sábado, 25 de agosto de 2012

De "El hombre que mató a Liberty Valance" al "Caballero Oscuro" o cuando la aristocracia salva a la democracia.




            Considero la saga de películas sobre el superhéroe Batman dirigida por Christopher Nolan, y en especial la titulada “El Caballero Oscuro”, un acontecimiento cultural histórico.
           En ella se reivindica la aristocracia, el eterno, por necesario, “áristos”, es decir, al excelente, al mejor.
           Pero el motivo de que la filmografía del director inglés sobre el clásico superhéroe alcance categoría histórica se debe a que prefigura una aristocracia nueva, la única posible en un sistema político regido por las leyes de la democracia, que el Poder estaría encantado de que se generalizase como forma de salir del marasmo en el que nos encontramos.

            La fe en los sistemas democráticos se basa en la glorificación de la soberanía de la voluntad popular, la cual delega periódicamente su omnipotencia en una clase política que ejerce la función de gobernar.
            Las consecuencias de la delegación de la soberanía es que los representantes de ésta se convierten en apoderados plenipotenciarios, en soberanos temporales porque actúan en nombre de la totalidad, y por tanto ningún interés particular se podrá alzar contra ellos, los guardianes del bienestar del conjunto.
           
         ¿Consideran irracional, a la luz de los hechos cotidianos, el argumento de que pueda existir una voluntad general que además sea soberana, es decir, última instancia decisora, aunque sea por mediación de sus representantes?. Me permito recordarles que el dogma de la infalibilidad de los monarcas fue uno de los basamentos de la legitimidad monárquica durante siglos, por lo que está probado que los dogmas no sucumben porque estén ayunos de razón.
           Y la soberanía de la voluntad popular es un dogma de los sistemas políticos donde el Poder se atribuye por medio de la elección popular, que cualquier grupo o facción que alcance el Gobierno debe comprometerse a cumplir..., aunque no sea posible.

            Ahora bien, la inescrutable voluntad general rousseauniana no puede ser representada, constituyendo éste dilema el nudo gordiano del malestar de las estructuras de poder constituidas por sufragio universal, pues ofrecen lo que no tienen, es decir, representatividad, ¿o acaso puede ser representado algo que se desconoce qué es?. No obstante, la mayor o menor legitimación de un sistema político no es nuestro problema hoy.

            Lo que sí nos interesa destacar es que ante el dogma de la soberanía popular no cabe aristocracia de ningún tipo, pues ésta no puede sustituir al Gobierno elegido por la voluntad general. Perfecto.

            Sin embargo, las democracias de masas necesitan la intervención decisiva del “áristos” al que nadie ha llamado ni elegido, aunque tenga que permanecer oculto porque la creencia en la soberanía de la voluntad general así lo demanda.

           La necesidad en democracia del “áristos”, del excelente que se impone por su mera virtud; y su imprescindible anonimato lo testimonian dos películas, “El Caballero Oscuro” de Christopher Nolan, y uno de sus precedentes, “El hombre que mató a Liberty Valance”.

          John Wayne salva a la ciudad dos veces. Cuando mata al tirano Lee Marvin, pero también cuando impide que éste se autoproclame representante del pueblo, en contra de la asamblea local.  
           Es el aristócrata pistolero el que garantiza la pureza de la elección popular, y es el mismo aristócrata pistolero el que permite que la violencia ilegítima no acabe con la vida del representante elegido.  

            El precio del “áristos” es terrible: el silencio, la muerte civil, la aceptación de la mentira..., y todo ese sacrificio, ¡válgame Dios!, para que el mito de la soberanía, de la omnipotencia de la voluntad general permanezca impoluto.   

      Así, el “Caballero Oscuro” de Christopher Nolan se inmola para que el malvado, el asesino representante de la voluntad popular siga conservando la aureola de líder beatífico que salva a la ciudad del Mal.
            Curioso.

           Es obvio que el político asesino no puede representar los intereses de un pueblo digno, que el pueblo se equivocó al elegirlo y que sólo el héroe, el caballero aristócrata, es el que protege a la ciudad, pero esto debe ser mantenido oculto para que los ciudadanos sigan creyendo en la sabiduría de sus elecciones, en sus representantes y en su sistema. 
            Desasosegante además de curioso.

            Una de las virtudes de la aristocracia era su ejemplaridad pública. Ya no. El héroe, el aristócrata por excelencia, tiene que ser un caballero inevitablemente oscuro en aras a garantizar la continuidad de un principio, la soberanía de la voluntad general, obsoleto, incapaz de sobrevivir por sí mismo, necesitado de la ayuda de aquello que lo desmiente: el "áristos" privado, desconocido, inelegible.

            La legitimidad monárquica cayó cuando la infalibilidad de los reyes quedó desnuda.
         La legitimidad de las democracias basadas en el mito de la voluntad general será destruida en cuanto su ajado edificio ideológico deje de ser sostenido por Caballeros Oscuros.   

         Antes de que la ausencia de legitimidad de los vigentes sistemas políticos de nuestro entorno sea campo abonado para el infantilismo de los revoltosos, necesitamos que la “áristos” demuestre que lo perentorio no es salvar el prestigio de un mito exangüe, sino dejar en evidencia la superioridad de un sistema político donde la voluntad general no sea la excusa de la tiranía, de la iniquidad. Demostrar, en fin, la necesidad de sistemas políticos contra la soberanía de la voluntad general, la necesidad de Gobiernos Limitados.  

            Tarea apta sólo para héroes, quizás el Batman IV de Christopher Nolan.     

  twitter: @elunicparaiso





10 comentarios:

  1. Estupenda entrada, Jorge. Te ha sentado bien el verano. Solo una objeción: la legitimidad monáruqica cayó, en realidad, cuando los reyes dejaron de creer que tenían derecho a mandar. Con todo, esto refuerza tus planteamientos.
    Un abrazo,
    JM

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  2. Maestro Molina, la legitimidad de este blog reside en que gente como usted haga comentarios. Un abrazo de su discípulo.

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  3. Jorge, no me queda muy claro quién consideras que deberían ser los "áristos"... gente comun? sociedades secretas (tipo masónico)? el fin del sufragio universal? una dictablanda tipo Primo de Rivera padre? que manden los que manejan las grandes empresas españolas (Alierta, Botín) pasando del gobierno?

    Confieso que te he leído viendo al atleti meterle 4 al equipo de los 11 españoles y con un güisqui on the rocks, así que es posible que me haya perdido algo... Brazos.

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    1. Señor Montoya, considero un alto honor contar con su seguimiento y comentarios.
      Le contesto después de los efluvios que le provocaron el "hat trick" de ese aristócrata del balón llamado Falcao.

      Yo no creo en una aristocracia concreta, pues cualquiera vale si se acredita como tal.

      La entrada pone de manifiesto que la voluntad general es una falacia, pero el problema de esa falacia es que está sirviendo para que los partidos que dicen representarla se conviertan en tiranos que destruyen todos los contrapoderes que resisten a su poder omnímodo, al amparo de que argumentan que nos defienden a todos.

      Y lo que pretendo demostrar poniendo de ejemplo las películas que cito es que el sistema basado en la soberanía popular se mantiene no por sus propios méritos, sino gracias a que "los mejores" (sean cuales sean), y no los "elegidos"; le defienden, le protegen.

      En estas circunstancias, me gustaría que el "áristos" emplease su talento no en proteger la falacia de la voluntad general que ni es general ni nos sirve más que para someternos, sino que ayudase a acabar con ella en aras de la constitución de Gobiernos Limitados que nos protejan a todos de la voluntad general.

      ¿Quién podrá hacerlo?.
      Si Christopher Nolan leyera mi blog estoy seguro que su Batman IV nos traería esos Gobiernos Limitados que tanto anhelo.
      A falta de Batman, los "áristos" siempre serán héroes, gente común o no, dispuestos a defender su libertad contra el Estado. Donde esté un hombre libre, o millones de ellos, estará el "áristos" imprescindible.

      Un fuerte abrazo.

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  4. Estimadísimo, sigue usted creando tendencia. Hoy en tirada nacional utilizan el mismo referente con otro ángulo menos agudo, me tomo la libertad de adjuntar enlace:
    http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/elblogdesantiagogonzalez/2012/08/29/mis-mejores-malos-23-liberty-valance-y.html

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  5. Muchas gracias por el enlace Willyfunk.

    Le debo decir que he encontrado una concreta definición de voluntad general.
    "La voluntad general no es la mayoría, sino la voluntad de los puros contra los que amenazan al pueblo francés y la libertad". Saint-Just, sesión de la Convención de 13 de Marzo de 1794.

    La consecuencia de la aplicación de esa idea de voluntad general es bien sabido: el Terror.

    Bienaventurados los que nos libren de ella.

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  6. Una de mis hipótesis sobre el Liberty Valance es que el asalto a la diligencia es un parto. El útero es la diligencia. Y el neonato es Stoddard. Liberty es el médico que dirige el alumbramiento. Literalmente le dice al cochero algo así como —cito de memoria: “¡Deliver!”. O sea: “¡Déme la pasta!”; pero, también: “¡Dé a luz!”. El propio Liberty y su banda visten como médicos, con bata (gabardina) blanca, chocante para forajidos que pretendan camuflarse en la oscuridad de la noche y la boca cubierta or pañuelo-mascarilla.
    Así, pues, Stoddard nace. Desamparado. Desposeído del reloj paterno, lo que a la postre le costará la paternidad. Nace —como todos nosotros— en el desierto de una realidad cuyo sentido está por construir (metaforizada en el salvaje oeste). El héroe, Doniphon, vive en la periferia de la sociedad, en las lindes del páramo (como viven los héroes de John Ford: Centauros del desierto (The Searchers, los buscadores, de sentido). etc.
    El sacrificio del héroe. Yo veo Liberty más próxima a Casablanca que al machaca de Batman, porque ambos héroes —Tom y Rick— sacrifican lo que más quieren, la mujer a la que aman, por el bien de la sociedad. Sacrificio ritual cuasicristiano.

    Pero mi pregunta —no sé si llegué a enviarla o ha sido pasto de la censura— era: a su juicio, ¿qué criterios debe reunir el aristos y quién lo decide? ¿Usted? ¿Yo? Un saludo.

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    1. Qué maravilloso símil el que aplica. Realmente original.
      No obstante, y aunque he decirle que pensé en Casablanca, sigo creyendo que el Batman de Nolan es una obra mayor del s. XXI.
      Le animo a que revise las películas del superhéroe para que compruebe que éste pierde absolutamente todo. Incluida la mujer a la que ama.
      En cambio, Rick no creo que pierda nada. Su cinismo se lo impide.
      Respecto a su pregunta, se la contesto en la siguiente entrada.
      Le mando un abrazo y enhorabuena por su brillante análisis.

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  7. Totalmente de acuerdo. Son legión los que se inmolan en la refriega. Ya sea por tiralevitas o para cobrar los bonus, las grandes empresas, multinacionales, bancos y grandes estructuras oligárquicas, entre ellos los partidos políticos, fomentan tales comportamientos confesionales, y están llenos de Caballeros Oscuros que ponen su talento para evitar que la organización de turno caiga por su propio peso a costa de su propia vida. Salvar al sistema del sistema a costa de los mejores está en la base motivacional del enchufismo, por ejemplo, y en el funcionamiento de la “élite social del capitalismo”; los mejores trabajadores no sólo no ascienden porque sostienen la base, al igual que no pesa más el tejado que los cimientos de un edificio; no son ni las carreras, ni los idiomas, ni los másteres, ni la experiencia lo que determina la ocupación de posiciones directivas, los ascensos o siquiera, en demasiadas ocasiones, la contratación. Creer en el sistema de que se trate y su fundamentos intelectuales trucados, esto es, ser feligrés de la ideología subyacente o retrasado mental, es el requisito primario, y la lealtad al sistema, ya sea de estafa masiva – banca –, de robo masivo – partidos – o de engaño masivo – grandes empresas –, está en la base de la confianza. Creerse sus escusas, usar su neo-lengua o repetir sus salmos son indicadores externos del buen feligrés. El egregio feligrés es deseable para estas organizaciones, pero se prefiere siempre al mediocre feligrés que al egregio desengañado. Se prefiere siempre al vinculado y atado al sistema por imperativos que nada tengan que ver con su inteligencia o capacidad, que aquel que puede subsistir fuera de él. Por ello muchas son las empresas que les cierran el paso a sus extrabajadores egregios cuando salen de sus empresas conflictivamente. No pueden dejar que los mejores, los egregios tomen ejemplo del éxito del que salió y abandonó la secta y tuvo éxito, lo cual les hará perder a las abejas obreras y desmoronarse. La forma de negociar los salarios – los convenios colectivos -, o los comportamientos “corporativos”, esto es, sectarios dentro de la organización, o la compra de legislaciones a los partidos capaces de evitarles competencia y de limitar en nacimiento de nuevas empresas, son partes inescindible de ese sistema. En la política se hacen pactos y se estigmatiza el “transfuguismo” para evitar que los egregios, la aristocracia no mude la piel y vaya a donde está mejor tratada o pagada o a las organizaciones o partidos más sólidos, por el mismo principio; se dictan leyes de partidos, de truca el ordenamiento electoral y se financia a los partidos con dinero público y con mordidas y cohechos precisamente para evitarse la competencia. La aristocracia por tanto no puede siquiera operar sino como parte del sistema, puesto que fuera de él simplemente puede hacer comentarios inteligentes, puesto que es sencillamente discriminada y orillada siempre: puede hacer en beneficio del sistema o fuera de él, y huelga explicar que resulta más rentable, al igual que huelga explicar que resulta más moral y por tanto más divertido. La verdad aristocracia se coge su batmóvil y sus santos cojones y se dedica a disfrutar de la vida mandando a todos los oligarcas explotadores a la venta del nabo, que es de lo poco que podrían hacer sin esas abnegadas abejas cobardes y sin ese rebaño lanar que cree en la voluntad filantrópica de la oligarquía. Ya sea la voluntad popular, o el interés de la empresa, las escusas retóricas que esconden la falacia no pueden engañar más que a los que les conviene ser engañados.

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  8. Garzmann, apabullante comentario. Le agradezco de veras su participación y le animo a que siga luchando por el triunfo de los mejores en cualquier ámbito y por la destrucción de las falacias. Nos va una vida digna en ello. Un fuerte abrazo.

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