domingo, 27 de abril de 2014

El guardiolismo sueña con jugadores balonanistas I.

  
            La atracción que genera la rivalidad entre la forma de entender el fútbol que tiene el señor Mourinho y la que tiene el señor Guardiola trasciende el propio juego.

            Sus nombres son ya tan famosos que han servido para crear los epónimos “mourinhismo” y “guardiolismo”, conceptos con pretensiones de encerrar en ambos casos poco menos que distintas maneras de entender la vida entera, el Bien y el Mal.

            Ahora bien, yo los traigo aquí porque los considero epifenómenos del asunto principal, esto es, el eterno dilema entre el realismo y la ideología, entre la vida y la idea de cómo debe ser la vida.
           
            En el fútbol, en tanto actividad agonal, competitiva, los dos equipos que intervienen quieren ganar, pero al final siempre gana uno y pierde el otro.  

            Por eso, según se entienda el rol propio, pero también el del contrario; el juego de todos los contendientes variará entre dos formas únicas: más defensivo o más ofensivo. 
           
            Reitero que al rival siempre se le quiere ganar, pero puede hacerse resistiéndole mientras esperamos una oportunidad o tratándole como si no existiera, es decir, teniéndole en cuenta y adaptando nuestro juego al suyo o jugando siempre según un sistema, un estilo, “porque el estilo no se negocia”, se suele decir.  

            Otorgar la primacía al rival no supone partir de una posición de inferioridad, tal y como tantos sermonean, sino aceptar la vida y el fútbol tal como es.
            Todo ser humano tiene repartidos virtudes y defectos, también nuestros rivales.
            Por tanto, si reduzco sustancialmente mis fallos quizás pueda contrarrestar las virtudes del contrario hasta hacerle fallar, pues si mis errores no consigo evitarlos, mis virtudes quizás no sean suficientes para doblegar al rival.
            Los entrenadores que asumen esta visión pesimista, en tanto realista, de la existencia, es lógico que tengan como prioridad estratégica y táctica la defensa, pues ésta no viene a ser más que la expresión de la lucha perdida por superar una discapacidad insuperable: el pecado original que nos hizo débiles, sufridores, hombres, en suma. 

            Por el contrario, los entrenadores que parten de una idea previa, que se jactan de “morir con un estilo”, de jugar siempre igual, el rival les importa una higa.
            La importancia que le dan al equipo contrario es inversamente proporcional al elogio que hacen de él en las ruedas de prensa.

            Su concepción del juego se basa en un racionalismo artificial, pues pretenden superar los imponderables de todo juego mediante un constructo a prueba de azares, esto es, un sistema que sea capaz de ganar no sólo al rival sino al propio juego, pues en última instancia creen de veras que con su sistema se puede ganar siempre.
           
            Estos entrenadores son ideólogos en cuyo sistema no entra el error ni el vicio, pues si se hace lo que se debe todos los partidos se ganarían y por goleada.
            El futbolista ya no es un hombre, esto es, un ser con defectos y virtudes, sino la expresión de una idea, y por tanto ajeno a la funesta manía de pensar en el otro, pues si perseveramos en nuestro sistema ninguna virtud del contrario nos podrá vencer.

            Si el entrenador que se preocupa del rival no parte de una posición de inferioridad, el que no se preocupa del otro por supuesto que parte de una idea de superioridad, no en balde ha encontrado la piedra filosofal.

            Por tanto, los entrenadores que se preocupan del rival, de defender al rival, pasan necesariamente a la categoría de inmorales, indecentes, malas personas, que se oponen al reinado de lo bello, lo bueno y lo verdadero.
            Por eso no entienden cómo pueden perder un partido, cómo es posible que pueda ocurrir semejante evento. ¿Cómo se permite que Dios sea derrotado por el  Demonio?

            Del fútbol hemos pasado a la moral y hasta a la teología.

            El sumo sacerdote de los entrenadores ideólogos es Guardiola.

            Pero claro, hasta Guardiola sabe que la ideología siempre tiene que confrontarse con la realidad, y su realidad se personifica en Dº José Mário dos Santos Mourinho Félix, Mourinho para el mundo; y en todos los equipos que dejan en mal lugar a su constructo antinatural (Real Madrid, Inter de Milan, Borussia de Dortmund).
           
            Se dice que la realidad es dura de pelar, pero lo que realmente es duro es la idea, la ideología, pues ya se sabe que “el estilo no se negocia”.
            De repente aparece el rival, aquel al que dábamos por muerto resucita en forma de monstruo injusto.
            Es el momento en que los jugadores de los equipos contrarios pasan de ser  futbolistas a convertirse en atletas y el planeta fútbol se enfrenta a negros nubarrones porque el juego defensivo y el ataque en forma de contragolpe se impone al tiqui-taca. 
            ¿Autocrítica?
            Sí, claro. La falta de tiempo para imponer nuestro estilo, nuestra idea. 
            El tiempo todo lo podrá, de la misma forma que el comunismo llegará algún día, aunque no se sabe cuándo.
            Pero de la misma forma que el comunismo era irrenunciable, el estilo de jugar es irrenunciable, pues lo único que se salva del naufragio es lo que ha provocado el naufragio: la idea convertida en fan-atismo. 
            ¿Cuál era la receta de los comunistas para superar el fracaso del comunismo?. Por supuesto, más comunismo.
            La misma receta de cualquier ideología y por tanto también la de los entrenadores ideólogos: "¿cómo enfrentarse a la quiebra del sistema?, ¿cómo superar la derrota?
           "Perfeccionando el sistema" -contestan-.
           "¿Pero acaso no es el sistema el que te ha llevado a perder?" -pregunto yo-.
           "Tú eres mala persona, un traidor, un fascista defensivo" -replican-.
  
            El guardiolismo en un reflejo de un momento histórico donde se huye de la realidad para construir la hiperrealidad del hombre libre del azar, de la derrota, del sufrimiento, del pecado original.

            Pero hay otro detalle que convierte al guardiolismo en ideología de moda: la defensa del onanismo.
            El tocar y tocar la pelota, la posesión del balón como mantra obsesivo, el tiqui-taca, la ignorancia del otro, el refuerzo del Superyó, el culto al ego.

            Philip K. Dick se preguntaba si sueñan los androides con ovejas eléctricas.
      
           No puedo responder a esa pregunta.

            Sin embargo, sí puedo decirles que el guardiolismo sueña con jugadores balonanistas. 


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sábado, 19 de abril de 2014

"The Clash" un asunto familiar.


            Ando desconcertado.
           
            Mis amigos andan preocupados por la educación de sus hijos, por sus malas perspectivas de futuro, “a ver si aprenden bien inglés para que puedan irse pronto de aquí”, es el anhelo casi unánime.

            Sin embargo a mí, que todavía no tengo hijos adolescentes, sólo me desasosiega una cosa: cómo explicarles a los muchachos que una vez hubo un grupo paramusical llamado “The Clash”.
            Si esto lo hago bien, creo que todo lo demás será coser y cantar. 

            Está visto y comprobado que cuando un imberbe escucha “Tommy Gun” (1978) https://www.youtube.com/watch?v=bFHEuKkTa5k su identidad ha cambiado, no parará hasta llenar de pegatinas de la banda sus objetos cotidianos porque ya no es fulanito o menganito, sino un fan de “The Clash”, y eso tiene decisivas consecuencias. 

            En mi caso fueron innecesarios los adhesivos, pues ocurrió algo peor: no me bastaba que la gente supiera que me gustaban “The Clash”, yo lo que quería era vestirme como ellos. Dicho y hecho. Me fui al ropero, cogí una bonita camisa de rayas y le corté las mangas para ponérmela con el cuello alzado, por supuesto.
            Sabía que estaba actuando mal. Por eso escondí la camisa, que mi madre, escandalizada, encontró y tiró, pero claro, la disculpé porque mi madre jamás escuchó “Tommy Gun”.  
            Pero el acto adolescente fue irresistible, inevitable, aunque “I can´t explain” por qué.

            Abandonemos la biografía para pasar a la filosofía: ¿deben los muchachos admirar, divertirse, adorar a “The Clash”, aun sabiendo que ello resulta uno de los caminos más seguros a la perdición?

            Siempre queda la posibilidad de que no les conozcan nunca o la salida de llevarles al terreno de los “Pet Shop Boys”, aunque nunca sabes qué es peor.

            El problema no está en que les descubran, sino la manera en que tenga lugar el encuentro.
            Lo decisivo, como casi siempre, son las formas.

           Importa que sean presentados debidamente, que no les conozcan por sí solos o trasegando cerveza con los amigos/enemigos, pues si esto ocurre olvidaos de los muchachos hasta que sean muy, muy mayores, y buscad la felicidad en la conversión al fanatismo religioso, por ejemplo, haciéndoos seguidores del Fútbol Club Barcelona, que gana hasta cuando pierde.

            No, los Clash deben ser conocidos en casa, deben formar parte de la educación familiar.

            Los chavales deben ver el vídeo de “Tommy Gun”, y el de "White riot", "Death or Glory" o "Train in vain", sobre todo éste último, porque luego, quizás después de unos días, debéis ponerles éste otro (si no lo hacéis vosotros nadie lo hará) de Mike Jones, uno de los componentes del grupo, en Portobello más de treinta años después de los dolores https://www.youtube.com/watch?v=3wU65Ka0Lq8 .
             Y explicarles, aunque no se lo crean, que es la misma persona la que aparece en todos los vídeos. 

            Es posible que luego de ese visionado terminen menospreciando a “The Clash” o, lo que es peor, riéndose de ellos.
            En realidad bastaría con que les pusiesen en el justo medio. 
            Esa sí sería una lección para toda la vida.


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