domingo, 22 de octubre de 2017

Partisanismo de Estado.


Habiendo proclamado por lo bajines el "honorable", o no, la declaración unilateral de independencia (DUI), y solicitado el Gobierno al Senado que apruebe la destitución de todo el Consejo de Gobierno catalán en aplicación del artículo 155 de la Constitución, lo esencial no ha cambiado: ¿cómo hacer que hasta el último ciudadano observe la ley?

El problema nunca reside en la promulgación de las normas, sino en la voluntad de cumplirlas por parte de los que están obligados a respetarlas.

En Cataluña su Parlament realizó en septiembre de 2012 una declaración de hostilidad a España y sus leyes que puso en evidencia su intención sediciosa. 

Lo importante no es la declaración de independencia, sino la declaración de hostilidad, puesto que con DUI o sin ella, hay unos dirigentes locales que acaudillan a una masa que se niega a respetar las leyes españolas.

Por tanto, proclamando el 155 o no haciéndolo, la cuestión sigue siendo cómo lograr que esas normas se apliquen al que se ha declarado en rebeldía.

Ahora bien, el dilema de cómo ejecutar las leyes se ha trasladado desde el 1 de octubre del presente al tejado "indepe", pues tres semanas después del plebiscito fallido que dicen que ganaron, la posibilidad de que implanten sus llamadas "leyes de desconexión" es pura quimera ante la negativa del Estado a consentirlo.

Referendo ganado, autonomía perdida, sería el resumen de los logros "indepes". La paradoja siempre atenta a la verdad.


¿Acaso somos videntes? Por supuesto que no.

Pero era sencillo deducir que los sediciosos no podrían pasar del "partisanismo" (cortocircuitar la acción del Gobierno central en beneficio propio parasitando los recursos públicos) al Estado catalán.

La labor de destrucción o de zapa que han llevado a cabo desde los años 80 del siglo pasado fue sencilla. Cualquier inepto es capaz de demoler en pocas horas lo que costó hacer cientos de años. Sólo hay que ver lo que tardan los terroristas de Daesh en destruir preciados monumentos forjados durante siglos. Con éste ejemplo es fácil comprender lo que en más de treinta años han liquidado los "indepes". 

Pero construir...    

Los independentistas catalanes no pueden pasar de la irregularidad a la legalidad de su anhelado Estado porque ni pueden ni saben.

Ni tienen medios (dinero, sistema judicial, fuerza) ni conocen cómo alcanzarlos.

Para el Estado es enormemente sencillo neutralizarles, pues le basta con boicotear cualquier iniciativa que acometan.

Es suficiente con hacer lo que los "indepes" llevan realizando hace décadas: poner palos en las ruedas, dificultar su normal funcionamiento.

En realidad es lo único que ha hecho el Gobierno desde hace unas semanas con tanta eficacia, esto es, facilitar salida de empresas, frenar la llegada de dinero, mandar policías y guardias civiles a Cataluña...

El éxito se debe, sin duda, a que son acciones fácil de ejecutar al consistir en mera obstrucción.

"Partisanismo de Estado", hay que llamarlo.

Pero tienen al pueblo -me dirán ustedes-.

El pueblo "indepe" quizás sea virtuoso, no es este el momento de discutirlo.
Pero lo que no conseguirá la multitud, por millonaria que sea, es dotar de virtud a Puigdemont o Junqueras. Ni tampoco crear una Hacienda propia o imponer sus leyes a quienes no quieran cumplirlas. La multitud "indepe" es tan impotente como Puigdemont destituido.

Poco más hay que decir de la ruina de la Generalitat golpista.

Ahora bien, el problema sigue siendo cómo imponer la ley española.

Para volver por enésima vez a la cuestión tenemos que traer otra paradoja.

Gracias a que los "indepes" han renunciado en un acto suicida a las inmunidades, a las gracias y exenciones que todos los Gobiernos españoles otorgaron durante décadas a la Generalitat para que hiciera con la Constitución lo que le pluguiese, ahora el Estado no tendrá más remedio que hacer cumplir escrupulosamente la ley española simplemente para que no se imponga la de los "indepes".

Sólo imponiendo las suyas el Estado puede evitar que se apliquen las "leyes de desconexión". De ahí el 155 y lo que vendrá. 

En pocas palabras, lo que jamás se hubiera logrado mediante el acuerdo entre los partidos mayoritarios, es decir, que la ley impere en todos los territorios de España, lo logra Puigdemont.

Lo que es imposible alcanzar mediante el compromiso político entre PP y PSOE lo consigue el enemigo.

Sólo desde este punto de vista cabe entender las palabras de la vicepresidenta del Gobierno cuando manifestó que "nadie ha tenido tan fácil evitar que se aplique la Constitución", refiriéndose al ex Presidente de la Generalitat. 

Es el veneno convertido en fármaco, que dejó escrito el ilustre Carlo Gambescia en su "Liberalismo triste" (Ed. Encuentro, 2015). 

Por último, conviene recordar que el hostil nos enerva, pero también agudiza nuestra potencia.

Es esta inevitable fortaleza ("a la fuerza ahorcan") la que dio pie a la reforma del Tribunal Constitucional de 2015 a raíz del plebiscito por la independencia de Cataluña el 9 de noviembre de 2014, que garantiza que las leyes en toda España se cumplan sin necesidad de encarcelar o emplear la violencia física contra los rebeldes, por más que éstos sean miles o decenas de miles.

La ley española, con 155 o sin 155, se hará cumplir a los sediciosos porque el Estado, además de disponer de todos los medios de los que los "indepes" carecen, cuenta con el defensor de la Constitución: un Tribunal Constitucional con potestad para imponer sus propias resoluciones.

Lo único que cabría añadir es que los medios de comunicación deberían informar a los ciudadanos catalanes en general, y a los funcionarios en particular, que no crean las bravuconadas de los políticos destituidos, los cuales jamás pensaron que alguna dificultad se interpondría en su camino por la pedestre razón de que nunca edificaron nada.    

La multitud podrá salir a la calle, pero cuando los rebeldes reciban en sus domicilios las notificaciones de multas e inhabilitaciones se encontrarán solos frente al Estado que se encargará de forma minuciosa de arruinarles.

Sin prisión, sin violencia.

Bastará un expediente para cada uno.

Es la biopolítica que ya nos contaron Agamben y Foucault y que de forma masiva tendremos la oportunidad de contemplar a partir del próximo viernes.

Lejos de lo que piensa el incapaz Pablo Iglesias sobre el fin del sistema político de la Transición, Puigdemont y su "gent" han concedido al que parecía moribundo régimen la tabla de salvación. 

Ese será el triunfo histórico del registrador Rajoy.



Nota para "indepes" nostálgicos: 

Cataluña ya no será Gibraltar.
La roca pirata vive bajo la protección del Reino Unido, pero lo cierto, el secreto bien guardado del Peñón no es otro que los "llanitos" hacen lo que les da la gana.
Unas pocas semanas conviviendo con ellos podrá convencer al que dude de lo que digo. 
¿Dónde reside el enigma de su libertad? 
Simplemente, que no se oponen a las leyes de Su Majestad. Les alcanza con ignorarlas. 
Es la diferencia entre imponer tus normas y no cumplir las de otro que te ampara.
Esa es la diferencia que hay entre Cataluña y Gibraltar. 
Sí. Cataluña fue Gibraltar durante algún tiempo. 
Ahora sólo les quedará el consuelo de formar parte de los restos de la España Imperial.  
Puigdemont, luego de salir de la cárcel, debiera ser distinguido con la Orden de Isabel la Católica, en grado de Medalla de Hojalata.

domingo, 8 de octubre de 2017

Cat "indepe": un caso de suicidio asistido


Algunos lectores me preguntan si el problema catalán es un ejemplo de uno de los supuestos de la teoría de la acción colectiva: el "juego del gallina", hasta hace bien poco el pariente pobre de la familia ("nadie ha utilizado el "juego del gallina" para analizar una situación política" -me dijo hace años el profesor Miguel Anxo Bastos-, gran conocedor de la teoría de juegos).

Pues bien, es evidente que sí.

Y para justificar mi afirmación es inevitable que cite alguno de los artículos de este blog, dedicado al análisis de las que considero las dos claves con las que interpretar la política contemporánea: el Estado Caníbal y el "juego del gallina". *

En un artículo de abril de 2012 caracterice la política de las entidades regionales en su trato con el Gobierno central como una partida ininterrumpida del diabólico juego.
En pocas palabras, se trata una carrera entre dos vehículos donde la meta es un acantilado, en la que el ganador es quien se detiene más tarde y el perdedor el que primero se retire.
En el "juego del gallina" los actores parten de la premisa de que no tienen miedo al abismo. Es más, prefieren morir cayendo al barranco antes que ser derrotados, pues se considera más honroso perder la vida en la defensa de los objetivos que salvarla a costa de traicionarlos.
El que decide participar en este juego siempre gana: lo hace cuando logra lo que pretendía, pero también gana cuando pierde, pues cree morir como un héroe.  

En el referido post de 2012 pronosticaba lo inevitable, esto es, que llegaría un momento en que una Comunidad Autónoma plantearía la independencia sí o sí (secesión o muerte).

El actual órdago "indepe" es la partida definitiva del "juego del gallina" que vienen practicando los nacionalistas periféricos desde hace décadas.

Ahora bien, hace cinco años expuse que el Gobierno sólo tendría la opción de impedir el juego o permitir su continuación, con el riesgo en éste último caso de que todo acabe en el despeñadero.  

Sin embargo, he de decir que el Gobierno de Rajoy ha dado una vuelta de tuerca inesperada al juego y ha encontrado una fórmula inédita para contrarrestarle: el suicidio asistido.

El Gobierno asiste al suicida

Por extraño que nos parezca, la muerte se ha convertido en un bien a proteger.
Véase la eutanasia y el suicidio asistido.

La secesión de un país no deja de ser un ejemplo de "buena muerte" para los defensores del hasta ahora desconocido "derecho a decidir" cualquier cosa. En el caso que nos ocupa, la muerte de una nación. 

No obstante, la eutanasia y el suicidio asistido suponen dos relaciones jurídicas con posiciones subjetivas radicalmente distintas.

Dejemos la eutanasia para otro día, y centrémonos en analizar si puede aplicarse el concepto jurídico de suicidio asistido para interpretar la forma en que el Gobierno está tratando la sedición planteada mediante el "juego del gallina". 

En el suicidio asistido es el propio sujeto que busca la muerte quien se la provoca a sí mismo, pero con la ayuda de otro que le proporciona los medios que necesita.    

Bajo esta hipótesis no existen "derechos" de uno y "deberes" de un tercero, sino "privilegio" o "libertad" de morir de uno (secesión) y "no derecho" de impedirlo por parte de nadie (ni siquiera el Estado).

Este supuesto es obvio que no puede estar previsto en la Carta Magna, pues un texto jurídico no puede regular un "no derecho" ni tampoco la libertad de hacer lo que no está prohibido (suicidarse, morir).

Desde hace cuarenta años determinados grupos dirigentes de algunas regiones del país se consideraron con el privilegio de separarse como posibilidad política. 
Esta libertad o privilegio siempre fue considerada por los distintos Gobiernos de turno, no un derecho político sino un "deseo" de suicidarse.
Se pensó que no tenían "derecho" a separarse pero sí "libertad" de suicidarse. 

Esta es la clave que explica lo ocurrido hasta ahora y la táctica del Gobierno Rajoy para tratar el problema en el momento en que escribo.

Cuando los "indepes" plantean su "derecho a decidir" mediante el "juego del gallina" ("o me lo das o me mato") no lo hacen exigiendo un derecho "político" que saben que no tienen (asumen que el referéndum fue ilegal), sino como la reivindicación de un supuesto derecho "moral".

Lo novedoso de la circunstancia es que el Gobierno cuadra el círculo: reconoce a los "indepes" la libertad de suicidarse y les proporciona los medios para que su iniciativa tenga éxito despeñándose de una vez por todas. Es el suicidio asistido. 

De esta manera logra evitar el conflicto por el sencillo procedimiento de hacer que se cumplan sus deseos, esto es, morir.  

Sólo desde este punto de vista cabe interpretar todos los movimientos del Gobierno desde que la Comunidad Autónoma de Cataluña decidió suicidarse: intervención del presupuesto autonómico y embargo de cuentas, facilitar la salida de Cataluña de toda la estructura empresarial, "muerte civil" mediante inhabilitación y multas para los dirigentes y funcionarios "indepes", aislamiento internacional, imposibilidad de financiar deuda.

En suma, el Gobierno no ha impedido al coche suicida que lleva "jugando al gallina" desde hace décadas que siga haciéndolo. No ha considerado útil aplicar hasta ahora los artículos de legítima defensa (155 y 116) que le otorga la Constitución para neutralizar el "juego del gallina", sino que ha puesto todos los medios para que el suicidio se consume. 

Y lo hace reservándose todos las herramientas para proteger a los que no se quieren suicidar, por ejemplo, trasladando a Cataluña a Policía Nacional y Guardia Civil, facilitando una "pasarela" para que los "mossos" que quieran puedan incorporarse a aquéllos cuerpos, garantizando las nóminas de los funcionarios leales y la financiación de los servicios públicos. 

Ignoro si Rajoy y su Gobierno son conscientes de lo que hacen, pero el tratamiento del problema de la sedición vía "juego del gallina" como un supuesto de suicidio asistido, supone un evidente hito teórico y práctico que coloca el temible juego en un marco de resolución completamente insospechado.   


* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”..., salvo que el vencedor se despeñase al abismo.



CODA NEGOCIADORA: 
Aunque los dialogantes merecen artículo aparte, sólo un breve recuerdo para ellos. 
Negociar con el suicida significa continuar participando en nuevas partidas del "juego del gallina".
Conviene recordar que éste sencillo juego es el que nos ha llevado hasta aquí.
Por tanto, el diálogo con el rebelde ya no sería "suicidio asistido" sino suicido compartido, suicidio al cuadrado, multisuicidio. 



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sábado, 30 de septiembre de 2017

Han perdido


5 de julio de 2015. Grecia.


Después de siete días con sus bancos cerrados y de semanas de gigantescas manifestaciones por todo el país, el 5 de julio de 2015 los griegos votaron NO en el plebiscito celebrado para contestar a la pregunta: "¿Debe ser aceptado el proyecto de acuerdo presentado a Grecia por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional en el Eurogrupo del 25 de Junio de 2015?".

Según los corresponsales de los medios de comunicación del mundo todo, Atenas explotó esa noche en una gigantesca fiesta. Los gritos de "¡¡¡Hemos ganado, hemos ganado!!!" inundaban la ciudad.

La multitud celebraba la aplastante diferencia de casi 20 puntos obtenida por el 'no', que había hecho realidad la pesadilla de la canciller alemana Angela Merkel y de la Unión Europea, pues el 61,31% de los griegos votó 'no', frente a un 38,69% que marcó el 'sí'.

El triunfo del 'no' fue considerado una gigantesca victoria política para Alexis Tsipras, que cinco meses antes se había convertido en primer ministro al grito de "Acabemos con la austeridad".

Tan es así, que Antonio Samaras, líder de la formación de centro-derecha "Nueva Democracia", anterior primer ministro y uno de los abanderados del "sí", presentaba la misma noche del 5 de julio su dimisión al frente del partido.

"Cuando un pueblo tiene fe y conciencia colectiva puede resistir. Hoy celebramos esta victoria democrática pero mañana seguimos como país unido. Creo en el poder popular", proclamaba Tsipras en un mensaje televisado a los griegos. "Grecia se sentará en la mesa de negociaciones para restituir la estabilidad económica", aseguraba, pero dejando claro que "la restructuración de la deuda es necesaria para la salida de la crisis", sentenció.

"Las negociaciones deben cerrarse muy pronto, incluso en 48 horas", hacía saber el portavoz del Gobierno, Gabriel Sakellaridis. "Haremos todos los esfuerzos por conseguir un acuerdo inmediatamente".

¿Qué ocurrió en realidad?

Seis días después del referéndum el Gobierno solicitó el tercer rescate al Mecanismo Europeo de Estabilidad y presentó una propuesta de reformas tributarias y ajustes al gasto público, que fue aprobado el 11 de julio de 2015 en el Parlamento.

El 13 de julio, los Jefes de Estado y de Gobierno de la zona euro acordaron la puesta en marcha de la negociación del tercer rescate, recurriendo a la amenaza de una salida de Grecia del euro e imponiendo condiciones de recortes mucho más exigentes que los rechazados en la consulta del 5 de julio.

El primer paquete de reformas que contenía las directrices de la Unión Europea y hacía caso omiso a lo manifestado por la ciudadanía en las urnas, fue aprobado el 15 de julio en el Parlamento con el respaldo de la oposición y el voto en contra de varios diputados disidentes de "Syriza" en medio de gigantescas protestas en Atenas convocadas por los sindicatos.

Una vez comprobado que el Gobierno griego no hacía caso al resultado del plebiscito y se plegaba a las directrices de Bruselas, el 16 de julio el Eurogrupo da su visto bueno al tercer rescate y un día después los países de la UE aprobaron una financiación de urgencia de 7.160 millones que puso fin al "corralito" bancario.

El primer ministro Tsipras hizo cambios en su gabinete sustituyendo a los ministros y viceministros que votaron contra el rescate.

El 22 de julio el Parlamento aprueba el segundo paquete de reformas, en cumplimiento de las condiciones que permitieron que el 28 de julio se iniciara la negociación del tercer rescate griego, que se aprobó por el Eurogrupo el 14 de agosto.

El Memorando de Entendimiento (MoU) del nuevo programa de rescate, incluyó la creación de un fondo de privatizaciones de 50.000 millones de euros, así como la ejecución de una variedad de reformas en recortes del gasto social, el mercado laboral y de servicios públicos, con énfasis en educación, salud, pensiones y salarios. 

¿Y la multitud que celebraba su victoria un mes antes?, ¿la multitud que votó "no" a ese rescate?

Bien, gracias. Pagando impuestos. 



1 de octubre de 2017. Cataluña. 

Esta podría ser la crónica de cualquier medio de comunicación nacional o internacional mañana por la noche:

"Después del plebiscito por la independencia del territorio español, cientos de miles de ciudadanos catalanes (quizá millones) celebran en la calle la victoria. 
Los gritos de "¡¡¡Hemos ganado, hemos ganado!!!" inundan las ciudades y pueblos del "país petit".
Puigdemont reitera lo que ya dijo en el cierre de campaña del pasado viernes: "ya hemos ganado". 
El malvado Rajoy ha visto frustrado sus deseos de impedir que los catalanes voten.
Se ha consumado la revolución de los tractores y de los niños en los colegios electorales. 
El principal partido de la oposición solicita que dimita el Presidente del Gobierno español y los líderes independentistas, a las órdenes de las CUP, se aprestan a declarar de forma unilateral la independencia de Cataluña en 48 horas".
Vamos, lo mismo que lo ocurrido en Grecia en la noche del 5 de julio de 2015.


¿Pero qué ocurrirá en verdad?

¿Habrá más autogobierno?
¿De qué valdrá una declaración unilateral de independencia?
¿Valen los votos de los niños con el puño en alto?, ¿votan los tractores?

El 5 de julio de 2015 me preguntaba qué celebraban los griegos cuando seguían con los bancos cerrados, y hoy me pregunto cuál será el éxito de los indepes catalanes mañana. 

Más desorden, la convivencia rota, más detenciones, las cuentas intervenidas. Frustración popular y vacío político.

¿Victoria? De una multitud impotente.  

En realidad, el ridículo Puigdemont y su Govern lo han perdido todo. 

No cayeron en la cuenta que paralizar el referendo les habría concedido la victoria en la mesa de negociación. 

Les bastaba amenazar con celebrarlo para hacer temblar a sus interlocutores.

Ahora, con el plebiscito de los tractores y los niños consumado, al día 1 le seguirá el día 2, y a la declaración unilateral de independencia más inhabilitaciones de cargos públicos, más intervención de "Madrit".

Con el referéndum realizado el mito del "derecho a decidir" habrá quedado hecho pedazos, pues la realidad demostrará que la muchedumbre no es un factor político. 

El gentío en política debe utilizarse para intimidar ("¡Rajoy, que viene el coco!").

Porque si la amenaza se cumple y llega el temido coco, éste resulta ser un caos de tráfico, ocupación de colegios y la "kale borroka" de las CUP con camisetas del Ché.

La acampada será masiva, pero la independencia está más lejos que nunca puesto que la multitud, una vez se concentra y visualiza, no pasa de bravata, que el enemigo entiende como provocación.

Así, la Unión Europea impuso a Grecia, luego del referendo de 2015, un tercer rescate más duro que el previsto antes del plebiscito.

El 9 de noviembre de 2014 el Gobierno español dejó votar a los catalanes y ganó masivamente que Cataluña fuese un Estado independiente.
Tres años después no ha aumentado ni un ápice el autogobierno.
Por contra,  mañana otro referéndum igual que el de 2014 ha sido declarado ilegal y la Generalitat ya no tiene competencias financieras.
Aventuro que si se produjese un tercero la autonomía de Cataluña dejará de existir por largo tiempo. 

Sí. Por paradójico que parezca mañana, han perdido.


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jueves, 21 de septiembre de 2017

Voluntad de perder

Para Jerónimo Molina, orgullo de la inteligencia política.


Uno de los pocos aristócratas que hacen justicia a la palabra, a la sazón, gran teórico de la democracia política, Dº Antonio García Trevijano, dijo en una ocasión: "leyendo mis antiguos libros me asombro de mí mismo".

Un servidor, aunque haya escrito bastantes artículos en el blog sobre Cataluña, no tiene la capacidad de pasmarse de sí mismo, pero no deja de asombrarme que el tal Puigdemont sea tan majadero, tan rematadamente estúpido.

Hace unas pocas horas, un día después de que un Juez, uno sólo, ordenase la destrucción del montaje burocrático edificado para que se pudiese votar el 1 de octubre, Puigdemont les dice a los suyos por dónde se va al abismo que les tiene preparado junto a la alegre muchachada de la CUP, esto es, dónde tienen que ir a votar.

Lo que me deja estupefacto es que, certificada su impotencia, persista en conducir a sus huestes al despeñadero el mismo día que uno de "los margallo" del Gobierno de Rajoy, el Ministro de Guindos, haya proclamado al orbe entero que le quiere dar al Honorable todo el dinero que le pida. Y dos huevos duros, es decir, la reforma constitucional.

Con el Gobierno autonómico neutralizado, sin Poder Judicial, en la ruina económica y con su policía abriendo paso a la Guardia Civil para que se lleve a los funcionarios detenidos, ¡desde el odiado "Madrit" le ofrecen todo y no lo quiere!

Como ya indiqué años ha, lo más desternillante del caso es que Puigdemont, igual que lo fue Arturo Mas, será arrojado a la cuneta por los más chiflados, por las CUP.

Es la ley del "juego del gallina" que se ofusca en jugar una y otra vez el sonado President.

Allá él.

Dedico tantas letras al ya amortizado Dº Carlos porque las trazas delirantes de su comportamiento explican a la perfección el ridículo "golpe de Comunidad Autónoma": un pronunciamiento decimonónico en una organización política del siglo XXI. 

Anacronismo que sólo se le ocurre a alguien que se pone el mundo por peluquín, y pretende hacer realidad la ilusión de organizar con éxito un golpe de Estado en una parte de un Estado de la Unión Europea.  

¿Pero con qué medios genuinamente políticos cuenta la Comunidad Autónoma para dar un golpe de Estado local, sólo en Cataluña? 

No tiene ni fuerza, ni fuentes de financiación coactivas (impuestos) y no coactivas suficientes. Precisamente, los dos únicos elementos que no pueden faltar en cualquier orden político digno de considerarse Estado.

La prueba es lo ocurrido el pasado miércoles y hoy jueves: sus agentes del orden se cuadraron al primer empujón de la Guardia Civil en funciones de policía judicial, y los funcionarios han cobrado las nóminas porque el Ministro de Hacienda de España lo ha autorizado.

En su haber, disponen de una masa en la calle convencida de que defienden una "justa causa", esto es, los otros son un enemigo despreciable que o se alía o se muere. Y unos medios de propaganda afines tanto en Cataluña como en el resto de España.

Por tanto, el poder autonómico, luego de casi cuarenta años de ejercicio, lo que ha producido es una masa afín y una ideología xenófoba, pero carece de los medios propios del Estado, pues no tiene ni el control del dinero ni fuerza bastante para imponerse a su declarado enemigo. 

Precisamente por su debilidad congénita (al fin y al cabo los últimos acontecimientos ratifican que la Generalitat es un órgano administrativo), quieren formar un Estado en un territorio que ya pertenece a otro por el cómodo e inusual procedimiento de que España les monte o les deje montar el suyo, pues a eso se reduce el nacionalismo periférico: organizaciones privadas (partidos políticos) que quieren que un Estado-nación les dote gratuitamente de un Estado porque afirman merecérselo desde tiempos inmemoriales. 

Para lograrlo su estrategia se ha basado hasta hace escasos días en la irregularidad, han sido una quinta columna incrustada en el Estado. 
Ni dentro ni fuera. 
No estaban totalmente dentro (su objetivo era tener un Estado propio) ni demasiado fuera (pues se trataba de parasitar, raptar sus poderes). La utilización de este método excepcional tuvo indudables réditos. 

Cuando todo es ocultación y sombras el Estado no sabe cómo actuar sin hacer daño a inocentes para evitar los indeseados efectos colaterales. Y por eso prefiere creer en la buena fe de sus "compañeros de viaje" en tantos Gobiernos minoritarios, confía en que las concesiones calmarán al hostil, "y si sale, sale", que diría el monarca emérito.  

El problema surge cuando los sediciosos hacen pública la fecha del referéndum y proclaman las conocidas como "leyes de desconexión". Es cuando la quinta columna tiene que retratarse y se enfrenta directamente al Estado.

En ese preciso momento ya no cabe el disimulo, los responsables tienen cara y DNI, y aunque la dirigencia golpista puede escudarse en la masa, todo el mundo sabe quiénes son.

Y ahí entra el Estado. El Estado del s. XXI.

Es su oportunidad, pues ya sabe a quién dirigirse sin necesidad de poner en riesgo más que a su objetivo.

¿Y cómo interviene?

¿Por la fuerza?

Apenas. A pesar de las sonoras tonterías al respecto de la extrema izquierda y los nacionalistas.

Esa es la audacia del Gobierno de Rajoy, que casi sin querer,  con nula violencia, gracias a la reforma del Tribunal Constitucional de 2015 y al dominio del dinero, ejercita una mínima actividad para demostrar que es capaz de poner fin en muy poco tiempo a toda la falange golpista. 

Las multas de 12.000 euros diarios impuestas ayer por el Tribunal Constitucional a los miembros de la ilegal Junta Electoral catalana, así como la intervención de las cuentas de la Generalitat son un mero aviso a sediciosos.

Los decimonónicos "indepe" hablan de que no se puede encarcelar toda la vida a un pueblo. 
Ignoran que se puede inhabilitar y embargar las cuentas y patrimonio de miles de políticos y funcionarios en escasas semanas. 
¿Y cuántos imbéciles querrán tomar el relevo en la ilegalidad de los neutralizados? 

Por ello, la insistencia de parte de la prensa y de la ciudadanía en exigir la aplicación del artículo 155 de la Constitución que permite al Gobierno sustituir a la Generalitat, ignora que el Estado está demostrando que puede actuar donde considere más útil sin necesidad de que el Senado le autorice qué puede y qué no puede hacer, es decir, sin coste político alguno.

En realidad, la precisión ejecutiva de los medios de actuación de un Estado como el actual, le permite al Gobierno provocar gigantescos efectos de forma aséptica en cuanto el responsable de un acto ilegal asoma la cabeza por el Boletín Oficial de Cataluña. 

Es la microfísica del poder sobre la que teorizó el genio Foucault, consistente en una cirugía eficaz que extirpa sólo lo que quiere, pero con capacidad para extirparlo todo. 

¿Y la fuerza de la calle? -se preguntarán-.

Otro residuo del pasado.

Los dirigentes de la rebelión saben que no pueden chocar contra las Fuerzas de Seguridad del Estado, pues eso deslegitimaría la protesta.

La policía lo sabe y por ello no actuará contra los manifestantes, salvo causa de fuerza mayor, reservándose el novedoso papel de protector de la muchedumbre, que va y viene pastueña de un sitio a otro, siguiendo las instrucciones de sus dirigentes que no saben qué hacer con ella.

Si las leyes físicas nos enseñan que fuerza es igual a masa por aceleración, podíamos decir que la Generalitat tiene una gran masa que no debe acelerar. O lo que es igual, cero fuerza.
Mientras que el Gobierno dispone de una masa inferior, pero suficiente, que puede acelerar a discreción en cuanto quiera. Esto es, toda la fuerza.   

En esa situación política el ganador ya es el Estado, que ha demostrado en horas su casi ilimitada potencia. 

Y la derrotada, paradójicamente, puede ser la Nación española porque su Gobierno no tiene ninguna gana de vencer. 

No obstante, aún hay esperanza para ella: está en manos de la impericia del que se pone el mundo por peluquín, que tiene una descomunal voluntad de perder.

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domingo, 10 de septiembre de 2017

Jueces contra el Pánico

          
              Regreso al blog para aportar una explicación al interrogante más común entre los españoles concernidos políticamente, después de la aprobación por el Parlament de Cataluña de la conocida como "ley del referéndum": ¿por qué el Gobierno de España no suspende la autonomía catalana?, ¿por qué el Ejecutivo no aplica el artículo 155 de la Constitución?, ¿por qué el Gobierno remite el desafío independentista al Poder Judicial? En resumen, ¿por qué Rajoy se escuda en los ropones y no toma decisiones propias?

          El tratamiento institucional a los problemas políticos depende, se quiera o no, de las circunstancias del hombre que tiene que decidir, al fin y al cabo uno como los demás. 

                La retórica de la política difunde la idea de que el estadista es un ser superior, bien por las virtudes de quien ejerce el cargo bien por la majestad que el cargo proporciona a quien lo ostenta. 

                Pero efectivamente eso es retórica, sucedáneo de la religión. Pura mentira. Un cuento para huérfanos de dioses.

                Descendiendo, lamentablemente nunca mejor dicho, al caso que nos ocupa, nuestro Primer Ministro es un hombre como usted y como yo, y las condiciones personalísimas de Dº Mariano son el pánico, el miedo a los Tribunales Penales Internacionales, los auténticos soberanos de la política mundial de un tiempo a esta parte.

                El Presidente del Gobierno de España sabe que el problema catalán se le ha ido tanto de las manos que ya no es una cuestión que pueda resolverse en los despachos, sino que lo hará en la calle, en la pelea.

                Por un lado el Estado y por el otro los que se opondrán a la violencia legítima del Estado, porque la inquietud para el Gobierno no proviene de tal o cual político, sino que reside en la existencia de un foco violento que se opondrá a las Fuerzas de Seguridad que pretendan impedir el referéndum.  

                Y en la batalla eventualmente puede haber víctimas, pues alguno de los sediciosos parecen prestos a inmolarse.

                Ante esta posibilidad cierta el Presidente Rajoy conoce que el choque le tiene perdido de antemano, pues sabe que las autotituladas "víctimas" disponen del arma vital: los Tribunales políticos de toda condición, desde los distintos Tribunales Penales Internacionales hasta la Audiencia Nacional española que se arroga jurisdicción universal sobre determinados delitos.  

          Cuando el hombre Rajoy sabe que el Presidente del Gobierno de España ya está designado por los moralistas disfrazados de jueces como el chivo expiatorio de la colisión inevitable en Cataluña, resulta humano que sienta horror.

          "Si no quieren negociar y sólo me queda la fuerza, ¿cómo podré evitar ser juzgado por utilizarla?" -se habrá preguntado tantas veces-.
             
           Y siempre se habrá respondido algo similar a esto: "dado que seré condenado por dizque jueces, mi defensa será que actué al amparo de múltiples decisiones judiciales, las del Tribunal Constitucional de mi país".
       
         Es el espanto y la angustia de un hombre que se sabe acorralado por los justicieros que ven, pero sólo lo que quieren, lo que explica que un Gobierno entero no se mueva hasta que no se lo diga un togado.

                El caso catalán es una prueba más de que la política clásica, el sabio juego de la persuasión y la fuerza, ha desaparecido.

          Sólo quedan locos, moralistas y Tribunales donde se refugian más moralistas.   

         A este respecto, existe una asociación profesional de magistrados cuyo nombre poético, "Jueces para la Democracia", es una declaración de quién manda. 
           
          Supongo que más pronto que tarde surgirá otra con una denominación no menos lírica ni menos realista: "Jueces contra el Pánico".

         A ella se encomienda un hombre atemorizado, todo un Presidente del Gobierno.

             
Coda futbolera:
Hasta hace unos pocos años el club de fútbol Atlético de Madrid era conocido como el "Pupas", que dispone de un castizo himno debido a Joaquín Sabina en el que detalla el porqué de semejante apodo.
El relevo del "Pupas" lo ha recogido nuestro Poder Ejecutivo, más conocido como Gobierno de España.
Lo que no ha cambiado es la letra del himno: ¡Qué manera de aguantar!, ¡qué manera de palmar!, ¡qué manera de sufrir!
              
twitter:@elunicparaiso
                 

viernes, 31 de marzo de 2017

De místicos afortunados


En un blog dedicado al paraíso era inevitable que un día hablásemos del amor.

Si la felicidad es decir la verdad del sentir inmediato, hoy les traigo una breve poesía de un místico anónimo que tuvo que ser feliz, entendiendo por místico el testigo presencial, el que no ha necesitado aprender ni conocer de libros o de maestros porque ha tocado la cosa de la cual habla.

Nuestro autor incógnito sintió el amor porque consiguió habitar junto a él y nos lo cuenta.
Y lo que descubrimos es un momento de gozo que apenas se sostiene dentro de un mínimo espacio y un brevísimo tiempo.

Pero a pesar de introducir un tiempo triste por escaso, el místico se anticipa a las trampas de la vida y a la angustia de la pérdida, situándose en la memoria del encuentro amoroso para vivirlo como eterno presente a fuerza de volver a sentirlo una y otra vez.

Gracias a él recuperamos las intuiciones de Platón y de los románticos: que el pensar es el pariente pobre del sentir y que el alma no conoce sino que recuerda.

Lo que a continuación pueden leer es un testimonio de primera mano de que, a pesar de su efímera existencia o precisamente por ella, el amor no es imposible.  




El silencio es de quien lo escucha


En el silencio de lo que no me dices
pugnan dudas, misterios y ardides
burbujas púrpuras y enemigos hostiles

En el tiempo pequeño donde no me quisiste
brillan lunas perfectas para corazones que no saben estar tristes
y mi júbilo infinito por lo que, sin saber el motivo, me diste

En el silencio de lo que no me dices
se esconde el enigma de por qué te fuiste
y la explicación del amor fugaz
que se siente como si fuera el único amor de verdad

En el secreto de lo que no me dices
en el tiempo pequeño del que huiste  
estaré tejiendo millones de veces esta página inacabada  
como recuerdo precioso de mis citas con un hada que fumaba 


twitter: @elunicparaiso



lunes, 13 de marzo de 2017

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Cataluña


          El martes 3 de Diciembre de 2013, el por entonces portavoz de la Generalitat de Cataluña, Francesc Homs, manifestó respecto a la consulta soberanista que terminó celebrándose el 9 de noviembre de 2014, que si los partidos que la impulsaban no conseguían fijar la fecha y la pregunta antes de que acabase 2013 el proceso saltaría por los aires.

         Textualmente añadió: «La alternativa al acuerdo es el no acuerdo, que comportaría que si no hay pregunta tampoco habrá consulta, ni proceso; entonces todos habremos hecho un ridículo monumental».

           El ridículo. Ese es el busilis.

         Desde que el Parlamento autonómico catalán aprobó el 27 de septiembre de 2012 una propuesta en la que se requería al nuevo Gobierno autonómico que saliese de las elecciones regionales de 25 de noviembre de ése año, a convocar un referéndum secesionista fundamentado en la "necesidad de que el pueblo de Cataluña pueda determinar libre y democráticamente su futuro colectivo" para que la Comunidad pudiese "inicar su transición nacional basada en el derecho a decidir", los Gobiernos de la Generalitat no pueden dar marcha atrás en el desafío sin caer en el más bochornoso de los ridículos. 

          ¿Cómo evitarles ser el hazmerreír?

            El Gobierno español anda empeñado en ello y para lograrlo no duda en prestarles dinero a fondo perdido (bonita manera de prestar), en ofrecer un nuevo sistema de financiación, en “catalanizar” España…, pero ninguna de esas medidas cumple con lo esencial, entre otras cosas porque en el país pequeñito de allí arriba todo esas concesiones ya las daban por hechas antes de empezar.

            Para librar al President de turno que haga el ridículo afirmando que “donde dije digo, digo Diego”, la oligarquía nacionalista catalana necesita exhibir un agravio. Debe sufrir una supuesta afrenta del Estado español lo bastante efectista como para ser incorporada a su imaginario colectivo de pueblo víctima de los españoles, aunque, por supuesto, sea absolutamente inocua.

Por eso Puigdemont y su pelotón chiflado sueñan que Rajoy les encarcela.

Las conversaciones en la intimidad que el Jefe del Ejecutivo y su equipo mantienen con la secta independentista supongo que versan sobre semejante decisión:

- “Presidente, háganos el favor de meternos en la cárcel, como a Otegi”.

- “Yo no soy juez. Además, no me convence. A Otegi la cárcel le ha convertido en un héroe para el independentismo”.

- “Usted verá, pero la cuestión es sencilla: o permite que nos convirtamos en héroes populares, a cambio de que el proceso se paralice; o tenemos que seguir convocando referéndums para salvar nuestro honor”.

- “¿Y tener que aguantar las manifestaciones de Amnistía Internacional y compañía solicitando la libertad de los autodenominados "presos políticos catalanes"? Casi prefiero que sigan ustedes camino al despeñadero”.

Y en esas estamos.

Unos que necesitan entrar en la cárcel para ser libres y olvidarse de las CUP “et alii”, y otro que no quiere darles el gusto aunque sepa que es lo único que puede zanjar el llamado "proceso", pues considera, con razón, que en estas cuestiones de política sentimental el felón que pierde, al final gana.

En cualquier caso Dº Mariano tendría que darle el gusto a alguno y facilitar su ingreso en prisión. Un agravio apócrifo más o menos ya da igual.

¿Pero a quién elegir de entre los muchos y variados candidatos?

¿Puigdemont?, ¿Junqueras?

Artur Mas era el idóneo, pero se dejó pasar la oportunidad

Con Mas no había riesgo alguno de que se convirtiese en leyenda. Como mucho, en forajido de leyenda, vía 3% o más.

           Parafraseando a un compañero de profesión de Dº Artur, el inefable Chiquito de la Calzada, es “diplomáticamente” imposible que el ex Honorable, el rey de las "mordidas", adquiera tal rango.  

     Después de verle en su comparecencia luego de haber sido condenado a dos años de inhabilitación, Artur Mas me recordó al Comandante del avión que en la película de Kubrick, “¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú", transporta una bomba nuclear con fines disuasorios. En el film, cuando el piloto recibe la orden de volver a su base porque el conflicto ha terminado, el Comandante se resiste a aceptar lo que considera una retirada sin honor y le dice a su tripulación que esa contraorden es una maniobra del enemigo que ha interferido las comunicaciones. De él no se ríe nadie. Para demostrarlo, el misil es lanzado con el Comandante a su lomo como forma de garantizar el éxito de la destrucción masiva.

Ése parece ser Mas y los que pilotan el avión.

El ex President se siente amortizado, un "juguete roto", el designado por las CUP para purgar ante la opinión pública la corrupción instaurada por los Pujol y heredada por él. 

Pero también conoce que disponen de una bomba y que están dispuestos a lanzarla cabalgando sobre la misma con tal de convencer al mundo que van a morir matando y que los ridículos son los otros.             

Rajoy debería evitarlo no oponiéndose a que ingresen en prisión a la mayor brevedad.    

Cuando salgan en loor de pequeñas o gigantescas multitudes, supongo que irán al manicomio sin solución de continuidad, aunque el santoral.cat dispondrá de nuevas estampitas.      


Un precio bastante modesto a cambio de evitar que ejerzan su dizque derecho a decidir nuestra destrucción.


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