martes, 22 de diciembre de 2015

Gran Coalición sí, otra Constitución también


Para Dº Jordi Cañas, que dice que me ha leído

Cuando todo el mundo mira a PP-PSOE por ver si es posible que conformen la inevitable Gran Coalición, el chavista-madurista Iglesias, con sus magros 69 escaños, ya prepara la revuelta mediático-callejera contra la Gran Coalición alegando que ésta supone el robo al pueblo del triunfo electoral.  

La estrategia del Lenin de Vallecas es de libro.

La Gran Coalición (GC) está cantada y escrita desde 2012 porque el "juego del gallina" no engaña. http://elunicoparaisoeselfiscal.blogspot.com.es/2012/03/la-gran-coalicion-i.html

Por tanto es una pérdida de tiempo tanto comentar los resultados electorales como hablar de si será o no, pues habrá Gran Coalición con la misma inexorabilidad que al otoño le sigue el invierno.

El problema es el día después de la Gran Coalición. Veamos por qué.

El chavista-madurista se considera ganador.  

No importa que los 69 escaños le desmientan.

Él ha decidido que es el vencedor y se va a encargar de demostrárnoslo.

¿Cómo?

Llevando la iniciativa del cambio.

Ya ha anunciado que va a empezar una ronda de conversaciones con todos los partidos para proponer los cambios constitucionales que el país necesita. Es decir, da por amortizado al sistema y él pretende dirigir el proceso revolucionario, pues de eso se trata.

¿Que no tiene mayorías?

Ya las tendrá. Y para ello trabaja.

De momento ya tiene el apoyo de los hombres de Mas y de ERC en Madrid, además de todos los minoritarios. Es decir, controla más escaños que el mismísimo PSOE.  

Ahora bien, sabe que su estrategia tiene un último obstáculo: la Gran Coalición (GC).

La GC es el insuperable muro institucional contra el que nada puede hacer.  Ni siquiera Lenin resucitado podría.

Por eso la va a dinamitar en la calle y en los medios de comunicación alegando que la Gran Coalición es el secuestro por parte de la casta de la voluntad popular.  

Exactamente éste va a ser su mensaje.

Que sea verdad o no es completamente irrelevante.

Lo decisivo es que la gente le va a creer, de la misma manera que los votantes en Cataluña le han dado el triunfo electoral porque han confiado en que decía la verdad cuando en los mítines prometía convocar un referéndum vinculante por la independencia, y que con ese procedimiento el asunto de Cataluña estaría arreglado.  

El totalitario va a bendecir la revuelta que él se está encargando de prender porque sentenciará que el pueblo ha sido traicionado en sus ansias de cambio por un pacto entre plutócratas (GC).  

Y sólo parará el motín o por la fuerza o cuando le den la razón por la fuerza, esto es, III República y democracia chavista-madurista.

Su plan es una copia del ejecutado por la izquierda en 1931 que, a resultas de las elecciones municipales del 12 de abril que terminaron en empate entre republicanos y monárquicos, liquidó la Monarquía de Alfonso XIII e instauró la II República.   

Hasta aquí el plan de Leniglesias.

Es obvio que cabe la legítima defensa contra el golpe de fuerza que la falange chavista-madurista se apresta a dar, pues llevan años ideándolo, financiándose, madurándolo.

La más inteligente y eficaz para el país sería que los partidos nacionales arrebaten a Podemos el argumento de la ineludible necesidad de renovación de nuestro sistema político.

Y para eso la consigna está clara: "Gran Coalición sí, otra Constitución también".

Ésta sería la fórmula para desactivar el argumento de que la Gran Coalición es un expediente del IBEX 35 para proteger sus fortunas, que será otro de los lemas podemitas.  

"Gran Coalición sí, otra Constitución también" dejaría sin motivos al frente chavista-madurista para reventar el orden, pues ya no podrían monopolizar la añorada regeneración.

Ahora bien, ¿quién podría hacer creíble la Gran Coalición y el proceso constituyente?

¿El PSOE de Sánchez?, ¿el PP de Rajoy?

No hay otro que Rivera.

A día de hoy, Rivera es el único hombre capaz de hacer verosímil al pueblo el apoyo desinteresado a la Gran Coalición como fórmula de estabilidad mientras se edifica otro sistema político.    

Sobre esto ya se escribió en junio del presente, pero es lógico que Dº Albert tuviese cosas más importantes que hacer que atender a un escritor político aficionado.  http://elunicoparaisoeselfiscal.blogspot.com.es/2015/06/la-decision-de-cs.html

El tiempo se le acaba. Ya ha perdido una oportunidad y quizás ésta sea la última.

O negocia de inmediato con PP-PSOE la apertura de un proceso constituyente a cambio de su apoyo a la Gran Coalición, o morirá anegado por el golpe de fuerza que prepara minuciosamente la quinta columna de los "nacionalistas extranjeros" a la que tantas veces se refirió Léon Blum.


Nota político-castrense.
Dado que el ex general Rodríguez no obtuvo puesto en el Congreso de los Diputados, parece que su partido le está buscando acomodo en el mismo por el democrático modo de que el diputado que sí logró escaño ceda su puesto al antiguo militar.  
El caso pone en evidencia por enésima vez que el diputado saliente, al que le están buscando otro puesto remunerado, es imposible que represente a los ciudadanos que votaron a Podemos, pues es el aparato dirigente del partido el que ordena quién entra y cuándo lo deja.  
La otra enseñanza es que el señor Rodríguez cumple para la falange chavista-madurista una función similar a la que tuvo el general Sanjurjo con motivo de la liquidación de la Monarquía y su sustitución por la II República, esto es, tranquilizar a sus compañeros de armas si eventualmente Leniglesias toma el poder bien mediante las elecciones bien mediante un golpe de fuerza. 
Están preparados para cualquier posibilidad.
Y si tienen alguna opción de ganar no la desaprovecharán.  


Nota de 3 de febrero de 2016.
Parece que Podemos tiene listo su sindicato. 
Apuesto que emergerá en cuanto se confirme que "Leniglesias" no tiene sitio en el próximo Gobierno. 
En ese caso la revuelta con todo, incluidos los centros de trabajo, será inevitable.



twitter: @elunicparaiso

   

martes, 15 de diciembre de 2015

En qué se parecen Mas y Rajoy


Cataluña supone un experimento con todo sobre el futuro más próximo de Europa. 

La situación del pequeño territorio español es también la de España entera, la de Grecia de Tsipras, la de Portugal. Pero incluso la misma que la de Francia y su Frente Nacional.

La primera característica del momento político es la ausencia de rumbo, pues nadie sabe adónde vamos.

Para comprobarlo echemos un vistazo a este pequeño vídeo donde Artur Mas, el presunto caudillo del independentismo catalán, balbucea pleno de estupor ante las sencillas preguntas sobre el futuro inmediato  de un periodista amigo.

¿Un hombre con el rostro que se le queda a Mas ante una dificultad menor  acaso puede llevar a su dizque país a algún sitio?

Mas (y Tsipras y Hollande) creen que gobiernan. Pero en realidad el Gobierno de tantos países de Europa le preside El Desconcierto. 

¿Y por qué?

¿Por qué Mas es Rajoy, que es Tsipras, que es Hollande, que es...?

Entre otras razones, la principal sería su incapacidad para neutralizar el "juego del gallina", esa macabra diversión consistente en ver quién de los pilotos en una carrera frena más tarde ante la inminencia del abismo. *

En los sistemas políticos basados en la competencia electoral la escurridiza regla de oro es "el juego del gallina", esto es, el ganador es el que ante la certeza del precipicio niega el riesgo y se sigue comportando de manera irresponsable.

¿Pero por qué esa poco menos que secreta regla es la que impone su ley a Europa? 

El "juego del gallina" sólo es posible en un sistema económico donde la riqueza de la mayoría no proviene de la propiedad individual o de su trabajo remunerado, sino de la posesión o el disfrute de una carta de servicios ofrecidos por una organización política.

Cuando el bienestar no depende de cada uno sino que consiste en tener derechos sociales y económicos reconocidos por la ley y presuntamente garantizados por los poderes públicos (a la educación, a la vivienda, a la salud, al trabajo, a las pensiones,  incluso al medio ambiente), el político que gana es el que ofrece ampliar el menú, aunque el restaurante amenace ruina.

Si amplísimas capas de la población viven directa o indirectamente de algún presupuesto político (funcionarios, clientes de las administraciones públicas) y el trabajo asalariado no permite superar el umbral de la pobreza, la provisión de servicios públicos se convierte en la forma más rápida de pasar de la indigencia a la riqueza sin solución de continuidad.

Así, la política deja de ser el arte de garantizar la seguridad de los particulares sin interferir más que lo justo en el desenvolvimiento de sus vidas, para convertirse en "la cosa de comer". Y como con las cosas de comer no caben las bromas se impone "el juego del gallina", esto es, el pueblo decide que quien tiene que dirigir la máquina de fabricar riqueza es el que proclame a voz en grito que el aparato no se agotará jamás, que el artilugio siempre proveerá, aunque sólo Dios sepa cómo.

Bajo este espíritu de la época el compromiso político no es una elección sino una forma de ganarse el sustento.

Hacer escraches al enemigo político que advierta de los riesgos de la demagogia, impedir desahucios, solicitar que sólo paguen impuestos los demás..., deja de ser una posibilidad para trocar en una necesidad vital.

¿Qué puede hacer un Gobierno ante el "juego del gallina"?

¿Disputar la partida siendo cada vez más irresponsable o perderla de antemano?

¿Cabe otra cosa que no sea  ganar (demagogia) o perder (prudencia)? 

El dilema del "juego del gallina" es el que atenaza y une en la misma tragedia a Mas con Rajoy, y a Rajoy con el resto de homólogos europeos sean de izquierda, de derecha o del Partido Animalista.   

Todos hacen penitencia por el mismo pecado.

Rajoy pierde la partida del "juego del gallina" con Mas porque éste ofrece a los catalanes el paraíso vía la independencia, y Mas pierde su partida del dichoso juego con las CUP porque el paraíso catalán no será tal si no es socialista.

Pero el juego, ¡oh divina trampa! no termina nunca, sólo descansa.

Así, la facción de las CUP que pactarán la investidura de Mas serán superadas por otra célula más radical de las CUP que se negarán a apoyar a Mas por ser un fascista catalán. Y vuelta a empezar.

En realidad el "juego del gallina" es un milenarismo, pues sólo caben dos alternativas: el paraíso o la muerte, y si tiene que ser ésta, ¿a quién le importa lo que ocurra cuando todos estemos muertos?

Mas, Rajoy, Hollande, Tsipras, participando y alimentando un juego que en realidad nadie puede ganar porque su esencia consiste, repetimos, en que no acaba jamás.

La política está "engallinada", quien la "desengallinará", el "desengallinador" que la "desengalline", buen Presidente será.


* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”.


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domingo, 6 de diciembre de 2015

Democracia, Edad Media y debates electorales


Quien tenga el gusto de sentarse esta noche frente al televisor para ver discutir a tres candidatos a Presidente de Gobierno y una aspirante a la Vicepresidencia tendrá la ocasión de retroceder a la Edad Media.

Dicen que se trata de un debate electoral, pero en realidad se van a representar dos desafíos simultáneos.

Los tres hombres interpelarán a la señora acerca de lo siguiente: ¿se atreve a negar que su partido y su Gobierno han mentido a los españoles durante cuatro años?

A lo que la vicepresidenta responderá con este reto: ¿son ustedes capaces de demostrar que no son más mentirosos y mucho peores que nosotros?

El carácter medieval del evento no se encuentra tanto en el duelo como en que en el mismo no habrá forma de dirimir quién dice la verdad, entendida como correspondencia entre significante y significado con los hechos de la experiencia.

No existe un procedimiento del cual pueda emanar algo parecido a un dictamen de veracidad, pues todo consiste en ver a cuál de los contendientes el pueblo le da la razón, aunque a quien se le otorgue diga que está lloviendo aunque haga sol.  

Quizás ustedes me pregunten si acaso no tendrá razón el que diga la verdad.

¿Cómo saberlo si no hay un método para decirla y sancionarla?

Ante esa ausencia de alguna forma de testimonio neutral que decida acerca de la certeza de lo que se dice, la cuestión se plantea exactamente al revés: la naturaleza feudal de los debates electorales reside en que el depositario de la verdad, el titular de la misma, es el que gana, aunque no haya parado de mentir.

¿Y de qué depende la victoria, entonces, si no es de probar la exactitud de lo que se argumenta?

En primer lugar, de aceptar la lucha cuerpo a cuerpo.
Rajoy ha sido declarado inhábil por Rivera para convertirse en Presidente por el mero hecho de renunciar al combate televisado con él.
En la era donde la fábrica está en la "nube" para que los asalariados puedan cumplir su función sin necesidad de compartir o enfrentar a compañeros y clientes, Rivera viene buscando pelea.

Luego hay que conjugar debidamente las palabras mágicas de la tribu: "todo para el pueblo", "los ricos deben pagar más", "el Estado de Bienestar es intocable", "stops desahucios", bla, bla, bla.
Quien no pronuncie la letanía completa y sin errores perderá, pues un tropiezo en la declamación de los mitos será prueba suficiente de ineptitud.  

Y por último, de los argumentos de autoridad. Todos valen. Aunque unos más que otros.
Desde un Marx que pondría el grito en el cielo si escuchara a los que pronuncian su nombre en vano, hasta "el centro" que nunca se sabe dónde está. Desde "salvaguardar los éxitos obtenidos" a los "cientos de años de honradez" (y cuarenta de vacaciones, que dejó dicho por los siglos de los siglos Dº Ramón Tamames).
También sirve haber sido Registrador de la Propiedad u organizador de escraches. Cualquier cosa es susceptible de cotizar en el azaroso mercado electoral.

Las consecuencias de que la competencia política esté basada en el ganar y no en la verdad tiene importantes efectos.

Quizás el principal es que la ausencia de un protocolo objetivo que verifique cuándo, por qué y para qué un político ha mentido impide el escrutinio del triunfador.
Y si no hay modo de demostrar quién faltó a la verdad jamás se puede acusar a nadie de no ser sincero.
Es por eso que al Presidente de Gobierno jamás se le pueda destituir por infracción del deber de no mentir, y paradójicamente es por ello por lo que no acostumbra a ser veraz a sabiendas de que da igual.  

El juego político contemporáneo se terminaría resolviendo en la costumbre medieval de las ordalías o Juicio de Dios, donde Dios es la opinión pública que otorga al vencedor los laureles de honrado y franco, a pesar de no tener otra virtud que la de ser el campeón de una batalla donde la verdad (el ajuste de lo que se dice a los hechos o a la lógica) no es el objeto de la misma.  

Por todo lo expuesto cabe pensar que la única actividad que conserva residuos netamente feudales en la racionalista era Google es la política llamada democrática. Y a pesar de ello mantiene su prestigio. O quizás precisamente por eso. 

Ahora ya sabemos lo que podemos esperar del celebrado debate. 

¡Ojalá sea breve! 

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