sábado, 17 de marzo de 2012

La Gran Coalición I.



           
     Para Ángel, que con paciencia forjó una "Gran Coalición" virtuosa,
     la del lumpen con los mejores cuerpos de la élite.



             
            Mientras llega el paraíso fiscal voy a proponer un juego de salón con un final no esperado y sin embargo ineludible: pensar quién sucederá a Mariano Rajoy después de su mandato de cuatro años.

      Cuando ni siquiera se han agotado los tres primeros meses del actual Gobierno parece un entretenimiento fútil. No obstante, habiendo transcurrido tan poco tiempo ya podemos afirmar que si el gabinete Rajoy logra el saneamiento del déficit público lo hará a costa  del monumental expolio de la propiedad privada en que se ha convertido su política económica. Por tanto, por qué no podemos escudriñar también el futuro político, aunque sea a tan (engañoso) largo plazo.

           El Gobierno conoce la necesidad de recortar el gasto público y proteger el ahorro privado como única forma de reactivar la inversión, crear riqueza y aumentar la recaudación impositiva, y de forma tímida pone en marcha algunas medidas para reducir el gasto (ninguna para cuidar el ahorro), pero carece de la voluntad necesaria para implantar una drástica reducción del Estado, no se ve con fuerzas para decidir por sí solo. 
            Así, su reforma financiera se reduce a sufragar con dinero público las fusiones que los bancos y cajas decidan, las causas del despido objetivo son, paradójicamente, “subjetivas”, por lo que su aplicación quedará a expensas de las sentencias de los juzgados laborales, para reformar el "pozo negro" de RTVE espera alcanzar un consenso previo con el Partido Socialista.

            Los principales analistas dicen no entender a qué se debe este comportamiento tan timorato cuando se dispone de mayoría absoluta en el Estado y en casi todas las Comunidades Autónomas.
           Sin embargo, su actitud tiene un motivo: el miedo a la derrota que siempre acecha al gobernante democrático a la vuelta de cada consulta popular, el terror a perder.

          Me llega hasta aquí su extrañeza por la anterior afirmación: "¿no sería más rentable en términos electorales la aplicación inmediata de un programa radical de reformas en el gasto público antes que el aumento de los tributos a la propiedad privada?", "¿la audacia en el ajuste no facilitaría un nuevo mandato al actual Gobierno?" -me preguntan-. 

            Me atrevo a responder que no, y para explicarlo tengo que sacar a colación el conocido como el juego "del gallina".

        Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al abismo de un acantilado: el objeto del desafío era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”.

       Pues bien, el sistema político democrático (o socialdemócrata) basado en la competencia electoral es un caso del juego "del gallina”, porque ante la inminencia del abismo (la ruina), el que apriete el freno más tarde, esto es, el que prometa que va a seguir gastando hasta el último instante, gana la contienda electoral. El calculador que se anticipa a la ruina y se detiene antes, es "el gallina", el perdedor.  

         Debido a este juego siempre vencerá el que prometa o continúe otorgando  beneficios económicos a más colectivos, el que asegure que va a gravar con más impuestos a los ricos para sostener el que llaman "Estado del Bienestar" (aunque los verdaderamente ricos son los únicos, junto con los vagabundos, que no pagan impuestos, ver Guillermo Rocafort, "SICAV, Paraíso fiscal", Ed. Rambla), en definitiva, el que ante la proximidad de la quiebra más tarde rectifique, el que con más demagogia actúe. 

    ¿Estoy equivocado en mis consideraciones acerca de la irracionalidad del electorado porque el Gobierno Rajoy fue elegido gracias a su máxima de "abrocharse el cinturón"?. 
     Contesto a la pregunta con otra pregunta: ¿existe la racionalidad en un terremoto, en una estampida?, ¿pretendemos que los náufragos de la crisis económica no sean egoístas ni irracionales a la hora de ponerse a salvo, y acepten que lo conveniente es ser responsable y ahorrar, cuando la oposición les dice que no es necesario?.
      
     En una situación como la presente ¡qué extraordinario voluntarismo el de los defensores, contra toda evidencia, de nuestro actual régimen político!, pues éste, dominado por el juego "del gallina", impide la aplicación de la ortodoxia económica y el control de la mistificación electoralista.
       El que primero frene (deje de gastar) pone en manos del adversario el argumento decisivo que le hará perder las elecciones: no será visto como el previsor que hizo lo necesario, sino que aparecerá como el cobarde que no tuvo agallas para oponerse a la maldad del sistema opresor. 
       El vencedor, el dilapidador, demostrará que su mera existencia acredita que se puede seguir gastando sin llegar nunca al abismo. 
       
      Es el juego del puro enfrentamiento, donde el triunfo se consigue no cooperando, sino todo lo contrario. El vencedor logra sus objetivos mostrando al otro que él no cooperará en absoluto aunque se mate, lo que provoca que su contrincante decida perder el juego (cambiar su política, renunciar a sus principios) a cambio de salvar la vida (continuar en el poder).
     Un ejemplo de la naturaleza anticooperativa del juego "del gallina" es la estrategia de la oposición política y sindical contra el Presidente Aznar para derribar su reforma laboral de 2001. Fue suficiente la intransigente negativa de aquélla a cooperar lo que hizo que la ley ya aprobada fuera sustituida por otra acorde con los intereses de la izquierda.
 
      Por todo lo expuesto, el Gobierno Rajoy no soltará amarras con el gasto público y el populismo, pues intuye que hacerlo sería tanto como "abandonar el coche" antes de tiempo y conceder una victoria segura a James "Rubalcaba" Dean.
      
     Pero cuando el juego "del gallina" con todo su irracionalismo es la norma que dirige un régimen político, éste alcanza su máximo punto de ineficiencia, y por tanto de ilegitimidad, precisamente en un momento de crisis que exige realismo, no demagogia.
     Por ello, los beneficiarios políticos de un sistema de estas características sólo encuentran una solución provisional para sobrevivir al "crash": la congelación de la competencia electoral en un último intento por imponer disciplina económica y obtener cooperación política, neutralizando así el juego "del gallina", cuando el abismo de la realidad económica esté a sus pies.

    Acabemos. Ante la continuidad de la crisis al final de la presente legislatura (analistas de "Solventis" afirman que el volumen de deuda presagia que la crisis durará hasta 2016), a Rajoy le sustituirá, sea cual sea  el resultado de las elecciones, una Gran Coalición o Gobierno de concentración PP-PSOE. Será un "pentapartito" a la española, donde quizás Durán Lérida ("el conseguidor" de indultos para sus delincuentes convictos) sea nuestro Bettino Craxi. 

     La corrupción lo llenará todo. 

    Pero será un paso inevitable mientras llega el paraíso fiscal.

  
twitter: @elunicparaiso




viernes, 9 de marzo de 2012

Urdangarín "versus" su cuñado.



            Analizado con herramientas propias de la ciencia económica, la sociología del conflicto y la gramática parda, el “affaire Urdangarín” puede considerarse un caso de doble traición.   

            Más allá de la calificación jurídica que su conducta merezca en la España “social y democrática de derecho”, Urdangarín, en parte, hacía lo que siempre hicieron las Coronas: pedir dinero para hacerse un patrimonio y poder pagar sus gastos.
            Y esta forma de financiarse no era una de las menores ventajas de los antiguos Reinos respecto a los actuales Estados caníbal, puesto que las solicitudes monetarias del monarca no eran ni mucho menos tan gravosas como los vigentes impuestos estatales. Y no lo eran porque, primero, la nobleza se resistía con eficacia a las gabelas, y segundo porque las monarquías procuraban conservar intacto el capital privado que les allegaba las rentas con las que vivir, que no era otro que su propio país, el Reino.

            Entonces, por qué, para qué se castiga al Duque de Palma con un proceso judicial.

            ¿Porque la justicia es ciega?. En la España de 2012 esa respuesta no alcanza la validez científica del chiste.    

            Para entender el expediente tenemos que formular una hipótesis sobre quién consintió que las investigaciones de la Fiscalía (órgano dependiente del Gobierno) sobre Matas y sus turbios manejos, terminasen por afectar de manera tan grave a un miembro de la Familia Real, pues sólo de esta forma podremos comprender los móviles que han hecho posible que una corruptela cortesana se haya convertido en un escándalo nacional.

            Los medios de comunicación o a la Justicia no dejan de ser elementos  necesarios de las penas presentes y eventualmente futuras del consorte de una Infanta, pero en última instancia son poco más que segundones de esta tragicomedia que tiene lugar en el país bufo de los “ERES”. 

            La hipótesis que explica el “caso Urdangarín” está en su cuñado. 
           
            Así todo encaja.

            Su cuñado debe cuidar su capital, el Reino, si quiere algún día heredarlo. Y para protegerle del expolio y demostrar a la vez su orden de preferencias aprovechó la oportunidad que le brindó el Duque para no dejar lugar a dudas: entre amparar a un miembro de la familia (ya sea su hermana o su propio padre) o sostener el prestigio del trono y asegurar la sucesión, la continuidad del reinado bien vale el sacrificio de un pariente... o los que sea menester, pensó. Y no movió un dedo en defensa del infame.             
            Un aviso a navegantes. 

           Lo cierto es que Urdangarín se merece el uso que entiendo ha hecho de él su cuñado. Se comportó como un advenedizo, como un venal gobernante público al uso: sus ingresos procedían, presuntamente, del fraude, de la estafa. Para estos fangos le bastaba ingresar en algún partido político sin tener que menoscabar la Corona, el orgullo de la sangre azul.
  
            Pero lo peor, lo que a “su bajeza” jamás le iba a perdonar Su Alteza es que un pariente de segunda confiara la seguridad de su dinero a un paraíso fiscal antes que al país en el que él espera reinar. 
            A quién se le ocurre, cómo es posible que no pudiera controlar semejante acto fallido.
            Cabe entender los desvelos de un buen padre de familia por proteger su fortuna del Estado caníbal, aunque sea español, sacando el dinero del país, pero con ello reveló que no confía en el buen gobierno del heredero.
            El solo intento de poner en fuga su capital y usar testaferros para que lo defiendan supuso un acto tan brutal en las formas como definitivo en el fondo: decía sin decir, que para el Duque la nación está perdida también con su cuñado. Y éste, consciente de la desconfianza personal, completa, majestuosa, ineluctable que le había demostrado su hermano político conduciendo su patrimonio fuera del país, no pudo menos que responder a su traición con la traición de consentir que le "estigmatizaran" vía medios de comunicación y castigo judicial.      

            En su descargo debo decir que le acusan de hacer algo que, en términos económicos, sólo en términos económicos, tiene una lógica aplastante: dado que no cree en la continuidad de la Corona ni en el bienestar de su patria maximizó sus ingresos en el plazo más breve posible a costa de degradar el capital-país. Lo que en gramática parda viene a significar “coge el dinero y corre".
           
            Ahora bien, lo que perpetró no fue por considerarse impune. Si hubiera sido así no se habría fugado económica, físicamente, sino que hubiese seguido haciendo lo mismo "ad aeternum" con la seguridad de que nada tenía que temer.

            No ha sido la creencia en la impunidad la causa de su error. Fue la nula fe en su país, que para su desgracia es también el que pretende heredar a toda costa su cuñado.

            Sólo hizo cálculos crematísticos, sin parar mientes en el guante que involuntariamente lanzaba al hermano de su esposa. 

            Un asunto para la ciencia económica, la sociología del conflicto y la gramática parda.


twitter: @elunicparaiso

Coda.
El caso Urdangarín es una prueba más de que el Estado actual es irrecuperable para el buen gobierno.
Se critica al Duque por pedir pero no a los gobernantes por dar.
Estamos tan envilecidos por el Estado y su gasto, que hemos alejado de nuestro pensamiento la perentoria exigencia a los políticos democráticos de que justifiquen por qué entregaron dinero a Urdangarín de la forma que lo hicieron. Sin embargo mostramos nuestro más severo disgusto por el hecho de que el Duque lo recibiera.
Nos llama la atención un presunto estafador que utilizó para delinquir el sofisticado método de cobrar a cambio de nada, pero nada tenemos que objetar al sistema político que lo consintió.
Cuando el gobernante no se siente compelido a abandonar su cargo "ipso facto" ante la evidencia de que colaboró con un delito o fue víctima de él por negligencia, hemos llegado al final del viaje.