso-decadencia (Sorokin). Ver Gambescia, "Metapolitica", Edizioni il Foglio, 2009.

Ahora bien, si la decadencia no necesita demostrar que es una constante de lo político por cuanto la caducidad de las cosas humanas caracteriza a todas las épocas, ¿por qué está mal vista?

Un ejemplo de la mala prensa del término decadencia es su sustitución por el término "crisis", que denota la idea de fracaso momentáneo previo a una inmediata superación. 
Gambescia demuestra que en la Modernidad el desprestigio de la decadencia era una consecuencia del rechazo de la Historia en aras de la idea de Progreso.

Aunque la decadencia es la versión sociológica del dolor, la metáfora política del ciclo vital: nacer, desarrollarse, envejecer y morir; para un progre aquélla idea es susceptible de encerrar connotaciones "fascistas" en tanto pone en cuestión la posibilidad real de un desarrollo sostenible ilimitado.

No obstante, el concepto de decadencia es impugnado hoy desde un punto de vista distinto al de los revolucionarios.  

El grupo hegemónico o dominante no reconoce el concepto de decadencia porque hacerlo les obligaría a asumir que "el rey está desnudo" y sin nada con lo que adornarse. 

Por eso el paradigma en vigor es la idea del presente donde no tiene cabida la decadencia, ni por tanto ha lugar al progreso. Es la Posmodernidad. La indiferencia o la asimilación de cualquier contrario. Lo malo también es bueno y lo feo, por supuesto es "chic".

La decadencia en la época donde sólo hay presente sería un producto literario, una ficción, una metanarración.  

La idea de decadencia hemos visto que lleva implícita la de superación. Pero ya somos insuperables.

Frente a la decadencia y el pesimismo cultural se alza la alegre impotencia.

Los conceptos de decadencia y progreso se han bloqueado mutuamente (no podemos ir hacia atrás, pero tampoco es necesario ir hacia delante) y sólo queda sitio para el presente.  

El fin de la historia del celebérrimo Fukuyama sería el epítome de la posmodernidad política: el Presentismo.

La Modernidad afrontó la decadencia como etapa inexorable hacia un mundo mejor.  
En la Posmodernidad que vivimos no hay decadencia porque el horizonte del hombre es un presente perpetuo.

El elemento definitorio de ambos periodos históricos respecto a la antigüedad sería que el fin está en el infinito, que el fin puede retrasarse infinitas veces, ora por el progreso ora por la congelación del presente.

Ahora bien, en la luminosa Modernidad el anhelo de un futuro mejor no podía evitar una mota negra. La reivindicación del mañana no permite alejar de una vez por todas el rastro del final, pues a la vuelta de la esquina del futuro siempre nos encontramos con la muerte.

Por eso sólo se puede eliminar de raíz la muerte periclitando la idea de futuro. Ahí encontramos la clave de bóveda de la Posmodernidad: el "no future" de los Sex Pistols.
El concepto de decadencia será descartado como factor explicativo de lo que ocurra en el s. XXI porque el fin ya no es una posibilidad real. Todo es un eterno presente.

Las consecuencias políticas del triunfo del presente frente a la decadencia y el progreso son monumentales: en sistemas políticos con competencia electoral el político que gana es el que ofrece ampliar el menú a coste cero para el consumidor que le vote, aunque el restaurante amenace ruina.

Es lo que la teoría de juegos denomina "el juego del gallina".*

Así, la esfera política se convierte en el Consejo de Administración de un aparato productivo y de distribución que se pretende inagotable, un artilugio que siempre proveerá, aunque sólo Google y sus hermanas tecnológicas sepan cómo y por cuánto tiempo.

Bajo este espíritu de la época ni decadente ni progresista, sino dominada por el eterno presente, la demagogia del "give me two, now", no es una elección sino la condición del éxito político.

¿Qué puede hacer cualquier Gobierno ante el callejón sin salida que le ofrece un tiempo sin futuro, un presente continuo, es decir, un constante "juego del gallina"?
¿Disputar la partida siendo cada vez más irresponsable o perderla de antemano diciendo, por ejemplo, que las pensiones contributivas no se pueden sostener?

Sin idea de decadencia no hay idea de responsabilidad, y sin ésta la política se convierte en la organización del espejismo más grande que el mundo jamás vio.

En realidad el "juego del gallina" se adapta como anillo al dedo a la generación "millennials" porque aquél no deja de ser un milenarismo, pues sólo caben dos alternativas: el paraíso ahora o la muerte, y si tiene que ser ésta, ¿a quién le importa lo que ocurra cuando todos estemos muertos? 

Carlo Gambescia con su libro sobre la decadencia ha escrito el epitafio del progreso y la epifanía del presente a lomos del "juego del gallina". 

Ha dado en el blanco: una flecha, tres dianas.      


* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”.


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lunes, 18 de diciembre de 2017

Del PCE al "procés": ochenta años, mismo "fake"


¿Cómo entender las risotadas de los diputados sediciosos catalanes en la meseta que culmina la escalinata del Parlament, si sabían que horas después el Gobierno aplicaría el artículo 155 de la Constitución que acordó, entre otras, la disolución de la Cámara autonómica?

La simple vesania del núcleo irradiador indepe no era una posibilidad a descartar "prima facie".

Sin embargo, un libro que sólo puede calificarse de acontecimiento, ha despejado las brumas.

Se trata de la edición del profesor Jerónimo Molina Cano de las memorias del "peceísta" (PCE) y anticomunista sin solución de continuidad, Francisco Félix Montiel (1908 Águilas-2005 Lima), "Los almendros de Urci. Memorias de una vida revuelta" (Editorial Renacimiento, 2017).  

Publicado hace escasas semanas, el libro está al nivel del celebérrimo de Arthur Koestler "El cero y el infinito", y quizás por eso sea perseguido y hasta criminalizado por la Komintern de cartón piedra podemita en coalición con los medios de propaganda amigos.

Da igual. 

Las memorias son el testimonio de un diputado socialista de la II República acerca de la traición de los prebostes comunistas y de la URSS de Stalin a la clase trabajadora y a los soldados que lucharon contra Franco.

Implacable, irrebatible.   

Sólo me detendré en el análisis de un hecho deliberadamente olvidado y que por sí solo sirve para desacreditar ante la Historia la supuesta heroicidad del PCE y de sus dirigentes como organización política.

Se trata del golpe del coronel Casado la noche del 5 al 6 de marzo de 1939, al que Montiel define como "golpe de Estado imposible" (pág. 260).

El espectáculo de historia ficción de marzo del 39 que el memorialista describe se resume en la paradójica y lastimera frase "hemos sido derrotados" de La Pasionaria, cuando el pronunciamiento de 
Casado desde el viejo Ministerio de Hacienda en la calle de Alcalá, no era más que "una isla sin defensa rodeada de cañones comunistas por todas partes" (página 294).

De las páginas donde Montiel desgrana con minuciosidad los entresijos del autogolpe comunista por la persona interpuesta del "tonto útil" de Casado, refulge una verdad colateral: el fatal desenlace para los indepes de su "procés" se inspira en la misma voluntad de perder del PCE del final de la guerra civil. 

Son los dirigentes catalanes sediciosos los que organizan su derrota, pero deben culpar del desastre a un tercero para seguir apareciendo como luchadores resistentes.

Durante el periodo que transcurre desde la caída del President Mas y su sustitución por Puigdemont con el visto bueno de las CUP el 10 de enero de 2016, hasta la provocación de las llamadas "leyes de desconexión" de 8 de septiembre de 2017 y el voto en el Parlament de la declaración unilateral de independencia (DUI) el 27 de octubre del mismo año, se desarrolla una estrategia perdedora que culmina en la liquidación del "procés" por la minúscula oposición de los dirigentes indepes a la aplicación del artículo 155 de la Carta Magna por el Gobierno de Rajoy, y su nula voluntad de imponer las leyes de la nueva República. 

Forcadell, la presidenta de la Cámara autonómica que consiente el golpe de fuerza a la legalidad española que supusieron las "leyes de desconexión", para inmediatamente después aceptar la disolución del Parlament por obra del 155 y repudiar la secesión ante el instructor del Tribunal Supremo para evitar la cárcel, es la representación más acabada (por perfecta y por amortizada) de una traición pura, sin máscara que pueda salvar un ápice de dignidad.  

Aunque la felonía al "procés" es idéntica en Puigdemont y en su vicepresidente Junqueras, aunque uno se disfrace de exiliado y el otro de preso político; igual en Junts pel Sí y en ERC, cuyos representantes en el Congreso de los Diputados declaran sin pudor que "no hay independencia porque no hay una mayoría de catalanes que la quiera" (Tardá, 14/11/2017), después de arrogarse durante años la representación toda del pueblo catalán. 

Y qué decir de las CUP, los auténticos muñidores de la creación de una estructura para la derrota, herederos naturales de los dirigentes del PCE de 1939, responsables intelectuales y colaboradores imprescindibles de la traición a su causa, pero libres de cualquier responsabilidad penal o política.
A este respecto hay que recordar que el primero que salió raudo a reconocer la derrota de Puigdemont fue el diputado de las CUP, Benet Salellas, que en menos de 48 horas desde la proclamación del 155, declara en un sanedrín de los suyos que "el Govern no está preparado para un escenario de unilateralidad y carece de estructuras de Estado propias" (29/10/2017).

La pregunta que nadie hizo al indepe es por qué entonces decidieron votar favorablemente la DUI dos días antes en el Parlament si sabían que era imposible ganar. Por qué negaron su apoyo a Puigdemont para que éste convocase unas elecciones autonómicas que habrían evitado la aplicación del 155 y el fin del Govern rebelde.

La respuesta es obvia: porque su objetivo real era el fracaso de la Generalitat. Y para conseguirlo trabajaron con denuedo hasta el último momento.


Una gran enseñanza de las memorias de Montiel es que la organización en la retaguardia del fin de la República, no fue fruto de un pacto entre los comunistas y Casado o los franquistas.

Es obvio que Franco puso de su parte en la derrota, pero el lamentable escenario de huidas apresuradas ("Los camaradas deciden que yo salga de España. Me resisto. Expongo mis razones. No sirven de nada mis argumentos. La dirección del partido ha decidido que marche, y debo marchar..." Dólores Ibarruri, pág. 290), y consiguiente abandono a los combatientes con una rendición sin honor a los lugartenientes de Franco, fue obra exclusiva de la burocracia comunista que necesitaba el triunfo total del Alzamiento para ocultar su entreguismo, su responsabilidad en el desenlace.

Viene esto a colación porque el cuento de que el desastroso final del "procés" para los indepes es fruto de un pacto entre éstos y Rajoy no es más que eso, un puro cuento.  

Ni siquiera hay un pacto entre las CUP y Puigdemont, pues los primeros no le han apoyado en su pretendido movimiento de resistencia al 155 desde Bruselas.

Las CUP y sus compañeros de viaje infiltrados en ERC o en Junts pel Sí, no pueden permitir una salida honrosa a la Generalitat, una solución pactada con el Gobierno español, pues entienden que eso sería reconocer ante los suyos que la independencia es una quimera ridícula.

Las CUP necesitan un 155 largo, que el Gobierno de la Generalitat esté dirigido desde Madrid cuanto más tiempo mejor. En eso se empeñaron desde la renuncia de Mas y el nombramiento de Puigdemont en 2016 hasta hoy.

Es la misma estrategia que empleó la dirigencia comunista en el 39 negándole al coronel Casado las fuerzas militares que habrían permitido intentar una rendición pactada con Franco. Si España no era comunista la mejor opción es que fuera franquista al cien por cien.

De la misma manera, las CUP y sus afines en otros partidos han decidido que puesto que no van a arriesgar su cómoda existencia combatiendo por la causa, lo mejor es que la Generalitat deje de existir para que nadie tenga dudas de que toda la culpa del fracaso indepe es obra exclusiva del totalitario Gobierno español.  

Por tanto, el supuesto pacto Rajoy-indepes del que hablan los teóricos de la conspiración falla por la misma base,  ¿pues qué pacto va a alcanzar Rajoy si nadie quiere negociar con él?, ¿si el objetivo sedicioso es el triunfo por goleada del Gobierno español? 

La no existencia de una lista única rebelde para las elecciones del 21 de diciembre demuestra que ni habrá resistencia común ni un interlocutor indepe aceptado por todos.


El libro de Francisco Félix Montiel nos permite entender también la salida al problema que ha encontrado Rajoy.

Como hemos dicho, los rebeldes estructuran su derrota, pero no encuentran a nadie en sus filas que haga de coronel Casado, que dé un autogolpe, que les proporcione una coartada para la rendición, porque Puigdemont se niega a ser el chivo expiatorio de los indepes al no convocar las elecciones autonómicas que le solicitaba Rajoy para negociar y evitar la aplicación del 155.

Ahí acaba la posibilidad de un apaño entre sediciosos y Rajoy, pues el Gobierno de la Nación no tiene más remedio que disolver el Parlament y cesar a los consejeros autonómicos ante la evidencia de que ningún indepe colaborará para reconducir el conflicto. Ni siquiera el ex-consejero de Puigdemont, Santi Vila.  

Es decir, Rajoy no tiene más alternativa que reprimir de forma directa, vía 155, a los rebelados, pero con ello se queda sin interlocutores con los que pactar una rendición honrosa.

Es la situación soñada por los indepes que ya tienen su Casado..., y también su Franco, pues el golpe del coronel Casado sólo fue una excusa, un simple pretexto instrumental para que la victoria del Alzamiento fuese absoluta.

La cuestión es que Rajoy intuye que quieren hacerle pasar por el Franco del siglo XXI, el "tonto útil" de la estrategia perdedora indepe, y se niega.

No quiere ganar como el Generalísimo, pues sabe que la superioridad moral que todo derrotado enarbola siempre sería una baza en su contra que el enemigo no dejará de utilizar.

Huye, pues, de una victoria por aplastamiento que en realidad es un regalo envenenado.  

Y para escapar de la celada convoca elecciones autonómicas, en contra de los intereses de los sediciosos, con la finalidad de tener un interlocutor en la Generalitat para negociar un acuerdo que despeje cualquier duda de autoritarismo en el Gobierno de España, pues incluso para firmar la paz es necesaria la presencia del vencido.

Su problema es que no sabe quién será la otra parte, incluso si tendrá alguien en el otro lado de la mesa; lo que vuelve a desmentir la posibilidad de que lo ocurrido hasta ahora (DUI indepe y 155 del Gobierno) sea consecuencia de un pacto entre sediciosos y Rajoy para salvarse mutuamente el honor.


De lo que no hay lugar a dudas es que "Los almendros de Urci", las memorias de Montiel, suponen un hito en la bibliografía anticomunista mundial y una obra imprescindible para entender, entre otras cosas, el plan derrotista, la voluntad de perder del independentismo en Cataluña.     

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